9. La moneda #2
Clara, con el bob negro perfectamente peinado, los tatuajes al descubierto, el vestido negro rasgado, las manos llenas de anillos de plata, los labios rojos y calentadores en los tobillos y en las muñecas, parecía un hada misteriosa entre tanto cosmopolita.
Sergio, alto y con los brazos también llenos de tatuajes, llevaba toda la velada inclinado hacia ella con cierto disimulo.
Sus ojos, grandes y marrones, combinaban con su copa, que rellenaba de vez en cuando con ron a palo seco.
Vestía una camiseta negra, ceñida a su entrenado cuerpo, y unos vaqueros del mismo color, anchos y abombados.
Y, por alguna extraña casualidad, ambos calzaban las mismas zapatillas. Ella de color marrón, y él, negras.
—Te recuerdo que la pregunta no la he hecho yo, no te tienes que picar conmigo —dijo Sergio a regañadientes.
—Te recuerdo que eres tú el que, con treinta años y pelos en los cojones, ha decidido jugar a la moneda —sentenció Clara.
Helena los miró, desconcertada ante aquel cambio de tono y formas en la conversación.
—¿Están discutiendo? —le preguntó a Giulia, inclinándose hacia ella y casi susurrando—. ¿Qué me he perdido?
—Al parecer, lo mismo que yo. —Negó con la cabeza.
Sergio dio un trago largo a su copa, indignado, e hizo como si alguien le estuviera llamando.
Helena aprovechó el momento y buscó a su amiga con la mirada para pedirle que se cortase.
Clara le respondió con una mirada interrogativa, haciéndose la tonta.
Había captado a la perfección lo que le estaba queriendo decir.
—Seguís haciendo eso, ¿eh? —le preguntó Giulia a Helena por lo bajo.
—¿A qué te refieres?
Giulia miró a Clara.
—A eso. Hablar sin hablar. Lo hacéis desde que os conozco. Recuerdo el primer día que Clara te presentó a los de clase. Era imposible seguiros las frases. Hablabais sin terminarlas. Siempre me ha gustado el código secreto que mantenéis entre las dos.
—Ah, sí —respondió Helena—. Seguimos haciéndolo, supongo. No recuerdo ni siquiera cuándo empezamos. Aunque antes me era más fácil decirle cosas de forma telepática. Ahora me resulta cada vez más complicado conseguir que se comporte.
—No te preocupes, Sergio estaba avisado de su carácter. Se lo he comentado antes de que llegarais.
—Te lo agradezco —contestó Helena, aliviada.
Ambas sonrieron y dieron un sorbo a sus respectivas bebidas. La noche avanzaba y parecían ser las únicas que no estaban metidas de lleno en el juego.
—Por cierto, Helena, antes, cuando has volcado el bolso y ha salido todo, no he podido evitar fijarme. Ya sabes que siempre he sido un poco cotilla. —Helena la miraba expectante—. El colgante del sol, ¿es tuyo?
Aunque había entendido muy bien la pregunta, tardó en reaccionar. ¿Por qué estaba Giulia preguntándole por el talismán? ¿Y qué se suponía que debía contestarle?
—Hummm… Sí, es mío. Bueno, en realidad no.
—Perdóname, estoy siendo una metomentodo total —reculó—. Es solo que me ha resultado raro… No sabía que te gustara viajar. Pensé que…, ya sabes…, que trabajas, sales de fiesta y poco más, pero…
—No. —Helena la cortó—. Es decir, sí. Pero no. Ahora, como bien dices, solo trabajo. Llevo el collar en el bolso porque se lo tengo que dar a mi prima, pero no es mío. Tan solo soy la mensajera. Ya sabes, la repartidora. —Se rio, nerviosa, sin terminar de entender lo que estaba diciendo.
Miró a Clara, rezando para que siguiera pendiente de Sergio y no estuviera percatándose de la conversación.
—Entiendo —dijo Giulia—. Nada, solo te lo comentaba porque lo he reconocido al instante, ¿sabes? ¡Me ha hecho mucha ilusión! Pero, claro, si no es tuyo, nada. No vas a tener ni idea de lo que te estoy hablando.
—¿Lo has reconocido? ¿En qué sentido? —Helena no pudo disimular su sorpresa. De todas las conversaciones que se esperaba tener aquella noche, aquella era la última.
—¡En el sentido de que me trae muchísimos recuerdos!
Hice el Erasmus en Grecia y me ha parecido reconocer la forma y la cara del sol.
Pero, si es de tu prima, nada, claro. Era solo un dato.
Por comentar algo diferente a las preguntas absurdas que se están haciendo alrededor de esta mesa —explicó encogiéndose de hombros.
