Hydra 12. Atenas
25%

12. Atenas

Atenas

—¿A qué se refiere exactamente con «extraviado»? —Helena hizo aquella pregunta muy despacio.

Apoyada sobre el mostrador metálico de la compañía, miraba fijamente a la mujer que tenía al otro lado, que no les prestaba la más mínima atención ni a ella ni al resto de los viajeros que esperaban una respuesta por su parte.

Llevaba el pelo recogido en un moño redondo, perfecto, tirante e impregnado en gomina.

El amarillo de su uniforme brillaba a juego con las paredes del escueto punto de información.

Sus manos se movían veloces sobre el teclado, tratando de buscar una respuesta válida para que aquellos turistas quedasen satisfechos durante los siguientes días en los que, por supuesto, estarían sin sus pertenencias.

—No se preocupen, por favor. Las tenemos localizadas. —Se levantó apoyando su perfecta manicura sobre el mostrador—. Cuando decimos «extraviado» queremos decir «desviado». Sus equipajes están bien y, en cuanto lleguen a su destino, nos los devolverán a Atenas.

Helena no daba crédito.

El resto de los viajeros hacían preguntas absurdas a su alrededor, suspiraban y se llevaban los dedos al puente de la nariz, pero ella decidió formular la única pregunta que le podía dar un poco más de información.

—Y, perdone, ¿en qué avión las han metido? Es decir, ¿a qué ciudad está yendo mi maleta?

—A Doha, señorita. Catar.

Por un instante, el ruido a su alrededor se disipó.

Sabía de sobra a cuántas horas estaba Doha o cualquier país conocido por las escalas.

Siete años reservando vuelos para influencers habían hecho que se conociera los tiempos de vuelo y los transbordos como la palma de la mano.

Respiró hondo y trató de continuar en calma.

Su parte más racional hablaba por ella, buscando soluciones entre los recovecos de lo incontrolable.

—Bien. Entiendo que no pueden hacer mucho ahora mismo, pero mi situación es un poco compleja.

Seis horas de ida y seis horas de vuelta implican que, hasta mañana como pronto, nuestro equipaje no estará aquí.

—Trazaba espacios con las manos sobre el mostrador para que pudiera entenderla con claridad—.

Más luego, intuyo, todas las horas de ferri que tarde en llegar a mi apartamento.

¿De cuántos días estaríamos hablando?, si puede saberse.

—Enviar a las islas cada maleta nos lleva más tiempo, puesto que debemos esperar a que lleguen todas para mandarlas a la vez en un mismo ferri.

Si todo va bien, unos tres días. Le pediremos los datos por correo electrónico o a través de la aplicación.

—Un hombre apartó a Helena levemente para ponerse el primero, seguido de una mujer con dos niños en brazos—.

¡Por favor, cálmense! ¡Lo tenemos controlado!

El ruido ambiente volvió a colarse en la cabeza de Helena.

No tenía nada más que hacer allí. «Solo podía ir mal una cosa y ha ido mal», pensó.

De todos los miedos que había escrito la noche anterior a su partida, en el puesto número dos, después de que el avión se estrellase, anotó: «Maleta perdida».

Enumeró los tops, los zapatos y los collares que llevaba.

Los vestidos, los bikinis, los productos de skincare .

Se sentó un momento antes de salir al exterior.

Estaba en Grecia y no conseguía ser consciente de ello.

Respiró hondo y abrió su capazo amarillo mostaza, en el que había metido un par de mudas por si acaso se materializaba su miedo número dos.

Por lo menos, todo lo importante seguía ahí con ella, en su regazo, sano y salvo.

Teléfono, documentación, gafas de sol, diario, carrete, talismán y postal.

Yhubo algo más que metió al bolso la noche anterior, a hurtadillas, con la esperanza de que la ausencia de ruido disolviera la culpa.

Con cuidado, sacó del bolso un pequeño saquito acolchado de color ocre.

Lo sostuvo con firmeza, con la sensación de que vibraba entre sus manos.

Su cámara analógica, la misma que no usaba desde aquel traumático diciembre, reposaba en el interior.

