10. Sueños que olvidé
Sueños que olvidé
Dicen que cuando los pájaros cantan a tu alrededor es porque el entorno está libre de amenazas o peligros. Cuando era pequeña los buscaba constantemente y requería de sus cantos para recordarme que todo estaba bien, que el mundo era bello y yo vivía feliz en él.
Hoy, después de tanto tiempo, los he necesitado de nuevo.
Supongo que es lo que tiene dar rienda suelta a lo que sientes.
Aquí, bajo este árbol, he sentido otra vez un torbellino de pensamientos, la presión de la angustia en mi pecho. He agudizado el oído, cerrado los ojos, y ahí estaban.
Siempre están, siempre hay alguno piando.
Estoy sentada en el parque en el que di mi primer beso con catorce años. De hecho, en el mismo banco.
No había vuelto desde entonces.
Es curioso cuánto ha pasado. Cuánto, y nada al mismo tiempo. Porque aquí recostada, observando a mi alrededor, me doy cuenta de que la única que no ha cambiado soy yo.
Y, ahora que puedo, ahora que tengo tiempo para mí, para calmar mi ansiedad y ordenar mis ideas, no sé cómo hacerlo. No sé por dónde empezar.
Papá, mamá y Adri no se sorprendieron ante mi petición de tomarme un descanso del curro. ¿Se lo esperaban, acaso?
No saben que cogí la llave ni que he vuelto a entrar en el estudio.
No tienen ni idea de que duermo con un carrete de fotos, un colgante oxidado y una postal sin color debajo de la almohada.
Tampoco creo que deban saberlo. No, por ahora.
Suficiente tengo con Clara, que lleva días insistiéndome para ir juntas a Hydra, pero ya le he dicho que no estoy preparada.
De hecho, por mucho que insista y trate de convencerme, sigo sin ver la lógica de coger un vuelo hasta esa isla.
Un lugar desconocido, recóndito. Un sitio que ni siquiera sabemos con certeza si tiene algo que ver con mi pasado. Que no solucionará ninguna de mis dudas existenciales.
Puede que todo sea un cúmulo de coincidencias fortuitas que tratan de liarnos, de alimentar nuestras fantasías.
Puede que sea mi obsesiva mente aferrándose a otro clavo ardiente más.
Es mi manera de existir: anidar en lo que debería soltar. Obsesionarme. Llenar mi tiempo con cosas ajenas a mí.
Quizá todo esto sea mi mente de nuevo. Los gatos, el origen del colgante, la isla, la caja polvorienta y los recuerdos olvidados.
Quizá no sea más que eso, pero me empeño en encontrarle un sentido con tal de rellenar este vacío ensordecedor.
Hoy, aquí, bajo este árbol, en este banco, he vuelto a escuchar a los pájaros. Pían, luego todo está bien. No hay amenazas cerca.
Tan solo somos mi renaciente sensibilidad y yo ante los estímulos que nos rodean.
No te mentiré, hay una parte de mí que resuena cuando pienso en viajar, en escapar del calor y el ruido de esta ciudad.
Porque, ahora que vuelvo a escuchar, ahora que no consigo acallar lo que mi corazón me grita, tan solo me parecen un puñado de calles mugrientas y repletas de humo. Cláxones llenos de rabia y desconcierto.
Llevo sin coger un avión desde el viaje a Italia con los del instituto. Llevo tanto sin salir de Madrid que el vértigo que me produce me paraliza y espanta todas mis esperanzas.
¿Qué narices haré una vez que llegue allí? ¿Qué me va a resolver una isla que no pueda yo resolver desde aquí?
Quizá me aporte unas cuantas horas más de sueño al día, eso sí. Ya ni con las pastillas consigo frenar el insomnio.
¿Se dormirá bien en una isla griega?
Me gustaría saber de dónde viene esta incertidumbre. Saber qué me depara la vida, el futuro.
Conocer el paradero de todos los sueños que olvidé.
Saber qué ocurriría si decidiese comprar ese billete, si Hydra tiene las respuestas y, en definitiva, saber qué es lo que busco…
Nada de eso sé y nada de eso tengo.
Tan solo tres meses de excedencia para pensar y reiniciar mi existencia, una mejor amiga que alimenta mi locura, dos años de vida por recuperar, unos cuantos gatos callejeros que ahuyentar, un talismán cuyo significado desconozco, una puerta que encontrar y un carrete pendiente de revelar.
Jamás me dio tanto miedo enfrentarme a una lista.