5. Se vende
Se vende
Apenas quedaba una semana para su cumpleaños. Llevaba a cuestas la carga de las últimas semanas sin pegar ojo y sentía el peso de los párpados y las extremidades con cada paso que daba. Pero, a pesar del cansancio, caminaba pisando con fuerza, haciendo sonar cada taconazo como una sentencia.
Mientras descendía por la calle del Pez, iba dejando que los espejos le devolvieran su reflejo.
Su gabardina burdeos la seguía como si fuera su sombra y su larga melena, sujeta con una afilada pinza marrón chocolate, descansaba en lo alto de su cabeza.
Agarraba el bolso apretándolo contra su cuerpo como si aquello le proporcionara una mayor sensación de control sobre sus posesiones y pensamientos más preciados.
Control y poder. Dos viejos amigos que se distanciaban de ella con cada idea perturbadora que se le venía a la mente, que ahora trataba de espantar con el repiqueteo seco de sus tacones sobre el asfalto.
Dejar que esos pensamientos intrusivos irrumpieran en su cabeza era símbolo de debilidad, y esa debilidad no le estaba sirviendo más que para dormir poco y distraerse sin esfuerzo.
Sacó el móvil del bolso y recurrió a lo que siempre hacía cuando quería evadirse un rato y dejar de darle vueltas a la cabeza.
Teniendo en cuenta que era domingo y ya no le quedaban más correos por responder, era su último recurso.
El sonido de Clara descolgando el Facetime la abstrajo del ruido de la plaza de España.
—¿Qué haces?
—Maquillarme, tengo comida familiar. —Clara respondió sin mirarla, con el móvil reposando sobre la encimera del lavabo de mármol de su baño, concentrada en hacerse la raya del ojo perfecta.
—Qué pereza, ¿no? Vente un rato a casa luego. Vamos a echar un mus.
—Nena, ojalá —se lamentó su amiga—. Con lo que me gusta a mí una buena sobremesa en casa de mi familia adoptiva.
Pero no puedo. Viene la novia de mi padre.
Ya sabes, esa que siempre está ocupada y que, cuando ella puede, los demás tenemos que cancelar todo lo que haya en nuestras agendas para adaptarnos a la señorita.
—Puso los ojos en blanco y siguió pintándose.
—Sí, me suena de algo… —la compadeció Helena—. Pero, bueno, el lado positivo es que no la ves mucho. Una vez al año no hace daño.
—Supongo que el que inventó ese refrán no la conocía. —Cogió el móvil y comprobó que ambas rayas le hubieran quedado simétricas con la cámara frontal—. ¿Tú qué haces? ¿Y adónde vas con tacones? Es domingo, hija, qué pereza. Ni a mí se me ocurre.
—Voy a casa de Manu a devolverle el reloj. Me ha dicho de quedarme, pero creo que paso. Eso sí que me da pereza. Se lo doy y me piro. Vive a tres manzanas; no me cuesta nada pasarme a dárselo.
—¿Y para qué te pones tacones? Vas a darle falsas esperanzas al pobre chaval.
—Lo que piense o deduzca al verme con ellos no es mi movida.
Clara se rio y comenzó a perfilarse los labios.
—Cómo se nota que hace mucho que no te tienes que esforzar por pensar en este tipo de cosas. No se va en tacones a ver a un hombre al que no quieres volver a ver en tu vida.
—Iré como me dé la gana —se exasperó Helena.
Clara soltó una carcajada.
—Salúdale de mi parte y dile que, ante todo, siempre quedará tu fiesta de cumpleaños. Puede pasarse si necesita buscar más peces en el mar.
Esta vez fue Helena la que se rio en alto.
—No hay quien soporte lo tozuda que eres cuando algo se te mete entre ceja y ceja, ¿eh?
¡Que no voy a hacer una fiesta por mi cumpleaños, Clara!
¡No tengo nada que celebrar! ¡Nada! Solo el paso del tiempo, la subida del precio de los alquileres y que otra persona más de nuestra edad se ha comprometido y se casa el año que viene. No quiero fiestas de cumpleaños.
—Bueno, nena, el amor, el dinero, el tiempo.
Se brinda por lo que se tenga que brindar.
