6. Envido #2
—Ya vale —los cortó su madre, tajante—. Helena, nunca es tarde para nada. Las crisis existenciales o como sea que quieras llamar a esto no son una cuestión de edad.
—Y lo que siempre te digo: no magnifiques las cosas —añadió su padre—.
Tienes que ir a la raíz del problema y cortar por ahí.
Lo que nos acabas de decir es tan solo una consecuencia, una bola enorme que te has creado tú sola en tu mente.
Tienes que identificar de dónde viene, sin excusas.
Ysin culpar a nadie más que a ti y a tu momento vital.
Ambos trataban de dirigirla hacia donde querían, pero Helena se resistía a ir por esa vía con todas sus fuerzas.
—Sí, sí, yo os prometo que tengo en cuenta siempre todos vuestros consejos e intento aplicármelos, pero esta vez no sé qué me pasa.
No consigo librarme de estas dudas y de esta ansiedad por mi futuro.
Pero es igual. Lo averiguaré. Tan solo quería que supierais mi situación y el porqué de mi bajo rendimiento estas semanas.
—No es el futuro lo que te preocupa, Helena, es tu presente —apuntó su madre—.
Tienes que dejar de mirar tanto hacia delante, te lo decimos siempre.
No sirve. Quizá aún tengas algo pendiente que no te permite ver las cosas con claridad.
—Creó un silencio entre los cuatro de manera consciente—.
Mirar hacia delante es una de tus aficiones y la otra es racionalizarlo todo hasta tal punto que te olvidas de sentir.
—Hizo una breve pausa mirando sus cartas—.
No puedes lanzar un sentimiento que te pertenece lejos de ti.
Osí, quizá sí. Alo mejor puedes perderlo de vista, levantar murallas, cortar fronteras y hacer como si nunca hubiese existido, pero todo eso será en vano porque siempre encontrará el camino de vuelta.
—Juego, sí tengo.
—Y yo.
—Envido.
—Se ve.
«Encontrará el camino de vuelta». Una ráfaga de imágenes pasó por la mente de Helena.
Rápidas, hirientes y efímeras. Un cuarto con poca luz.
El brillo escarlata de las paredes. Un destello abrasador.
Despertar entre sábanas blancas. El sabor a metol en sus papilas gustativas. Una puerta cerrada. Un año en la cama.
Volvió a mirar a su madre, desconcertada. No, que algo volviese por ese camino no era una opción. Los cuatro dejaron las cartas sobre la mesa y comenzaron a contar.
—¿De qué me serviría? —preguntó Helena con la mirada perdida.
—La llevo. Todo nuestro. —Su madre se apropió de los amarracos correspondientes—.
Desde luego, te serviría para descansar, eso seguro.
¿Te crees que hemos normalizado que dependas del trabajo o de unas pastillas para vivir mejor?
Somos tus jefes, pero por encima de eso somos tus padres.
Puede que hagamos la vista gorda, pero nos damos cuenta.
—Pero, mamá, si a nivel laboral estoy bien.
Me gusta mi trabajo. Lo de las pastillas no os lo voy a discutir.
Es cierto. Aunque ¡todo el mundo es adicto a algo!
Tú al café, Adri al tabaco y papá a… —Su padre alzó las cejas con expectación—.
Bueno, que no pasa nada. Son naturales. Algunas sí y otras no, pero la mayoría son naturales.
Yde verdad que en el trabajo estoy bien y me gusta lo que hago.
Solo me he agobiado un poco al darme cuenta de que voy a estar toda mi vida haciendo lo mismo, ya lo asumiré como hago siempre.
—Sabes muy bien que te apoyamos en la decisión de ayudar en el negocio, pero no era tu camino.
—La sentencia de su padre la pilló por sorpresa—.
Nosotros lo aceptamos porque tenías dieciocho años cuando lo decidiste.
Aesa edad es complicado ver las cosas como alguien de cuarenta, pero son muchas las veces que te hemos dicho que rectificar es de sabios.
Incluso tu hermano ha sido capaz de verlo antes que tú.
—Pero porque Adri tiene dieciocho. Aesa edad, soñar a lo grande es más fácil. Cuando tienes veinticinco, las cosas pesan mucho más. —De nuevo, se rieron con ternura.
—Veinticinco —dijo su padre con una sonrisa y mirando hacia arriba.
Su madre le dedicó otra de vuelta mientras le cogía la mano y se dirigía a Helena de nuevo:
—Cariño, los veinticinco son una edad maravillosa para replanteárselo todo. Sé que te obsesionan el paso del tiempo y los números, pero son conceptos efímeros que no tienen por qué determinar nada. Tu vida no es un número o un día del año.
—Una edad maravillosa para replanteárselo todo, en la que la gente empieza a independizarse con sus parejas y a casarse. ¡Casarse! ¡Con mi edad! ¿Os parece normal?
—Hombre, a nosotros sí —confesó su madre.
— Bro , eso no sé ni por qué te raya. Casarse con veinticinco años, menudo palmazo.
—Que ya, que no quiero casarme con veinticinco, Adrián, no lo estás entendiendo.
—No, parece que no —dijo este alzando los hombros y desbloqueando el teléfono.
—Adrián, en la mesa no —le regañó su madre—.
No sé cuál se supone que es ahora la edad ideal para casarse —decretó alzando las manos—, pero no creo que sea algo relevante en todo esto.
Lo que sí considero importante es recordarte que, efectivamente, estás a punto de cumplir veintiséis años y que no, todavía no es tarde para darle un giro a tu vida.
Ni mucho menos. Nunca es tarde. Yo con casi sesenta podría hacerlo y estaría bien.
Solo tienes que soltar, cariño. Eres adicta al control de tus acciones y de lo que sientes.
Tienes que dejar que la vida te moldee a su antojo.
Hay sentimientos que debes permitir que te dominen, te asusten, te quiten energía, te expriman y te vacíen. Solo así hay cambio y evolución.
Los hielos dando vueltas en el vaso de Baileys de su padre fueron lo único que se escuchó en los minutos siguientes.
Helena terminó de destrozarse las uñas mientras su madre la miraba preocupada.
Le tocaba repartir a ella y se dispuso a barajar las cartas con la mente recorriendo cada rincón de su memoria y tratando de encontrar una solución.
¿Darle un giro a su vida? La Helena del pasado habría sabido hacerlo, pero ella no era más que una chica cuya pasión por la vida se había esfumado demasiado temprano.
Mucho más de lo que debería. En el fondo sabía que lo hacían por su bien.
Nadie mejor que su familia para decirle lo que debía o no debía hacer.
Pero era lo de siempre: su parte más racional se negaba a sentir y ella tampoco quería hacerlo de nuevo. No de aquella manera.