Hydra 15. En aceite de oliva
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15. En aceite de oliva

En aceite de oliva

Un estridente cacareo sacó a Helena de lo más profundo de su descanso.

El olor a peonías le recordó dónde estaba.

Seguía en la misma postura en la que se había desplomado la noche anterior.

En bragas, con la saliva deslizándosele por las comisuras de los labios, los brazos extendidos en cruz sobre la colcha y el pelo enredado alrededor de la nuca.

Entreabrió el ojo derecho, sobre el que se posaba un lánguido rayo de sol, y su corazón y su cuerpo se calentaron al contemplar la estampa que tenía ante ella: una ventana abierta de par en par sobre la que ondeaba una cortina de seda blanca.

Al otro lado, el mar saludándola con pequeños destellos blancos que le acariciaban las retinas a medida que sus párpados se iban desperezando.

¿Dónde estaba? ¿Era acaso ese el mismo lugar al que había llegado la noche anterior?

Su cuerpo no se movió. Hipnotizada por las diminutas perlas que flotaban sobre el infinito manto de agua salada, se quedó estática durante un largo rato.

Hacía años que no se despertaba sin alarma.

Incluso los domingos había trabajo que adelantar o tareas pendientes.

El despertador era indispensable en su vida.

No sabía qué hora era, pero no pudo levantarse a comprobarlo.

El piar de los pájaros, el calor de aquel rayo de sol sobre su frente y el sonido de las olas la mantenían presa sobre la cama.

«No sé qué hago en esta isla ni cuánto aguantaré en ella, pero ya solo por esta sensación habrá merecido la pena», le susurró al oído su subconsciente con un murmullo efímero y leve.

Helena se incorporó de golpe. ¿Acababa de pensar aquello?

Imposible. Su voz interior nunca era positiva.

Organizaba, planeaba y estructuraba, pero jamás habría dicho algo así.

Aquel viaje no iba a merecer la pena hasta que no encontrase todas las respuestas por las que lo había hecho.

Y, por supuesto, no iba a encontrarlas si seguía allí pasmada.

Se desperezó, bostezó un par de veces, se levantó y se rascó la cabeza antes de ponerse a inspeccionar y a limpiar la que iba a ser su casa durante el siguiente mes.

La habitación en la que se encontraba era circular.

Grandes vigas de madera oscura recorrían el techo contrastando con la suavidad cremosa de las paredes encaladas.

Era el cuarto principal, que conectaba con las otras siete habitaciones mediante grandes arcos de medio punto.

La cama era tan grande y acolchada como la había imaginado viendo las fotos del anuncio, y reposaba junto al gran ventanal frente al que se había despertado.

Sobre la mesilla de noche yacía una lámpara de vidrio azul intenso, a juego con los marcos de las puertas y las ventanas.

Muchas de ellas tenían diminutas flores blancas pintadas a mano sobre los cantos.

Sus pies tocaban el suelo de madera fría y desgastada, típico de casas mediterráneas como aquella, cubierto de alfombras con estampado marroquí de distintos tonos anaranjados y ocres.

Recorrió cada rincón, palpó cada detalle y cada relieve con la yema de los dedos.

Un salón blanco y minimalista, un baño coqueto lleno de conchas y apliques dorados y un estudio que daba a la calle trasera con el balcón más bonito que había visto nunca.

Medía tres metros cuadrados y de su barandilla colgaban las mismas flores blancas en forma de campana que había visto por toda la isla el día anterior.

No existía ninguna pared desnuda. Todas sostenían cuadros de diferentes estilos y tamaños.

Veleros navegando contra el viento, campos de trigo al atardecer y casitas griegas al más puro estilo impresionista.

Disfrutó de cada detalle y se alegró de haber escogido un lugar con tanto encanto.

Terminó de limpiar, se aseó y se puso su última ropa de recambio. Llamó a la compañía para comprobar el estado de la maleta y le comunicaron que el vuelo que las llevaba a Atenas acababa de despegar.

Por mucho que ansiase ir en busca del sol dorado y la misteriosa puerta, sabía que tenía que empezar por localizar un supermercado y encontrar una tienda de ropa interior. Aun así, metió el carrete, el colgante y la postal en el bolso, por si acaso.

Se calzó y, justo cuando estaba a punto de salir de casa, se volvió hacia la pequeña funda color ocre de la cámara que yacía sobre la mesa de la entrada.

Con la mano rodeando el pomo de la puerta y el cuerpo en dirección contraria, respiró hondo.

Apartó la mirada y cerró por fuera. «Más adelante, quizá», pensó.

—¡Por fin! —exclamó su amiga en cuanto descolgó.

—¿Me esperabas? —Helena andaba dando brincos cuesta abajo hacia el supermercado más cercano.

—Con ansia —rio Clara—. ¡Joder! ¿Y esas vistas? ¿Esa es tu casa? —Le hizo un gesto a Helena para que rotase la cámara y le mostrase el mar. Aquel iba a ser su camino de ida hacia el pueblo cada día. No estaba nada mal.

—Sí, esto es lo que veo desde mi ventana. Está genial, la verdad… Menos por el hecho de que está en lo alto de una pared y hay que subir por una escalera empinadísima, la casa es de ensueño.

