Hydra 9. La moneda
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9. La moneda

La moneda

Llevaban dos horas en la cocina de mármol viejo y ventanas con cristal esmerilado de aquel céntrico piso de alquiler, hablando con una copa en la mano que se habían servido nada más entrar por la puerta.

Con veintiséis años, ya no les resultaba tan sencillo aguantar en celebraciones con ambientes como aquel y su zona de confort siempre era la cocina, lejos del resto de los invitados, las dos juntas, esperando a que las horas pasaran y a que su acto de presencia se diera por válido.

—Eres tú la que ha insistido en venir —recalcó Helena.

—Ya, nena, pero por Giulia. Sabes lo importante que es su cumple para ella.

—Lo sé, si por eso me he animado yo también.

—Bueno, animada, lo que se dice animada, desde luego yo no estoy, pero tú menos. Llevas rara desde que he pasado a recogerte. ¿Me vas a decir ya qué ocurre? —Clara, sentada sobre la encimera, bebió un sorbo largo de su copa de plástico.

—No sé a qué te refieres.

—Helena, estás ausente. Con la mirada perdida y la mente en otro lado.

Un chaval pasó entre ambas con la excusa de coger algo del congelador y Clara puso los ojos en blanco. Helena identificó el motivo y se rio en silencio. Era la tercera vez que las interrumpía.

—Que ya te he dicho que no me pasa nada. Nada y todo, lo de siempre. —Helena retomó la conversación tratando de distraer a su amiga de su arrebato de impaciencia—. Sigo un poco en bucle con la crisis esta. Aver si se me pasa pronto.

Lo cierto era que no quería dar explicaciones.

Aún no. Por miedo a exteriorizar algo que solo era suyo.

Por temor a que, al hacerlo, se disolviera en el aire y la realidad volviera a azotarla.

Todo estaba a salvo, bien guardado en su cabeza, y también en su bolso.

No se había separado de los objetos desde que los había descubierto en la caja.

Sabía que nadie mejor que su amiga para contarle lo que había encontrado, pero las palabras se le quedaban atrapadas en la garganta cada vez que amagaba con hacerlo.

—Pues a ver si pasa tu crisis pronto. ¡Y a ver si esto se anima un poco, joder! Porque no pienso beberme más de una copa y la noche pinta larga.

—¿Cómo? —se burló Helena—. Lo de no beber más de una copa quiero verlo yo.

Cuando Giulia se acercó hasta ellas y les preguntó si todo estaba bien, ambas asintieron.

De todo el grupo de la uni de Clara, era la que le caía mejor a Helena.

El no haber ido a la facultad y no tener un grupo propio la había acomplejado al principio, pero Giulia siempre le había extendido la mano y la había integrado todo lo posible en el de Bellas Artes.

Charló con ellas un rato y acto seguido se fue a regañar a un grupo de adolescentes que bebían y fumaban en el reducido balcón del piso.

—Qué curiosa la mezcla de personas que hay en esta casa hoy —dejó caer Helena mirando divertida a Giulia cuando se alejaba a toda prisa.

Al girarse, se encontró de nuevo con el mismo tío de antes, que preguntó por cuarta vez si podía pasar. Miró a su amiga y lo supo. En su expresión ya no quedaba ni un ápice de paciencia.

—¿Puedes cogerlo todo ya? —le regañó Clara apoyándose sobre la puerta del congelador para inclinarse hacia él—. ¡Lo que necesites! ¡Como si te quieres llevar la nevera entera! Pero de una, va. Sé que puede ser complicado y todo un reto para ti, pero te lo agradeceríamos mucho.

El chaval se rio mientras se incorporaba. Medía casi dos metros, pero Clara le mantuvo la mirada, indiferente ante su imponente presencia. Helena apretó los labios aguantándose la risa.

—No sabía que esta zona de la casa era vuestra —contestó con ironía.

—Mira, chaval… —le amenazó Clara llevándose la mano a la frente, distraída por el tono vacilante de él—. Coge lo que tengas que coger y desaparece. Anadie se le olvidan tantas cosas en tan poco tiempo. Solo querías hablar un rato con nosotras, lo pillo. Punto para ti. Encantadas. Ya puedes irte.

—Encantado, soy Sergio. —Sonrió pícaro y se lanzó a darle dos besos a Helena, que estaba disfrutando de la situación y le correspondió con amabilidad.

Clara, por su parte, no hizo lo mismo—. Ylo de chaval, por cierto, puedes ahorrártelo.

No sé cuántos años te crees que tengo, pero son casi treinta ya.

Soy el compi de piso de Giulia. Vivo en esta casa y tú estás en mi cocina, así que tengo el derecho y la edad suficiente como para echarte por esa puerta si quiero.

—¿Tan mayorcito y responsable como para no ser capaz de retener en tu cerebro las tres cosas que quieres coger de la nevera y hacerlo en un solo viaje? ¡Guau! —aplaudió Clara.

El chico se rio. Parecía cómodo ante la arisca e indomable personalidad de Clara. Hizo como que la ignoraba, se giró y se dirigió de nuevo a Helena.

—Cuando se le bajen los humos a tu amiga, venid al salón, que queremos jugar a algo todos.

—No esperes que los humos se le bajen —le contestó Helena con voz suave, acostumbrada a escenas como aquella—. Ella es así de simpática a veces, perdónala. Dile a Giulia que nos dé cinco minutos y vamos, que estamos terminando esta. —Alzó su gin-tonic.

Sergio le guiñó un ojo a Helena, alzó su copa a modo de brindis con ella y se fue directo hacia el salón sin mirar a su amiga.

Clara esperó a que desapareciera para hablar.

—Pero este imbécil ¿qué se ha creído?

—¿Cuántas veces te tengo que decir que a este tipo de pavos se les sonríe y asiente? Se le ha visto el plumero nada más entrar por la puerta. No sé para qué le das bola.

—No le he dado bola, tronca. Ha pasado no una, sino cuatro veces por aquí. Vamos, no me jodas.

—Pues le dejas pasar una sexta si hace falta. Pero no le des conversación. Ahora ya tiene motivos para vacilarte todo lo que queda de noche.

—Que se atreva. —Clara se apartó el pelo de los hombros y bebió. Un gesto sutil que siempre hacía cuando quería dar énfasis a lo que acababa de decir.

—¿Te gusta? —preguntó Helena arrugando la frente.

—¡¿A mí?! Pero ¿tú le has visto? —respondió Clara.

—Sí. Es muy mono. —Helena se asomó por la puerta de la cocina para buscarlo.

Clara tiró de ella hacia dentro de nuevo.

—No hagas eso. No es mono. Es un notas y encima no sabe retener la información en el cerebro durante el tiempo suficiente como para hacer un solo viaje a la cocina.

—Te gusta. Está bien, no pasa nada.

—¡Santo Dios! —Clara bajó de la encimera de un salto y cogió su copa—. Vamos, antes de que me arrepienta de haber venido. Aver a qué quiere jugar el pánfilo este.

—Claro, ¡vamos a ver a qué quiere jugar! —repuso Helena con ironía, llevándose un codazo mientras cogía el bolso y se abrían paso hasta el salón.

Todos los invitados estaban reunidos alrededor de una mesa verde de diseño vintage , seguramente de segunda mano, baja y acristalada.

Estaba manchada con restos de ceniza que llegaban desde el balcón y algo de grasa de los aperitivos.

La rodeaban dos sofás de ante rosa y una densa nube de humo y sudor que vivía en aquel salón de estudiantes desde hacía décadas.

Las paredes de gotelé y las estanterías de estilo isabelino delataban la edad de la casa.

—¡Así me gusta! —gritó Sergio dirigiéndose hacia ellas—. Sentaos donde podáis. Llegáis justo a tiempo para jugar a la moneda.

—¿A la moneda? —se burló Clara, apoyada sobre el marco de la puerta—. ¿No habías dicho que tenías treinta años?

El resto de los invitados se rio, pero a Sergio no pareció molestarle. Les hicieron un hueco y ambas se sentaron donde pudieron.

—Os presento. —Giulia se incorporó—. Gente, estas son Clara y Helena.

De la uni. Chicas, este es Sergio, mi compi de piso.

Mi hermana y sus amigos —dijo señalando al grupo de adolescentes del balcón—.

Aestos cuatro ya los conocéis y faltan tres chicas que están en mi cuarto, pero que no creo que nos hagan mucha compañía hoy.

—Muy bien —Helena respondió con la mayor de sus sonrisas—. Encantadas. Nos apuntamos a lo que sea. Aunque ¿la moneda, Sergio? No sé yo…

Solía ser ella la que cogía las riendas en ese tipo de situaciones. Clara siempre afirmaba que tenía una sonrisa angelical que apaciguaba cualquier ambiente. «Así verán que somos tías simpáticas», solía decir.

—Bueno, hasta que propongáis otra cosa, moneda —insistió él.

—Bien —añadió Clara—. Pues si la noche decae será por tu culpa. —Sonrió con falsedad justo antes de llevarse la copa a los labios.

—Haya paz —dijo Helena levantándose.

Alcanzó su bolso y lo volcó sobre la mesa dejando al descubierto los incontables objetos que llevaba dentro.

Sacó un euro de su cartera y se lo entregó a Sergio.

Clara la miró aliviada por tenerla siempre a su lado manejando esas situaciones con tanta naturalidad.

Aquella ilusión y aquella chispa por la vida asomaban a la ventana de sus ojos muy de vez en cuando para recordarle que la Helena a la que tanto echaba de menos seguía allí dentro.

Giulia la observó con atención mientras lo metía todo de nuevo en el interior de su bandolera XXL.

Estuvieron jugando un rato. «¿Quién es la persona que más te atrae de la sala?

». «¿Quién crees que acabaría antes en comisaría?

». «¿A quién crees que pillarían haciéndolo en público?

». Las mismas gilipolleces de siempre, pensó Helena.

Quizá por su edad o quizá porque tenía la cabeza en otro sitio, no conseguía encontrar la gracia a aquellos juegos que durante su adolescencia tanto las divirtieron.

Le dieron la moneda en varias ocasiones y en todas la aceptó con indiferencia.

Excepto ella y Giulia, nadie más parecía aburrirse.

Incluso a Clara, empeñada en no quedar por debajo de Sergio, parecía pasársele el tiempo rápido.

Helena sonrió para sus adentros ante lo mucho que, en realidad, encajaban aquellas dos personas.