Hydra 8. Donde todo cobra sentido
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8. Donde todo cobra sentido

Donde todo cobra sentido

—¡Helena, cariño, vamos al centro comercial! ¿Quieres que cambiemos tu regalo? —gritó su madre desde el recibidor para que pudiera oírla.

El ático en el que vivían tenía dos plantas, al igual que el resto de los bloques de la calle.

Mientras que con la reforma habían dejado diáfana toda la planta de abajo convirtiéndola en una sola estancia, en la parte de arriba habían mantenido la estructura original.

Cuatro habitaciones destinadas a los dormitorios y el estudio.

La de sus padres, la más grande, estaba al final del pasillo.

Helena nunca iba allí. La suya quedaba de frente nada más subir las escaleras.

Agachada de rodillas en el lado de la cama de su madre, cerró el cajón de la mesilla de noche, se levantó con rapidez y frotó la marca de la alfombra incrustada en sus rodillas.

Al hacerlo notó las manos empapadas en sudor.

Corrió de puntillas hacia su cuarto y respondió:

—No, ¡gracias! Al final, me lo quedo. —Trató de controlar la respiración al tiempo que agudizaba el oído. Exhaló el aire de golpe al escuchar el cierre de la puerta principal. Por fin estaban solas. Ella, las pulsaciones de su corazón aún latiendo en la garganta y aquella llave.

Le había llevado cuatro días recordar su paradero.

Durante una reunión importante con un cliente, en la que no prestó atención, recordó las palabras de su madre aquel verano del2019: «La guardé junto a mi joyero, en mi mesilla.

Quién sabe si algún día me la pedirá», le había dicho a su padre mientras se hacía una ensalada en la cocina sin saber que Helena escuchaba tras el marco de la puerta.

No habría otro momento mejor que aquel. Sus padres iban a estar toda la tarde fuera y lo último que quería Helena era tener que dar explicaciones sobre lo que estaba a punto de hacer. Devolvió la mirada al objeto de bronce terroso que también parecía palpitar sobre la palma de su mano.

¿Estaba segura de aquello? No, claro que no.

Tan solo estaba segura de que el tiempo pasaba y aquel vacío era cada vez más grande.

«Pero todo eso será en vano porque siempre encontrará el camino de vuelta».

Las palabras de su madre resonando en su cabeza la impulsaron hacia el pasillo, por el que anduvo hasta que se encontró cara a cara con la puerta que quedaba entre el cuarto de sus padres y el de Adri.

Aquel pedazo de madera blanca que tantas veces al día decidía ignorar.

Tantos años pasando por alto su presencia hacían que mirarlo se volviera intimidante y abrumador.

Necesitó unos instantes para apaciguar los nervios, limpiarse el sudor en los vaqueros y respirar hondo.

Distintas emociones despertaron en su interior creando una sinergia entre sentimientos del presente y del pasado.

Durante mucho tiempo, girar aquel pomo había implicado volver a casa, a su refugio.

Era una esfera dorada que le daba acceso a un pasadizo directo hacia la creatividad y la magia que suponía revelar sus recuerdos.

Casi diez años hacía que no cruzaba esas paredes y, sin embargo, podía recordar todas y cada una de las sensaciones que aquella puerta le susurraba.

El olor a metol, el aroma cítrico del líquido en el que sumergía las láminas sobre las que se iban dibujando sus recuerdos poco a poco, el rojo escarlata de la luz ambiente, las grandes bandejas blancas donde se incubaban las fotografías y siempre, acompañando de fondo, el murmullo de algún disco de alt-J.

Introdujo la llave en la cerradura y su mano la giró por instinto. Helena cerró los ojos. No quería escuchar a su mente. Tan solo deseaba que pasara cuanto antes, arrancar la tirita de golpe. Empujó la puerta, que protestó al abrirse.

Todo estaba tal y como lo recordaba. La luz tenue de la tarde se colaba por la ventana circular del techo alumbrando la estancia con sutileza.

Sus ojos recorrieron cada rincón polvoriento que los rayos del sol le mostraban.

Las estanterías de metal, con cajas etiquetadas como «Fotos ya reveladas» y «Fotos por revelar», seguían allí.

Largas cuerdas de esparto colgaban aún de un lado a otro del cuarto, listas para tender las fotos por secar.

Agudizó la vista y pudo distinguir las grandes cubetas amarilleando por el paso del tiempo y la gran cantidad de metol absorbido a lo largo de los años, el tocadiscos donde cada semana sonaba un nuevo vinilo que traía Clara, sus gafas de ver reposando sobre el sofá beis en forma de pera, los libros de fotografía contemporánea, y un corcho lleno de apuntes y de sus fotos favoritas. Todo seguía ahí, aguardando su llegada.