—Increíble, nena. Cuánto me alegro. —Clara se tumbó sobre la cama, se llevó los puños a la barbilla reposando la cabeza en ellos y puso los pies en alto, emocionada ante las buenas noticias de su amiga—.

Veo que te gusta y con eso me conformo. ¡He estado atenta al móvil todo el tiempo!

Temía que cogieras un vuelo de vuelta en cualquier momento.

Si cumples las veinticuatro horas allí, ya será más de lo que habría imaginado.

—Eres una exagerada. —Helena se rio y volvió a comprobar la dirección del supermercado en su móvil—. Espero no perderme, creo que voy bien.

—¿Adónde vamos?

—Al súper. —Cambió de nuevo de pantalla para ver a su amiga—.

Ojalá estuvieras aquí, así podrías ayudarme con las bolsas de vuelta a casa —se lamentó—, aunque creo que voy a comprar lo básico para desayunar.

Cenaré y comeré fuera. No puedo llevar más de dos bolsas y no pienso volver a hacer uso de ningún animal maltratado.

—¡Joder! Cenar y comer fuera. ¡Quién pudiera! Yo haría lo mismo si no fuera porque, con los seis euros con setenta y cinco que tengo en el banco, solo me daría para el kebab de la primera noche.

—Bueno, supongo que siete años ahorrando sin grandes gastos te permiten darte unos cuantos lujos en tu primer viaje sola. —En el rostro de Helena se coló un leve gesto de tristeza y Clara le leyó el pensamiento. No iba a ser fácil, pero estaba dispuesta a distraerla siempre que hiciera falta.

—Anda, anda. —Negó con la cabeza, quitándole hierro—. Cenarás y comerás sola unos días, pero luego harás amigos y tendrás con quién compartir el postre. ¿Algún griego guapo al que hayas echado ya el ojo?

—Clara, ¡llegué ayer!

—Ya, bueno, ¿y qué? —Su amiga se enredaba un mechón de pelo entre los dedos, divertida—. Alo mejor el que te llevó en burro era un partidazo, yo qué sé.

Helena soltó una carcajada nada más entrar por la puerta del supermercado. La cajera la miró con cara de pocos amigos y ella le pidió perdón, adaptando su tono de voz al establecimiento.

—Escúchame —susurró—. No he venido en busca de amigos ni de griegos buenorros. He venido a entender qué hacían todas esas cosas en una caja en mi antiguo estudio y a tomarme unas vacaciones. No pienso repetírtelo más.

—Vale —susurró Clara imitándola—. Como quieras. Eso sí, hagas lo que hagas, sube fotos. ¡Quiero verte! Yver el sitio.

—Pues —Helena dudó un segundo mientras miraba el estand de las aceitunas— no creo que suba nada.

O,bueno, no lo sé. Por ahora no me han entrado ganas de compartir dónde estoy.

Siento todo esto como un viaje muy mío, muy personal.

Si subo algo, quizá me hable gente del curro o, peor, algún pesado.

Yentonces despertaré y recordaré que existe un trabajo en el que no me siento cómoda y un montón de tíos a los que solo sé hacer ghosting .

Prefiero estar mentalmente aquí. Hacer como que Madrid no existe.

—Volvió a mirar a Clara—. Sí, prefiero no hacerlo —concluyó.

—Me parece perfecto, nena. —Su amiga asintió y se levantó de un salto—.

Pues mándame alguna foto solo a mí. De la casa o de algún griego sin camiseta amarrando barcos.

Algo, ¿vale? Te voy a ir dejando. —Cogió sus cosas con prisa, sin orden y sin pensar, como Helena tanto odiaba—. Llego tarde a primera hora.

—Dale. ¿Qué tienes?

—Enfermedades de transmisión sanguínea, residuos y primeros auxilios. —Clara puso los ojos en blanco—. ¿Tú te crees? Menudo tostón. Por lo menos en este grupo coincido con el chico guapo del doble máster. Es mi única motivación para ir y él ni siquiera lo sabe.

—Permíteme dudar que no lo sepa —se burló Helena.

A Clara se le dibujó una media sonrisa.

—Nah, es verdad. Lo tengo hechísimo.

—¡Suerte!

—¡Eso! ¡Suerte a ti también con…! —Clara acercó la vista al móvil, sin éxito—. Con lo que quiera que sea eso.

—Aceitunas. —Helena llevaba con el entrecejo fruncido desde que había entrado—. No sé cuáles son las que están aliñadas con aceite de oliva. Aquí salen pescados, anchoas y… ¿guindillas? Voy fijándome en las fotos, porque ni puta idea de griego, como comprenderás.

—Entonces suerte con eso. —Clara sintió alivio, pues su amiga haciendo la compra era insoportable—. ¡Te quiero, que vaya bien!

Ya había colgado cuando Helena fue a responderle. Miró de nuevo las aceitunas. ¿Guindillas? ¿Aceitunas con guindillas? ¿O era acaso el dibujo de un chile?

Resopló y se dispuso a traducir cada tipo de aceituna del griego al español con ayuda de la aplicación del móvil, sin ser consciente de que alguien la observaba con disimulo mientras leía las etiquetas de los pepinillos en vinagre.

—Si vas a traducirlas una a una, terminarás mañana —dijo una voz masculina.

Helena se giró y luego miró hacia atrás antes de contestar: