Hydra 14. Coche, co-che
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14. Coche, co-che

Coche, co-che

El muelle estaba abarrotado de turistas esperando sus maletas y transeúntes curiosos que aguardaban el barco de las ocho de la tarde.

Una intensa luz dorada bañaba los restaurantes y los comercios del puerto.

Destellos amarillos titilaban sobre las olas y las ventanas.

Escaleras blancas, baldosas con relieves y puertas azules brillaban saturadas por los intensos tonos de aquella hora del día.

Varios niños jugaban haciendo pompas de jabón, decorando el paisaje con esferas de arcoíris que explotaban al ascender hacia las velas de los barcos amarrados.

Helena, estupefacta ante la belleza de aquel lugar, permanecía inmóvil sobre la pasarela. La descripción de Giulia le había creado expectativas, pero no se acercaban ni de lejos a lo que tenía delante. Abrió y cerró los ojos con fuerza para comprobar que no estaba soñando.

Quiso absorber cada detalle que aquella estampa le brindaba.

Sus ojos se posaron en las casitas blancas y azules que se extendían por la montaña; en los bares abarrotados de gente tomando helados de stracciatella y vainilla; en los adolescentes haciendo carreras con sus bicicletas y esquivando a los más ancianos, que daban, serenos, su último paseo del día.

—¡Señorita! —Una mujer de pelo fosco y rizado y con grandes ojeras se acercaba hacia ella desde el final de la rampa—.

¡Avance, por favor! ¡El barco y el resto de los pasajeros no pueden esperar a que termine de hacer lo que sea que esté haciendo ahí parada!

Algunos acabamos de empezar la jornada, ¿sabe?

—Notó cómo la empujaba suavemente por la espalda, invitándola a bajar.

Helena reaccionó ante el contacto físico.

—Sí, perdone. —Hablar en inglés se le complicaba con aquel cansancio acumulado—.

Es mi primera vez aquí, nunca había estado en un lugar así y, bueno, esto es precioso…

—trató de justificarse—. ¿Sabe usted, por casualidad, dónde puedo alquilar un coche?

Mi alojamiento no está cerca y me vendría genial saber de alguno. ¿Cree que estarán abiertos a esta hora?

La amabilidad y la cordialidad de Helena se esfumaron cuando vio cómo la azafata se reía de ella. ¿Sería por su inglés? No creía tenerlo tan oxidado. La mujer le hizo un gesto con la cabeza señalando lo último que Helena esperaba ver al dirigir su mirada en la dirección indicada.

—¿Disculpe? —Se volvió de nuevo hacia ella—. No, eso no. Verá, quizá no me haya entendido. —Hizo una pausa y pronunció muy despacio—. Coche, co-che. Transporte. Bus.

La mujer puso los ojos en blanco.

—Mire, hágame el favor de despejar el camino y de informarse mejor la próxima vez que vaya a salir de casa. No hay coches en Hydra. Si quiere ir a algún sitio tendrá que ser en bici o en eso. —Se rio sutilmente ladeando la cabeza antes de comenzar a izar la rampa.

—Pero ¡espere! ¿Por qué hay coches y motos en el barco entonces? ¿Adónde los llevan?

—A la siguiente isla, muchacha. ¿No ve que no ha bajado todo el mundo? Hacemos más paradas y debo realizarlas antes de las cuatro de la mañana para poder descansar algo. Tenga unas felices vacaciones. —Recogió lo más rápido que pudo—. ¡Y vaya preguntando! ¡La veo un poco perdida!

—Sí, buen día —murmuró Helena mientras se giraba de nuevo hacia la isla—. Lo estoy, de hecho.

Burros. La azafata había señalado con firmeza una fila de animales mal cuidados de cuatro patas y aspecto senil, con más pelo sobre los ojos que en el resto del cuerpo. Daban coces al aire y permanecían inmóviles, atados a unas carretas de madera que Helena estimó fabricadas en el siglo XVIII .

Se recogió el pelo intentando contener los nervios que le producía esa situación.

¿Cómo no había pensado en aquello? ¿Acaso no se le había ocurrido que iba a viajar a una isla en mitad del mar en la que lo más probable era que no conocieran los neumáticos y el asfalto?

¡Su alojamiento estaba a una hora andando desde el puerto y había escogido un destino en el que no había coches!

Tan solo animales explotados y bicicletas sin ruedines.

Se lamentó para sus adentros. No podía caminar hasta la casa.

Se hacía de noche, estaba cansada y le quedaba poca batería en el teléfono.

Pensó en que esa sería la primera y última vez que haría uso de un servicio como aquel.

Observó de nuevo a los arrieros y se dirigió al más joven, un hombre de pelo cano y bigote frondoso de unos cuarenta y pico años.

Llevaba una boina burdeos que coronaba su chepudo cuerpo, tenía la piel tostada por el sol y los dientes negros por la zona de las encías.

Se incorporó al ver a Helena y tiró el cigarro a medio consumir al suelo de piedra pulida.