—La miró a ella en lugar de a sí misma por primera vez en toda la llamada—.
Menos por esas ojeras. Más te vale priorizar el sueño.
No me gusta nada que te quedes hasta tan tarde currando.
Afectará a tu salud, y ya sabes que no te puedes permitir morir antes de los ochenta porque la resi no tendrá sentido sin ti.
Helena miró al frente y se las imaginó a ambas con esa edad teniendo aquellas mismas conversaciones, andando por las mismas calles, bebiendo en los mismos sitios y yendo con la misma gente.
Jubiladas después de cuarenta años de vida trabajando.
Cuarenta años trabajando. Cuarenta años de monotonía.
Una y otra vez lo mismo. En esa ciudad. En esa oficina. Tacón, tacón, tacón. ¡Basta!
—Estas ojeras no son de currar —aclaró—. Son de la crisis existencial en la que estoy hundida desde que me mencionasteis el tema de mi cumpleaños. Son por no tener el puto control de nada desde entonces.
Clara hizo una pausa y cogió el móvil para mirar a su amiga con detenimiento.
—Hermana, no sé si te estoy entendiendo.
—Realmente no lo hacía—. ¿Se puede saber qué parte de tu vida no estás controlando?
¿Has metido las llaves en el llavero en el orden equivocado?
¿Tus tazas no están lavadas y colocadas por colores?
¿Has aparcado el coche un poquito torcido?
¿No has practicado por vez número treinta y cuatro el simulacro de emergencia en el supuesto caso de que tu imaginario perro no aparezca por ningún lado?
Pero Helena hacía rato que había dejado de escucharla. Había volcado su atención de repente sobre un cartel amarillo con el que sus ojos acababan de toparse. SE VENDE fue lo primero que leyó, seguido de un número de teléfono y un correo de contacto, escritos a mano con rotulador negro.
—Se vende. —Un susurro salió de sus labios inducido por la repentina y profunda tristeza que le invadió el pecho.
—¿Qué se vende? —preguntó Clara.
—La… La tienda. Pero es imposible. Lleva años, no pueden…
—¿Te importaría explicarte? Te recuerdo que solo estoy viendo los poros de tu nariz ahora mismo.
Helena le dio la vuelta a la cámara y le mostró a su amiga lo que tenía delante.
La puerta de la tienda de revelados fotográficos del barrio.
Aquel establecimiento llevaba abierto desde que ella tenía uso de razón.
Había pasado horas, días y semanas en aquel local, revelando sus fotografías, charlando con los dueños, husmeando en los recuerdos de desconocidos, comprando las últimas novedades en cartuchos y escuchando las historias que los clientes contaban sobre los lugares en los que habían estado de vacaciones.
Hacía años que no había vuelto por allí y suponía que las nuevas tecnologías no le estarían haciendo un gran favor al negocio, pero aquel cartel le removió el corazón más de lo que jamás podría haber imaginado.
Cuando se giró de golpe para comprobar lo que el reflejo de la puerta insinuaba, vio, al otro lado de la acera, un gato de pelaje blanco y manchas marrones que miraba también la cartulina amarilla del anuncio.
Como si él también pudiese entender lo que aquel cartel significaba.
Giró rápidamente el móvil hacia él y le preguntó a Clara si ella también podía verlo. Sus sospechas de estar perdiendo la cabeza se vieron diluidas con la confirmación de su amiga.
—Estoy empezando a asustarme —le confesó Clara rompiendo el silencio entre ambas.
—No te puedes asustar. Tienes que ser la que me diga que todo esto es una casualidad absurda y que hay una plaga de gatos callejeros en Madrid —le suplicó Helena.
—No sé cómo puedes pensar que voy a ser la persona que te diga eso.
Helena se llevó la mano a la frente y luego a la boca. Exhaló y le exigió una respuesta a su amiga con la mirada, pero Clara no dijo nada y eso no le gustó.
Trató de ahuyentarlo con unas palmadas. De hacer que se fuera corriendo. De espantar la incomodidad que aquella presencia le provocaba. Pero el felino no se movió de su sitio y tampoco la miró. Sus ojos estaban fijos en lo más profundo de la tienda y en el cartel amarillo brillante.
