11. Ahora solo tienes que dejarte llevar
Ahora solo tienes que dejarte llevar
Eran ya muchos años sin tener que hacer la maleta y Helena había olvidado lo estresante que podía llegar a ser, y todavía más cuando no tienes ropa que se adecue a la ocasión.
En su armario abundaban los conjuntos de oficina, las blazers estampadas, los zapatos de tacón, los pantalones plisados y algún que otro top o vestido de fiesta.
Tantos años sin unas vacaciones, sin ver el mar, habían moldeado su armario hasta dejarlo rebosante de elegancia y formalidad.
Nada tenía que ver con los conjuntos de las chicas que llevaban viendo Clara y ella todo el día en Pinterest, que eran desaliñados y veraniegos.
Por más que buscasen inspiración, las posibilidades eran limitadas.
—¿Ese? —Clara, tumbada sobre la cama, se incorporó de un salto.
—Sí. ¿Qué problema tienes con este? —preguntó Helena.
—Pues que ya has metido como diez así y no son nada sexis. Tienes que meter alguno que insinúe lo misteriosa y sorprendente que puedes llegar a ser.
—Me importa una mierda que no sean sexis, Clara. —Puso los ojos en blanco y lanzó el top blanco sobre la montaña de ropa que crecía sobre la silla.
—¡No te importa una mierda! Si quieres conquistar a algún griego guapo, tienes que ser eficiente y elegir bien qué te llevas. —Cogió el top y se lo dio de nuevo a su amiga.
—¿Has venido a ayudarme o a ponerme las cosas más difíciles? Dame eso.
Clara se volvió a tirar sobre la colcha, derrotada.
Miró al techo mientras su amiga seguía sacando piezas absurdas del armario.
La iba a echar de menos. Nunca habían estado separadas tanto tiempo.
De vez en cuando Clara viajaba, pero no solía irse más de dos semanas y, al volver, Helena siempre estaba en la ciudad, esperándola.
Un mes sin su amiga se le iba a hacer duro, pero el orgullo y la emoción que sentía por ella superaban con creces su temprana añoranza.
—¡Agh! —bramó—. ¡Recuérdame por qué no puedo ir contigo, por favor! ¡Me vas a necesitar tanto! ¿Quién te va a aconsejar cuando conozcas al futuro padre de tus hijos por esas tierras mitológicas? ¿Y quién te va a ayudar con las señales que te mande el universo estando allí? ¡¿Quién?!
—¡Clara! —Helena soltó una carcajada y se volvió de nuevo hacia el armario—.
Te pido, por favor, que dejes de hacer un drama de esto.
Cada vez que lo haces me pongo más nerviosa.
—Sacó un par de bikinis de una bolsa polvorienta—.
No voy en busca del padre de mis hijos, ni del amor de mi vida.
Esto no es Mamma Mia! Viajo por un motivo de mayor peso.
Voy en busca de respuestas. Atomarme un respiro, a hacer algo distinto.
No me queda otra. No, si quiero continuar existiendo tranquila y no terminar cayendo en una depresión.
—Joder, nena, ¿y la dramática soy yo? —Se miraron con complicidad—. No vas a entrar en depresión. Estás en crisis, y ya. Todos hemos atravesado una alguna vez. Lo que pasa es que la tuya ha llegado ahora.
Helena tiró los bikinis a la silla. Ni siquiera tenía de su talla. Bufó desesperada.
—Mira, para compartir maleta sí que me sería útil que vinieras.
—Estamos a tiempo.
—No, qué va.
—¡Oh, venga! Cogimos tu billete en un segundo. Puedo coger el mío ahora, ya mismo. Mira.
Clara sacó el móvil y Helena se lo quitó de las manos.
—¿Qué te dije cuando lo cogimos?
—Que me odiabas por emborracharte y convencerte de hacer este viaje diciéndote que la vida solo es una, carpe diem , y demás…
—No —la cortó—, lo otro.
Clara respondió a regañadientes y con voz monótona:
—Que este viaje tienes que hacerlo sola porque las respuestas a todo esto únicamente las tienes tú y no quieres que nadie más te influencie. —Helena asintió y le devolvió el teléfono—. Bueno, pues que sepas que te llamaré para que me lo cuentes todo. ¡Todo! Con pelos y señales.