El pasado volvió a ser parte del presente y Helena tuvo el impulso de dar un paso atrás, cerrar la puerta y olvidar para siempre que aquella estancia existía. ¿De qué serviría?, se preguntó. Ya lo había hecho una vez y, diez años después, no había servido para nada.

Sus pies la impulsaron hacia el corcho. Miles de notas escritas con su letra la teletransportaron.

«Entregar las de la serie 009 a la señora García», «Comprar más pinzas y reciclar los negativos de la semana pasada», «Corregir color de la serie invierno + revelar también en blanco y negro».

Trabajos por realizar que nunca llegaron a terminarse.

Durante un rato sintió, leyó, tocó y rememoró.

No se paró a pensar dónde estaba ni qué hora era.

La carga emocional allí acumulada era tan grande que ni la más racional de las mentes habría podido volver al mundo real con facilidad.

Su cabeza divagaba, embriagada por el dulce licor del tiempo.

Sabía muy bien lo que estaba a punto de hacer: sucumbir al agujero.

No solo asomarse a él, sino tirarse de golpe al vacío, sin paracaídas ni nadie al final para atraparla.

Se sentó en una esquina, en el suelo, con decenas de álbumes a su alrededor y cientos de recuerdos abiertos.

Pasaba las páginas y sonreía con nostalgia al ver las imágenes.

Sus ojos, rojos y empapados en lágrimas, querían más.

Estaban sedientos de seguir recordando, de seguir existiendo por tiempo infinito entre aquellas aterciopeladas hojas.

Se levantó dispuesta a reunir todos los recuerdos posibles y pasarse la tarde entera sentada sobre aquel viejo amigo de color beis.

Repasó una por una las estanterías, apilando sobre la mesa central todos los tomos repletos de recuerdos.

De pronto, sus ojos se toparon con una vieja caja de cartón que no recordaba.

Estaba colocada en una de las estanterías más altas y ni siquiera llegaba hasta ella.

Se quitó los incontables anillos de plata para que no se mancharan de polvo, alcanzó una silla, trepó, la bajó con dificultad y la apoyó sobre la mesa.

¿Qué era aquello? No lo recordaba. ¿Cómo era posible?

Giró la caja y sus ojos se encontraron con una etiqueta roída y medio despegada: «Donde todo cobra sentido».

Aquellas palabras resonaron en su cabeza como un susurro.

Un escalofrío de certeza le recorrió la espalda.

Su corazón comenzó a latir con fuerza y, emocionada, se llevó la mano al pecho para atrapar aquella energía.

La abrió, impulsada por un vértigo ansioso, y en su interior encontró un colgante, un carrete y una postal descolorida. La curiosidad, la desilusión y la nostalgia se trenzaron en su interior.

Analizó la cadena de oro de la que colgaba un amuleto en forma de sol cuyos rayos, finos y alargados, danzaban alrededor de la circunferencia, irregulares y diferentes entre sí.

En el centro, una cara de mirada serena y sabia.

Lo dejó sobre la mesa y alcanzó el rollo de película.

Sopló para retirar la espesa capa de polvo y leyó: «Verano de 2016».

No le salían las cuentas. ¿Por qué aquel carrete no había sido revelado?

Negó levemente con la cabeza dejándolo también a un lado.

Alcanzó la postal y su estampa la atrapó.

El paso del tiempo se había llevado gran parte de los colores que formaban la viva imagen de una gran puerta de madera rodeada por un arco de hiedra salvaje.

Asu derecha, un atril de bronce dorado sostenía una cesta llena de piedras y frascos de diferentes tamaños y colores.

Ala izquierda, un cartel cuya inscripción era ilegible.

La puerta entreabierta dejaba a la vista la cola de un felino negro adentrándose en lo desconocido.

Helena, maravillada y desconcertada a partes iguales ante lo que aquella postal mostraba, la volteó para conocer su procedencia.

Nada. Ni un solo mensaje o pista que le diese más información sobre su origen.

Cuanto más miraba aquellos objetos, más segura estaba de que no ocupaban espacio en su memoria.

«Donde todo cobra sentido», volvió a leer.

Se llevó la mano a la frente. Estaba sudando.

Quizá por las horas que llevaba llorando, quizá por las incesantes preguntas que se le amontonaban sin respuesta. Escribir. Necesitaba escribir.

Devolvió la caja a su sitio, guardó los álbumes y lo dejó todo como estaba. Cogió los misteriosos objetos y se aseguró de cerrar bien la puerta para no levantar sospechas.

Guardó la llave de nuevo en la mesilla de noche y se miró en el espejo del cuarto de sus padres. Era la misma Helena que la de esa mañana, pero ahora sus manos escondían un carrete, un talismán y una postal. Los miró reflejados en el espejo y estos le devolvieron la mirada. No, no estaba preparada.