—No puedo ni imaginarme lo loca que voy a terminar como no me tome un respiro de todo esto —dijo Helena.
—Nena, perdona no estar siguiéndote la vibra, pero continúo sin saber qué ocurre. Estabas a punto de contármelo, justo antes de ser interrumpidas por un cartel y un gato. Son las doce y doce, por cierto.
Helena ladeó la cabeza y trató de expulsar aquel torbellino de emociones fuera de su cuerpo. Volvió a mirar la tienda y luego al gato, que se mantenía inmóvil.
Negó con la cabeza, respiró hondo y retomó su marcha.
—Del control de mi mente, Clara. De mi concentración, de mi eficiencia, de mis horas de sueño, de mi rutina. ¡Del rumbo de mi vida!
—Ah, de eso. —Clara resopló con indiferencia—. Bueno, ante todo piensa que, comparado con los demás, lo tienes muy controlado. No importa si patinas de vez en cuando. —Un atisbo de esperanza que no supo disimular brilló en sus ojos.
—Creo que voy a comentarlo en casa. Todo esto.
No consigo seguir con mi vida como antes.
—Miró hacia arriba para comprobar que estaba en la calle correcta—.
Mucho curro y pocas horas de sueño no son compatibles.
Si sigo así, se verá reflejado en mis resultados, y no quiero que los pille por sorpresa.
—Haces bien. Ydiles también lo de los gatos. Es importante.
—No les pienso decir nada de los gatos ni de las señales, ni de las horas espejo, ni mierdas que les den motivos a mis padres para empezar a buscar «mejores psiquiatras de Madrid» en internet.
Solo quiero que sepan lo que está ocurriendo, porque son mis jefes y tengo mucha responsabilidad.
Estoy atravesando una pequeña crisis de estrés, y ya.
Tengo que dejar que pase. No hay otra respuesta a lo que me está sucediendo.
—Si quieres, te la doy yo. —Una sonrisa pícara se dibujó en la cara de su amiga.
—No, gracias. —Helena se detuvo y comprobó que estaba en el número correcto—. El cuarenta y dos, ya estoy. Te cuelgo, ¿vale?
—¡Vale! ¡Dile que vas así de pibón porque vienes de otro sitio! Pobre chaval —se lamentó al otro lado de la pantalla—. ¡No puedo tener amigas tan guapas y ser tan empática! ¡Me hace sufrir el doble!
Helena le colgó riéndose y le deseó suerte con su compromiso familiar.
Respiró hondo para liberarse de los restos del repentino torbellino de emociones, se recolocó algunos mechones sueltos y se rascó la garganta.
Pensó en lo mucho que se parecía aquella puerta a la de su casa.
Un gran soportal de aire victoriano que se mantenía así desde hacía años.
En lo fácil que sería darle una oportunidad a aquel chico que vivía a cinco calles de ella, con quien todo sería sencillo y podría construir una rutina.
Iría a su casa cada domingo a jugar al mus con su familia y él le enseñaría a hacer surf.
Conocería a su hermano y le regalaría otro reloj más bonito por su siguiente cumpleaños.
Todo sería ligero, sin mariposas, sencillo y adulto.
«Sencillo —pensó—. ¿Cuándo algo lo ha sido? ».
Llamó a la puerta y Manu no tardó en abrir.
Llevaba un delantal manchado de tomate, un AirPod en la oreja izquierda y un colgante negro con un diente de tiburón.
Estaba mucho más guapo así que con la americana del evento en que se conocieron.
La invitó a pasar. Sus padres no estaban e iba a preparar algo de pasta.
Helena rechazó la invitación, le dio las gracias, le devolvió el reloj y se marchó fingiendo que llegaba tarde a su siguiente recado.
Salió disparada calle abajo, sin saber muy bien hacia dónde ir.
Él se quedó mirándola con el reloj en la mano, el delantal puesto y la puerta abierta, y ella pudo sentir cómo la observaba mientras huía.
Siempre lo hacían cuando los dejaba plantados, y si en algo era experta era en bloquear el sentimiento de culpa que asomaba en aquel tipo de situaciones y en huir.
En caminar hacia delante, porque hacia atrás no era una opción. Nunca lo había sido y nunca lo sería.