—Cincuenta euros —le soltó nada más verla.

—¿Cincuenta euros? Pero si no sabe ni adónde voy.

—Turista y maleta, cincuenta.

—¿Qué maleta? Pero ¡si esto es un bolso grande!

—Turista y bolso grande, cincuenta.

—Y, aunque mi alojamiento estuviera a dos minutos, ¿seguirían siendo cincuenta? —Helena se cruzó de brazos.

El arriero bajó de un salto y le agarró el bolso.

—¡Pero bueno! ¿Entiende usted inglés? Mi alojamiento está a una hora. ¿El precio no varía, o qué?

—¿No poner bolso aquí? —El hombre señaló hacia el animal, que sostenía dos grandes alforjas a ambos lados del cuerpo.

Helena negó con la cabeza. Estaba demasiado cansada para discutir. Agarró el bolso con fuerza y subió a la carreta ayudándose de los postes traseros.

—Lléveme a este lugar, por favor. Le daré cincuenta. Yno, no quiero poner el bolso ahí. Lo llevaré conmigo. —Le dio la espalda, molesta.

Se dejó llevar por el vaivén de aquel trozo de madera sobre el camino y cerró los ojos. Si no fuera porque debía tener cuidado con el bolso, los bichos que la acechaban y vigilar que aquel hombre no se desviara del camino y la raptase, se habría quedado dormida allí mismo.

El trayecto se le pasó rápido porque aprovechó para escribir a su familia y a Clara.

Esta última le respondió con un audio de dos minutos riéndose y lamentando no haber estado presente en el momento en el que Helena había visto los burros.

La risa de su amiga la relajó y le hizo ser consciente de lo afortunadas que eran por vivir en una ciudad como Madrid.

De lo mucho que pasaban por alto los privilegios y las facilidades que tenían.

Miró a su alrededor. Niños en bicicleta esquivándose unos a otros y pobres mujeres que tenían que cargar con la compra del supermercado hasta sus casas.

«Vivir así no debe de ser fácil. No me puedo ni imaginar lo mucho que tardarán en hacerlo todo.

No creo que les quede tiempo para nada», pensó.

Si iba a pasar un mes en aquel lugar, debería barajar la posibilidad de alquilar una bicicleta en algún momento.

La idea no le gustaba en absoluto, pero eran muchos los rincones que tenía que explorar si quería encontrar respuestas.

Miles de preguntas se acumulaban en su mente esperando a ser resueltas mientras sus párpados luchaban por no cerrarse.

Un bufido grave la puso en alerta. La carreta se detuvo y el traqueteo de las ruedas cesó.

Habían llegado. El arriero la miraba desde la parte delantera con la mano extendida para recibir su recompensa y partir de regreso hacia el puerto mientras le dedicaba su primera y última sonrisa del día. Helena le puso el billete en la mano.

Ascendió sin fuerzas por una larga fila de escalones blancos hasta la puerta azul cobalto de su apartamento.

Cuando llegó arriba, su mente estaba exhausta.

No pensaba, no quería hacerlo más. Metió el código de la puerta a duras penas, entró tirando el capazo al suelo, se quitó los zapatos y la ropa, cerró con doble vuelta y buscó una cama.

Su cuerpo se desplomó sobre el primer edredón que vio y se regocijó en la suavidad y el olor a peonías que desprendía.

Se acostó pensando en las adversidades de las últimas veinticuatro horas.

Muchos nervios y ganas de echarse atrás seguidos de incertidumbre y dudas.

Una maleta perdida, un segurata con prisas, más gatos impertinentes y una ciudad desconocida.

Una mujer se había reído de ella, un arriero la había timado y tratado de tonta, había contribuido al bochornoso negocio de la explotación animal y le quedaban cincuenta euros menos en efectivo.

No sabía montar en bici, no quería cargar bolsas de la compra, no tenía ropa para el día siguiente y debería limpiar cada rincón de aquel oscuro alojamiento antes de vivir en él.

No había visto la casa ni revisado que no hubiera nadie dentro e iba a tener que subir cincuenta escalones cada vez que quisiera llegar hasta allí.

No había cenado ni se había lavado los dientes y su cuerpo pesaba más que cualquier viernes a las dos de la tarde.

Se durmió pensando en todo eso y en que, quizá, todo aquello había sido una locura.

Estaba sola, sin ayuda y perdida en una isla primitiva donde no había otra cosa que hacer más que leer el periódico, tomar el sol y comer yogur griego.

Soñó con Madrid, con aviones y con taxis.

Soñó que su vida era como siempre había sido antes de toda aquella crisis de locura.

Era la mejor organizadora, la mejor trabajadora, la mejor administrando el tiempo, la mejor amiga, hermana e hija.

Soñó que su vida era perfecta y que nunca había tenido el impulso repentino de cambiarla.

Que su pasado y su fuego interior jamás habían regresado a ella para arrastrarla hacia su verdadero destino.