Hydra 7. Veintiséis
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7. Veintiséis

Veintiséis

Ayer cumplí veintiséis años y, al soplar las velas, lo supe. Esta angustia, esta ausencia de aire que me ahoga en la recta final del día, no tiene nada que ver con lo que ocurre a mi alrededor.

Frente a mí, estaba todo cuanto necesito para sostenerme en pie. Las cuatro personas más importantes de mi vida, otro año más. Al mirarlos, supe con certeza cuál era mi motivo de celebración.

«¡Un deseo! ¡Un deseo!», gritó Clara.

Más deseos, pedí. Poder pedir más deseos, con ellos al otro lado de la tarta.

No quiero más fiestas, más amigos o más experiencias. Tampoco quiero otra rutina. No sé vivir de otra manera. No quiero otros planes de vida, una pareja o un futuro prometedor firmado a largo plazo con el destino. Bueno, esto último no estaría nada mal.

Esta angustia, este vacío, no lo rellena ninguna de esas cosas porque ya las tengo. Ya son mías. Sé cómo cuidarlas, cómo alcanzarlas y cómo luchar por ellas.

Supongo que ayer, al soplar las velas, lo supe.

Sentí la brisa helada proveniente de la oscura cavidad de mi pecho, que sé muy bien dónde está, pero no lo honda que es.

Y, ¡oh, Dios! No te puedo explicar el miedo que da eso.

El miedo que da sentir de nuevo esa inmensidad, ese vacío negro infinito al que, si te asomas demasiado, le da por llamarte para que saltes a sus brazos.

Y no saltas porque no sabes cómo de larga será la caída ni cómo de profundas son sus opacas entrañas. No saltas porque hacerlo implicaría, quizá, no volver a salir nunca. No encontrar el camino de vuelta.

No quiero hacerlo. No quiero mirar.

Quiero que el tiempo vuelva a cubrir de arcilla el espacio al que me asomo con tanto miedo.

Pero ¿cómo se hace? Aprender a vivir así.

Aprender a vivir con un eco que no responde.