6. Envido
Envido
La sobremesa de los domingos era, sin duda, su momento favorito de la semana.
Hablar sobre trabajo a diario era algo común e inevitable entre los cuatro, pero tiempo atrás habían pactado que, en especial ese día, estaba prohibido debatir sobre asuntos laborales a no ser que se tratara de una emergencia.
En ocasiones, Clara se unía a ellos y terminaban enzarzados en alguna que otra conversación acalorada, con una copa de Baileys y una partida de cartas entre manos.
Vivían en un ático en el centro, en un edificio antiguo con ascensor de acordeón y escaleras de mármol.
Sin embargo, el aspecto arcaico del bloque no estaba presente en casa de Helena, reformada y transformada años atrás en un piso de estilo moderno escandinavo, cuidado en cada detalle.
La zona en la que más tiempo pasaban era aquel salón repleto de estanterías abiertas, alfombras de fibra natural y jarrones de cerámica mate.
Una mesa grande y redonda los reunía en el centro de la acristalada estancia, rebosante de luz.
Era una imagen costumbrista, cálida y real.
Lo más parecido a la felicidad que Helena conocía.
Todos sus seres queridos reunidos alrededor de una mesa, comiendo algo dulce, charlando, discutiendo y, en ocasiones, riéndose hasta quedarse sin aire por algún chiste malo que hacía su padre.
Era tan bello y simple que, si se paraba a pensarlo, se le encogía el corazón, nostálgica ante lo efímero de aquellos momentos.
Porque, al final, siempre terminaban. Un «venga va, que mañana es lunes» arrasaba con aquella sensación de estar en casa.
Ya Helena le encantaba estar en casa. Sentir el confort de lo conocido, de lo inmutable mientras todos permaneciesen sentados alrededor de la mesa.
—¿Qué vas a hacer por tus veintiséis, cariño? —La pregunta de su madre la sacó de aquel pequeño momento de paz mental y se retorció en la silla, incómoda.
—Y dale con mis veintiséis. Ni con mis dieciocho fuisteis tan pesados —refunfuñó.
Adri se rio por lo bajo y su padre levantó los ojos por encima de las gafas.
—¿Se puede saber qué he dicho? —añadió su madre.
Terminó de barajar las cartas con una maestría aprendida con los años y las repartió con un sonoro aleteo que cubrió el silencio incómodo creado tras la contestación cortante de su hija.
—Anda to rayada, la tía. —Adri analizó la mano de naipes que le había tocado—. De repente le da miedo crecer y llevar siete años haciendo lo mismo.
—¿Y eso de dónde te lo sacas? —le espetó Helena.
—De que el otro día en el evento lo comentamos y desde entonces estás rara. ¿Te tengo que recordar que trabajo contigo? Muy pocas órdenes he recibido esta semana de mi «hermanita superiora».
—Porque hay poco trabajo, Adrián.
—Ah, claro —rio irónico—. Vale, ahora entiendo entonces lo de ponerte a limpiar la habitación de cuatro a seis de la mañana. No hay trabajo y la niña se vuelve loquita. Agrande, paso —anunció de seguido, iniciando la partida de mus.
—Y yo —contestó Helena mientras fulminaba con la mirada a su hermano pequeño.
—Yo envido —replicó el padre.
—De una a dos se ve. —Su madre cogió del centro dos botones que usaban a modo de amarracos y los puso en su lado—. Cariño, ¿limpiando a las cuatro de la mañana? ¿Qué horas son esas?
—Sí, se me han acabado las pastillas para dormir —respondió con rapidez—. Es un tema que tenía pendiente comentaros. Esta semana he estado más ausente y menos eficiente porque me está costando dormir. Pero ya mañana, por fin, me llega el pedido.
—¿Y hay algún motivo en concreto que te esté quitando el sueño? —preguntó su madre con sumo cuidado.
Adri miró las cartas de nuevo y luego a su hermana.
—Sí, ¿qué te preocupa, hermanita? Porque lo de que eres drogodependiente de una sustancia llamada melatonina ya lo sabíamos.
—Adrián, ya vale. —Su padre le regañó y miró las cartas—. Achica. Hablas.
—Paso.
—Paso.
—Y yo.
—Pasamos todos. —Su madre volvió a dirigirse a ella—. Cielo, sea lo que sea, puedes contárnoslo. No vamos a hacer el papel de jefes en esto. Llevas semanas sin dormir. Me traen sin cuidado el trabajo y tus resultados ahora mismo. ¿Qué te preocupa?
Helena buscó las palabras adecuadas, tratando de dar con algo que no implicara darle la razón a su hermano.
Miró a sus padres sentados frente a ella como cada domingo, pero no era un domingo cualquiera.
Ningún fin de semana antes había tenido tantas ganas de llorar como aquel al pensar que al día siguiente tendría que volver a lo mismo de siempre.
Quizá por el cansancio o quizá por estar empezando a ser consciente, con veintiséis años, de que en eso iban a consistir todos los lunes que le quedaban por vivir hasta el final de sus días.
—¿No os cansáis nunca de… esto? —soltó señalando a su alrededor.