«¿Grecia?», pensó Helena. Metió la mano en el bolso y miró el collar con disimulo, sin poder refrenar su curiosidad. Clara la vio y le preguntó con la mirada. «Nada», respondió con un leve movimiento de cabeza.
—Pues se lo comentaré a mi prima, entonces. —Se volvió hacia Giulia tratando de parecer indiferente—. Ya sabes, que lo has reconocido. Seguro que también le hace mucha ilusión.
—Sí, mira. —Giulia se incorporó y se hizo con uno de los álbumes que descansaban sobre una balda de madera que había encima de la televisión—. Veamos… ¡Aquí! Año 2019, Atenas.
Giulia iba pasando las hojas, relatando anécdotas y saboreando instantes.
Helena se preguntó adónde querría llegar.
No conseguía entender la relación entre el Erasmus de su amiga y el talismán de su bolso, pero la dejó emocionarse y rememorar cada hoja, porque aquello sí que lo entendía.
La sensación de revivir lo plasmado. La magia de colarte en cada fotografía como si de portales del tiempo se tratara.
Aquella luz, aquel lugar. Se preguntó si la postal y el carrete también tendrían relación con Atenas.
¿Serían así de bonitos los recuerdos congelados que llevaba en su bolso?
—¡Y mira! Esta es de cuando hicimos la típica escapada por las islitas griegas. Si algún día vas a Atenas, es algo que, sí o sí, tienes que hacer. Coger ferris y dormir cada noche en una. —Comenzó a señalar con entusiasmo—. Esto es Miconos, esto Santorini. Aquí en Poros, en Naxos…
Pero Helena hacía rato que ya no la escuchaba. No era capaz. Sus ojos se habían detenido en una fotografía en concreto en la que Giulia, vestida de blanco de pies a cabeza, posaba sobre unas escaleras de piedra pulida, rodeada de gatos. Decenas de gatos de todos los tamaños y colores posibles.
—¿Dónde es esto, Giulia? —preguntó disimulando los nervios.
—¡Ah, aquí quería llegar! ¡Esto es Hydra!
—Helena sintió cómo aquel nombre vibraba en su pecho—.
¡Por eso te he dicho lo del collar! Mira, ¿me lo dejas?
—Helena le entregó el colgante sin rechistar, expectante y ansiosa a partes iguales—.
No sé si será el mismo. Habría que preguntarle a tu prima.
Pero, en la isla, hay una estatua en forma de sol que se parece muchísimo.
Gira con energía solar y, aunque en mi mente está borroso, juraría que tenía esta misma cara.
Yestos gatos viven sueltos por la isla.
Hay cientos. Además, no son como los típicos gatos que te encuentras por Madrid.
Estos te miran y parece que te lean hasta el alma.
Como si tu piel fuera transparente y pudieran ver a través de ella, ¿sabes? Una fumada, tía.
Helena inspiró hondo porque había dejado de respirar mientras Giulia le daba explicaciones.
—Sí, creo que, por lo que sea, puedo imaginármelo —confesó aturdida.
Fingió con disimulo que la seguía escuchando durante un rato para terminar disculpándose y preguntando por el cuarto de baño. Necesitaba un momento a solas. Siempre le hacía falta cuando los nervios y la incertidumbre se abalanzaban sobre ella.
Cerró el pestillo de la puerta y se miró en el espejo del armarito metálico, de aspecto envejecido por las manchas de cal y el marco desconchado.
Hydra. Aquel nombre resonaba en sus tímpanos y anulaba el murmullo que llegaba desde el exterior.
¿Por qué motivo? Ni siquiera tenía la certeza de que el colgante proviniese de Grecia.
Tal vez solo le hubieran llamado la atención los gatos y no el nombre de la isla.
Sí, quizá por eso se había puesto tan nerviosa.
Por los malditos gatos, de nuevo. La descripción que Giulia le había dado sobre ellos era lo más parecido a lo que llevaba sintiendo desde hacía semanas con todos los felinos que se le habían cruzado de repente y sin lógica alguna. ¿Se estaría volviendo loca?
Se apoyó en el lavabo de loza rosa.
—Eres ridícula —dijo en voz alta y mirándose a los ojos.
—¡¿Helena?! —La voz de Clara sonó desde el pasillo—. Nena, ¡soy yo! ¡Ábreme!
Helena abrió la puerta, agarró a su amiga del vestido y la metió en el baño de un tirón.
Cerró de nuevo el pestillo, respiró hondo y comenzó a vomitar un montón de ideas sobre ella, que la miraba sorprendida sin saber qué decir.
Le relató de forma desordenada todo lo ocurrido en las últimas horas.
Desde la repentina visita al estudio hasta la coincidencia de Giulia, pasando por los gatos y Grecia.
Cuando terminó de desahogarse, miró a Clara esperando alguna reacción.