Helena pensó en la cantidad de veces que había evitado aquello.

El instante de volver a verse reflejada en el gran ojo de aquella vieja amiga.

El ruido del velcro despegándose le puso los pelos de punta.

La guardó de nuevo. No, no era el momento de sacarla.

Suficiente era haber tenido la valentía de traerla consigo.

Volvió a la realidad al levantarse para salir de la terminal y tener el reflejo de agarrar el asa de su inexistente maleta. «Comprar ropa», añadió a su lista mental de quehaceres al llegar a la isla.

—¿Puedo ayudarla? —le preguntó un hombre robusto, de pelo negro y piel bronceada, vestido de vigilante de seguridad.

—Sí, ¿cómo puedo ir hasta aquí? —Helena le señaló el puerto al que debía dirigirse en la pantalla del móvil, en un inglés practicado y formal que solo había utilizado para hablar con clientes y cuyo único vocabulario era el relacionado con la empresa y los negocios—. ¿Con un taxi podría llegar?

—Uber —respondió cortante, quitándola de en medio.

Doce minutos hasta que el conductor llegase eran demasiados para una madrileña.

Se sentó y pensó en llamar a su madre, hacer FaceTime con Clara, ponerse a limpiar su galería o revisar los últimos correos.

Sin embargo, recordó el incidente de la maleta, y sus pocas ganas de comentarlo con alguien le hicieron escribir: «Ya aterrizada» en el grupo de familia y volver a guardar el móvil en el bolso.

Comprobó de nuevo que sus pertenencias seguían con ella y respiró.

Ojalá pudiera vivir tranquila y sin miedo a que todo lo que mantenía pegado a ella desapareciera sin que fuera capaz de evitarlo.

Ojalá pudiese controlarlo todo a todas horas. La vida sería mucho más sencilla.

Un Tesla blanco con los intermitentes puestos se detuvo frente a ella. Escuchó su nombre a través de la ventanilla, seguido de una frase en un idioma que no entendió.

—Disculpe, no hablo griego. Mejor inglés, muchas gracias. —Helena se recolocó el bolso, suplicando para sus adentros que la hubiera entendido, pues el miedo número tres (ser secuestrada por un taxista) comenzaba a dibujarse en su mente.

—Oh, perdone. Pensaba que era usted de aquí. Su nombre es griego, ¿lo sabe? —se disculpó—. Le preguntaba por el bolso, ¿lo quiere guardar atrás?

—No, gracias. Lo llevaré conmigo. Y, sí, Helena es de aquí, lo sé. —Sonrió nostálgica ante los recuerdos que le despertaba aquella afirmación—. Al puerto del Pireo, por favor —cambió rápidamente de tema.

—Por supuesto.

Helena se acomodó en el asiento trasero, se apartó el pelo para apoyarlo sobre el reposacabezas y alzó la mirada para toparse, al otro lado del cristal, con los ojos marrones de un gato blanco, gordo y peludo que la observaba desde la parada de autobús en la que había estado esperando.

«Vamos, no me jodas, ahora no», se dijo, pero ya era tarde.

Los ojos se le comenzaron a llenar de lágrimas mientras rebuscaba entre sus pertenencias para encontrar las gafas de sol.

Se las puso con la esperanza de que así no se le notara que iba a pasarse llorando los cuarenta minutos que tardarían en llegar al puerto.

Esta vez no se sentía asustada o ansiosa ante aquella presencia, tan solo abrumada por el hecho de que Clara iba a tener razón: si se volvía vulnerable ante sus recuerdos o se reblandecía lo más mínimo, un gato peludo y mirón se le plantaría delante para recordarle que, efectivamente, estaba siendo débil de nuevo.

Débil ante el dolor de su romántico nombre griego pronunciado por aquel taxista; ante el traqueteo de su cámara analógica ascendiendo desde lo más profundo del capazo; ante aquellas calles ruinosas que le daban la bienvenida y le demostraban que estaban, sin duda, menos rotas y más en pie que ella.

Aquellos gatos aparecían para joderla y no pensaban cesar hasta conseguirlo. No tenía ninguna otra explicación.