15. En aceite de oliva #2
—Perdona, ¿me lo dices a mí?
El chaval miró a su alrededor con las manos metidas en los bolsillos.
—Sí, me da que sí. Ano ser que veas a alguien más por aquí.
De pronto Helena reaccionó. Aquel chico de ojos marrón avellana y nariz aguileña acababa de hablar español.
—¿Hablas mi idioma? —Se giró por completo hacia él, intrigada.
—Sí, algo. —Se encogió de hombros y dejó la lata de pepinillos en su sitio—. Digamos que «no tengo ni puta idea de griego» es fácil de entender. —Su acento era extraño, sin forma definida y con cierto deje que costaba seguir—. ¿Necesitas ayuda?
Aquel muchacho de labios finos, pómulos marcados y cabello despeinado era la primera persona de la isla que había sido agradable con ella.
Llevaba puestos unos pantalones de estilo militar y una camiseta de algún grupo de música desconocido para ella.
No le sacaba mucha altura, pero sí la suficiente como para ver los dos lunares que tenía bajo la ceja izquierda.
—No sabes cuánto te lo agradezco. ¿Me puedes decir, por favor, cuáles son las bañadas en aceite? Aceite normal, el de toda la vida.
—¿En aceite de oliva?
—Sí, exacto. ¿Tan complicado es? ¿Por qué todas tienen imágenes de mejillones o de pimientos?
El muchacho alcanzó una lata acortando la distancia entre ellos.
—Estas son las normales, pero antes ¿me dices tu nombre? —Retiró la lata antes de que ella pudiera cogerla.
—Vaya, esta es nueva. Aunque había oído hablar de ella —dijo Helena.
—¿Esta es nueva? —Él seguía con la lata en alto, sonriendo de oreja a oreja.
—Sí, la de ligar en el súper. Aunque —Helena cogió otra de las latas de la misma fila— hay estudios que demuestran que uno de cada cinco hombres que se ofrecen a ayudarte en el supermercado es un psicópata.
No sé si lo sabías. Por si quieres ir cambiando de estrategia.
—Le sonrió con ironía mientras dejaba las aceitunas en la cesta.
—¿Y hay estudios que investiguen la causa de que existan unos ojos como los tuyos?
Aquella frase la pronunció mejor y ella supo de inmediato que no era la primera vez que la decía.
Helena no pudo evitar soltar una carcajada.
Le echaba unos diecinueve años, se le notaba en la voz y en la mirada.
Tenía los paletos separados y se peinaba igual que Adri: con los dedos y un poco de agua. Podría ser su hermano, de hecho.
—Helena, con hache. —Alcanzó el asa de la cesta y continuó por el mismo pasillo.
Él la siguió con las manos aún en los bolsillos y con paso lento pero firme.
—Encantado, Helena —respondió—. Soy Sebas.
—Encantada, Sebas, ¿cuántos años tienes?
—Veinte añitos, recién cumplidos —soltó.
Helena sonrió con una ternura genuina, arrugando la nariz.
—¿Y tú?
—Veintiséis, recién cumplidos.
—La edad nunca ha sido un problema para mí. —Sebas se encogió de hombros con picardía—. Y, por cierto, sobre lo de antes, iba en serio. No creo que acabes hoy como vayas traduciendo etiqueta por etiqueta. ¿Quieres que te ayude a hacer la compra? Terminarás antes.
Helena volvió a reír. Audacia no le faltaba, sin duda.
—¿Sueles hacer esto con todas las turistas que ves? ¿Las acechas en la esquina de los encurtidos y les entras cuando las ves dudar?
Esta vez fue Sebas el que se rio.
—Puede que me guste ayudar más de la cuenta, sí.
Aprovecho cualquier ocasión, pero esta es nueva, la verdad.
No suelo venir a la compra, de hecho. Suelo estar más en el bar.
—Le cogió la cesta a Helena y luego la lista, y comenzó a alcanzar todo lo que tenía apuntado mientras ella lo seguía—. Cuéntame, ¿qué te trae por aquí?
—El trabajo —contestó.
—En Hydra, ¿por trabajo? —dudó él.
—Sí. Es decir, más o menos. Necesitaba unas vacaciones y he acabado aquí. No pensé mucho el destino. Quería playa y comida mediterránea, así que elegí Hydra —mintió.
Sebas volvió a mirarla y Helena supo que lo que acababa de decir tenía las patas muy cortas.
—¿Tú en qué trabajas? —preguntó con verdadera curiosidad.
—De camarero, abajo, en el bar de toldos rojos y mesas de madera blanca. Era el negocio de mis abuelos, ahora es de mis padres y algún día será mío —dijo sin demasiado entusiasmo—. Empecé con dieciséis y ahí sigo.
—Yo también empecé a trabajar muy joven —soltó ella mientras comprobaba su reflejo en el cristal de los congelados—. También en la empresa de mis padres, de hecho.
—¿De verdad? Qué casualidad. Veo que tenemos muchas cosas en común. —Se giró guiñándole un ojo.
—Sí. —Helena puso los ojos en blanco, disimulando la risa—. Tenemos taaaaaantas cosas en común.
La conversación continuó su curso. Andaban por los pasillos mientras Sebas le explicaba cosas sobre su negocio, la isla y cómo era vivir en ella.
Helena no conseguía dejar de pensar en que estaba hablando con un desconocido que la había vacilado durante su primera mañana allí, aunque debía reconocer que su compañía le había hecho la tarea del supermercado más fácil y amena.
Se despidieron de la cajera, que había sido partícipe de toda la situación sin entender ni una sola palabra, y Sebas le insistió en que lo acompañase al puerto a conocer su bar.
La invitaría a un helado de pistacho. Helena lo rechazó sintiendo algo de pena, porque era su favorito, pero le prometió que se pasaría, justo antes de desvelarle que le esperaba un mes de estancia en la isla.
ASebas se le iluminaron los ojos al escuchar aquello y Helena no pudo evitar, de nuevo, sentir ternura.
¿Lo haría?, ¿se pasaría por el bar? Lo más probable era que sí.
Por lo menos ya tenía alguien a quien llamar el día que le apeteciese compañía.