Adri no pudo evitar una sonrisa que Helena decidió ignorar.
—¿Alguien tiene pares?
—Yo. Envido. Cuando dices «esto», ¿a qué te refieres, cielo? —La atención de su madre se volvió hacia ella.
—No sé, a todo.
—¿Al trabajo?
—No. Atodo. Ala rutina. Ala gente. AMadrid. Ala vida en general.
—Hija, que vas a cumplir veintiséis, no noventa y dos, por favor.
—Y ese es el puto problema. —Su tono se volvió más dramático—.
¿Cómo es posible que con veintiséis años esté cansada de todo?
Que si qué voy a hacer por mi cumple, que si «¡qué mayor estás!
», que si «¿estás contenta y te llena lo que haces?
». Entre Adri y Clara, no sé quién es más pesado.
—Se llevó la mano a la sien—. Yluego están esos reels, esos tiktoks y esas vidas perfectas.
Esos perfiles artificiales que tratan de demostrar que no tienen problemas.
Esas personas que parecen vivir en mundos irreales tan solo para dar envidia a los que deslizan la pantalla.
—Hizo una pausa y trató de calmarse—. Aveces me tomo un café en la ofi en mi único descanso del día, rodeada de gente corriendo de un lado para otro apagando fuegos que volverán a encenderse, y me doy cuenta de que estoy descansando de algo que ni siquiera recuerdo por qué me gustaba.
—Miró a sus padres con la disculpa en los ojos por lo que acababa de decir—.
Intento pasar de ello como siempre he hecho, pero no lo consigo.
Estos dos han plantado una semilla en mi cabeza que me pide a gritos que la riegue y yo solo quiero arrancarla de cuajo y disfrutar del vacío que había antes de que rellenaran ese espacio de tierra.
¡Estaba perfectamente con mi vida monótona y aburrida!
—Hizo una nueva pausa y trató de calmarse al darse cuenta de que había levantado el tono de voz—.
Ahora lo único que hago es ir al trabajo cada día y preguntarme qué hago allí.
Cuestionarme una y otra vez la cordura de la gente por la que me rompo el cuello, la frivolidad del sector en el que curramos.
Aveces me paro en el cristal de la cafetería, observo la boca de metro de Callao y me pregunto adónde irá cada persona que entra y sale de ese agujero negro.
¿Adónde van con tanta prisa? ¿Todos tienen algo que hacer?
¿Todos tienen una parada en la que les esperan cosas emocionantes?
¿Todos tienen un rumbo? —Miró a su alrededor tratando de obtener respuestas, pero nadie dijo nada—.
Y, por supuesto, muchas veces me pregunto si debería estar haciendo algo como casarme, buscar un novio o irme a vivir en una autocaravana al campo y tratar de ser autosuficiente.
En cambio, lo único que hago es angustiarme por cada post que veo en redes subido por gente que no conozco, tener ganas de desaparecer cada vez que alguien me pide que resuelva algo y dormir mal.
—Puso las cartas bocabajo sobre la mesa, derrotada por la realidad de sus palabras—.
Y,cuando consigo tumbarme un rato, mi mente maquina a sus anchas creando pesadillas absurdas.
Además, reíos si queréis, pero justo he visto esta mañana que la tienda de revelados va a cerrar y me ha entrado más nostalgia de la normal.
Pero ¡todo esto me pasa solo porque estoy en esta especie de crisis en la que me han metido estos dos!
—remató señalando a Adri de forma despectiva—.
Bueno, estos dos y mi caja de pastillas vacía.
De repente estoy a punto de cumplir veintiséis y no me encuentro en nada ni en nadie.
Todo iría mejor si consiguiese dormir. Estoy segura de que es por la falta de sueño.
Los cuatro dejaron reposar las palabras de Helena sobre la mesa y guardaron un largo silencio.
No porque no supieran qué decir, sino porque no sabían por dónde empezar.
Llevaban mucho tiempo sin ver a esa Helena.
No acostumbraba a exteriorizar lo que ocurría dentro de ella.
Aquel desbloqueo implicaba muchas cosas y una de ellas era que debían ir con cuidado.
Al final fue Adri el que rompió el hielo y trató de darle continuidad a la tarde de domingo.
—Pues me da a mí que voy a ver esos pares. —Puso en el centro cinco botones para afianzar la apuesta y tan solo recibió de vuelta una mirada de reproche de su compañero.
—Ante todo —dijo al final su madre con tono pausado y tranquilo—, sabes que lo que te está ocurriendo es normal, ¿verdad?
Helena la miró con dureza.
—No, mamá. No lo es. Sería normal si tuviese dieciocho años, pero voy camino de los treinta. Ya tengo una edad como para ponerme a dudar de mi existencia.
Sus padres se rieron por lo bajo ante aquella afirmación, descargando de tensión el ambiente.
—Sería lo normal en el caso de que hubieras vivido tus dieciocho como una persona normal. Pero nunca los tuviste —dijo Adri sin adornos—. Juego, no tengo.
—Yo tampoco tengo juego. —Helena miró a su hermano—. Tú no tienes ni idea de cómo viví mis dieciocho.