—Puedes llamarme cuanto quieras.
—Y dame un toque para confirmarme que Hydra es el lugar correcto.
—Clara hizo una pausa y continuó—: ¡Y también cuando averigües por qué ese carrete estaba guardado junto a la postal de una puerta!
¡Y lo de los gatos! No te olvides de buscar respuestas en cada gato que te encuentres.
Son señales precisas que pueden servirnos de mucho.
—Demasiadas cosas —se agobió Helena—. Creo que empezaré por intentar no meterme en el vuelo equivocado y llegar sana y salva a esa isla.
Hubo un silencio entre las dos, cargado de preguntas e incertidumbre.
—Y luego no sé por dónde seguiré —confesó—. Tal vez por buscar la estatua de la que me habló Giulia o por revelar el contenido de… —Sus ojos se desviaron hacia el carrete que reposaba sobre su impecable escritorio—. Es igual, ya veré.
—Irá bien —la tranquilizó Clara.
Se incorporó de la cama y la ayudó a seleccionar varias prendas.
La ansiosa cabeza de su amiga era fácil de domar cuando había una tarea sistemática que realizar.
Le encantaban aquellos momentos. Ir a casa y pasar la tarde juntas.
Aquellas cuatro paredes las habían visto crecer y conocían todos sus secretos y aventuras.
Desde estar despiertas hasta altas horas de la madrugada bajo las sábanas jugando con las muñecas hasta entrar sin hacer ruido para no despertar a los padres de Helena después de sus primeras fiestas.
A Clara le gustaba aquel espacio. Lo consideraba su hogar a pesar de no tener la misma sangre que su amiga.
Aquella familia siempre le había dado algo que nunca había tenido.
Pasar tiempo ahí era sanar y cuidar a su niña interior.
Solía recordarle a Helena la suerte que tenía de vivir en un espacio tan seguro como aquel.
—Ese me gusta, pero este de aquí más todavía. Siempre que te lo pones resalta muchísimo el verde de tus ojos. Me flipa cómo te queda.
—Te lo compro. —Helena lo lanzó al montón.
Pasaron varias horas diseñando outfits , leyendo sobre la isla y repasando los últimos detalles del viaje. Helena miraba a Clara de vez en cuando preguntándose si algo de aquello tenía alguna lógica, y siempre llegaba a la misma conclusión: «No tiene ningún puto sentido».
—Clara, cariño, ¿queréis algo de beber? —Su madre irrumpió de golpe, sin llamar—. Hija, si por ti fuera, tus invitados se morirían de sed.
—Mamá, Clara es una más. Si quiere agua, sabe muy bien dónde está la cocina.
—Pues yo estoy muy de acuerdo con tu madre, ¡quiero un vasito! Con limón, si puede ser.
—Vete a la mierda.
—¿Estáis marujeando? Yo quiero. —Sin pedir permiso, se puso al lado de Clara, que le hizo un hueco echándose rápido a un lado.
—Oh, ¡claro, mamá! ¡Túmbate con nosotras! ¡Toda la familia escogiendo la lencería que usaré para tirarme a un griego! ¡Me encanta! —exclamó Helena con sarcasmo.
—Se puede unir Adri también —soltó Clara mientras se le dibujaba una sonrisa pícara, pues sabía que era una de las bromas que más molestaban a su amiga.
Helena la miró con los ojos abiertos como platos.
—Se está poniendo guapo, ¿verdad? —afirmó su madre—. Me gustas como candidata. Eres mi favorita, ya lo sabes.
—No tenía ningún tipo de duda —alardeó Clara.
Helena miró para otro lado haciendo caso omiso y continuó repasando en su cabeza todos los detalles que ultimar. «Un mes —pensó—. ¿Qué echaré en falta durante un mes entero?».
Miró hacia el cajón de la mesilla y se apresuró a sacar su diario.
Estaba segura de que iba a necesitarlo. Repasando, se le vino otro objeto a la mente.
Miró de reojo el armario. Sabía muy bien dónde estaba.
Al fondo a la derecha. Debajo del montón de toallas y ropa vieja.