Ella se limitó a guardar silencio y a encogerse de hombros.
—¿Y bien? ¿Eso es todo lo que se te ocurre decir? ¿Crees que estoy loca?
—Completamente, hermana. —Clara estaba recostada dentro de la bañera, con los pies apoyados sobre la pared—. Pero, dejando eso a un lado, creo que tienes que ir a Grecia.
Helena no pudo evitar reírse.
—Bien, me alegra saber que no soy la única que no está cuerda. Voy a hacer como que no has dicho eso.
—Como quieras, pero sabes que tengo razón.
¿Qué otra forma tienes de averiguar qué significa todo esto?
—Cogió los tres objetos del bolso de Helena y se los mostró de cerca—.
Un collar, un carrete y una postal metidos en una caja olvidada en tu casa en la que pone: «Donde todo cobra sentido».
¿Qué cobra sentido? ¿De verdad podrías quedarte con la duda?
Porque yo soy incapaz. De hecho, iré contigo.
—Clara, estás delirando. No vas a venir conmigo a ningún lado, porque no voy a ningún lado.
Pero Clara no la escuchaba. Salió de la bañera, maquinando en su mente y uniendo ideas.
—Además, no es solo eso. Justo el día que menos nos apetece salir, lo hacemos obligadas por el compromiso y resulta que, en la fiesta por la que no íbamos a pasarnos, te esperaban señales evidentes y cruciales para tu evolución en todo esto.
Heavy que de repente Giulia reconozca el collar, que al parecer es de una isla random en la que estuvo durante su Erasmus en Grecia.
¡Y resulta que la isla tiene gatos! ¡Gatos, Helena!
—La sacudió cogiéndola por los hombros—.
Si no quieres verlo, es tu problema. Te lo he dicho muchas veces: no existen las coincidencias.
Está en tu mano dejar que te guíen y siento decirte que, por mucho que quieras evitarlos, te están guiando muy bien.
Me da un poco de envidia, de hecho. ¿Has realizado algún ritual o algo?
¿Cómo has conseguido que te lo den todo tan masticado? Me jode un poco, te lo digo en serio.
Helena la miró incrédula. No podía creerse lo que estaba escuchando. Su amiga no tenía remedio.
—¡Chicas! ¿Estáis bien? ¡Hay más gente que necesita entrar al baño! —Las dos se tensaron ante la voz de Giulia.
—¡Sí, perdón! ¡Ya salimos!
Llevaban cuarenta minutos allí encerradas y, desde luego, contárselo todo a su amiga no le había resuelto nada.
Al volver al salón, algunos suspiraron tras la larga espera para entrar al único cuarto de baño de la casa.
—Bueno, quince minutos, hija, tampoco creo que sea para tanto —protestó Clara con desgana.
—Para —le pidió Helena.
Esta vez se unieron al grupo del balcón.
Ninguna fumaba, aunque Clara, en las fiestas, cuando los efectos del alcohol comenzaban a hacerse notar, pedía alguna que otra calada.
Helena no siguió bebiendo. Todo aquello la había descolocado.
Escuchaba y hablaba con todo el mundo, pero su mente ya no estaba en aquel salón ni en aquella casa.
Llegadas las tres de la mañana, ya casi nadie hablaba. Los más jóvenes bailaban al ritmo de la música, cuyo volumen controlaba Giulia desde una esquina. Algunos reservaban taxis y otros buscaban discotecas a las que ir para terminar la noche.
El sueño comenzó a apoderarse de su cuerpo y decidió marcharse.
Se despidió de todos los que quedaban y Clara insistió en irse con ella, pero Helena, ante la mirada suplicante de Sergio, le reiteró a su amiga sus ganas de estar sola.
Clara dudó, pero la conocía bien. Helena no la necesitaba.
Ansiaba encontrar consuelo en su soledad y buscar la calma paseando por una ciudad que pocas veces se rinde al sueño.
Escogió el camino largo de vuelta a casa.
Agradeció haber ido a la fiesta a pesar de sus inexistentes ganas iniciales.
Aquellas extrañas coincidencias eran mucho más de lo que habría esperado encontrar.
Mientras andaba, miles de preguntas nuevas brotaban en su interior, sembradas por los misteriosos gatos que la seguían y la protegían, un carrete olvidado y el talismán dorado moviéndose en el interior de su bandolera.
Por un momento se permitió sentir la incertidumbre de lo que su bolso escondía.
El misterio de las preguntas aún por resolver.
No quiso controlar. No después de meses tensando las riendas.
Sabía que aquella noche marcaría un antes y un después en su vida.
Nada volvería a ser igual. No después de saber que todo lo que había sentido al entrar de nuevo en su antiguo estudio y que los tesoros escondidos en aquella caja de cartón eran reales.