Dudó por un momento volviendo la mirada hacia Clara y su madre.
No podía cogerla en ese momento. Aunque estaban distraídas en su propia conversación, era arriesgarse mucho.
No sabía ni siquiera si iba a usarla. No merecía la pena compartirlo. La metería más tarde.
Un sofoco le recorrió el cuerpo.
—Qué calor hace aquí, ¿no? —Abrió la ventana, respiró hondo y se giró para volver a mirarlas.
La observaban sin decir una palabra—. ¿Qué estoy haciendo?
Bueno, mejor dicho, ¿es normal dudar de lo que estoy haciendo después de haberme gastado seiscientos pavos en unos vuelos y no sé cuántos en un Airbnb en el que viviré durante un mes?
¿Por qué nada de esto me convence y a la vez no puedo darle la espalda?
¿Por qué me cuesta tanto ser valiente con este tipo de cosas?
—Porque ya lo eres en otras muchas. —Su madre le dio una palmada al colchón entre ella y Clara haciéndole un espacio para que se sentara.
—¿En qué soy valiente, mamá? ¿En mandar a la mierda a influencers que no saben valorar lo que tienen?
¿En hacer éxcels y tener reuniones con clientes hambrientos de ventas y éxito?
Creo que no soy nada más que eso. Ni siquiera he tomado una buena decisión en mi vida.
O,bueno, yo pensaba que sí, pero parece que no es el camino correcto, no el que me llena.
Yme estoy dando cuenta ahora. ¡Ahora! ¡Con veintiséis años!
Con mis primeras canas y patas de gallo.
Cuando ya me gusta el vino y la remolacha, y me preocupo por el colegio al que llevaré a mis futuros hijos y por mi pensión.
Ya soy mayorcita, ¿qué hago cogiendo un vuelo a Grecia, sin certeza de nada, para tomarme unas vacaciones en la temporada de mayor carga de trabajo del año?
—Me gustaría que dejases de decir lo de que ya eres mayorcita —puntualizó su madre.
—Y a mí que dejases de pensar en tus inexistentes hijos y en tu futura casa —añadió Clara—.
Ypara las canas tengo un tinte buenísimo.
—Hizo una pausa cogiéndola de la mano—. Pienso que es mucho más sencillo que todo eso.
Eres una controladora compulsiva y lo que estás a punto de hacer es lo más desconocido y aleatorio a lo que te has enfrentado hasta ahora.
Ya estás en ello, nena. La maleta está casi cerrada y tu asiento reservado.
Ya has sido valiente. Ahora solo tienes que dejarte llevar.
—Le acarició los largos mechones de pelo castaño ondulado que reposaban sobre su espalda.
—Pero ¿cómo se hace? ¿Cómo puede una controladora compulsiva desprenderse del miedo?
—Dejando de preguntar y de buscar una fórmula.
—Su madre sonrió con ternura—. Debes sentir miedo y permitir que te ahogue para después poder decidir qué hacer con ese miedo.
—Estiró la mano para alcanzar el diario de Helena y lo puso sobre su regazo—.
Con esto. Como siempre has hecho. Cuando eras pequeña sentías a lo grande, sin pensar.
Primero sentías y luego escribías. Pero, desde hace mucho tiempo, ya solo escribes.
Planificas, controlas, haces listas y te preparas.
Pero no vives. No sientes. No te dejas sorprender.
Necesitas volver a fascinarte con algo, cariño, y, cuando lo hagas, tendrás esto contigo para recurrir a ello como siempre hacías.
Para calmarte y racionalizar las cosas. —Hizo una pausa para cogerla de la otra mano—.
No será fácil, cielo, el viaje que vas a comenzar supone una gran carga.
Estás a punto de liberar muchos recuerdos y sentimientos que enterraste hace tiempo, pero estarás bien, eso te lo aseguro.
Helena las miró emocionada. Las iba a echar de menos cada día.
Quería pedirles que hicieran también la maleta y que emprendieran aquella aventura juntas, pero no era lo correcto.
Debía hacerlo sola. Sin presiones, sin influencias, sin mentirse a ella misma con tal de contentar al resto.
Debía dejarse sorprender y vivirlo acompañada de lo que más le aterraba en el mundo: su corazón.