4. Me esperan grandes cosas
Me esperan grandes cosas
El encargo que Helena había hecho en la farmacia no llegaría hasta una semana después. Tomaba pastillas y remedios naturales desde hacía años con la idea de que la ayudasen a descansar, pero se le habían agotado en el momento más inoportuno.
El silencio de la noche inquietaba su alma y la llevaba a realidades en las que no existían los pretextos del día a día. Un cara a cara sin intermediarios con sus pensamientos.
Daba vueltas sobre sí misma una y otra vez.
Sin sus pastillas, el colchón era duro y áspero.
Las sábanas, lejos de cobijarla, la perturbaban como un peso innecesario.
El lado frío de la almohada se calentaba velozmente y sin tregua.
Sudores de hielo le recorrían el cuerpo cada vez que miraba el reloj.
Otra hora más. Yotra. Todavía quedaban cuatro para que sonara la alarma.
Los párpados no le pesaban y su cabeza no parecía tener intención de apagarse.
Tres horas. Dos y media. Se incorporó de un salto con los ojos abiertos como platos, rindiéndose ante el insomnio.
Una semana sin apenas pegar ojo. Aquello no podía ser bueno.
Salió de la cama, se recogió el pelo en un moño y abrió la ventana.
Aire, necesitaba aire. Su respiración era entrecortada; la asfixiaba la idea de depender tanto de unos fármacos.
¿En qué punto de su vida había llegado a eso?
Se apoyó en la cornisa y dejó que la atmósfera seca de la ciudad le acariciase el rostro.
Pensó en escribir, pero sabía que eso no bastaría para apaciguar aquel zumbido.
Necesitaba calmarse. Que su cerebro entendiese que no estaban en peligro, tan solo atravesando una mala época.
Una de esas temporadas en las que cojeas de forma intermitente, pero que, con el tiempo, te das cuenta de que tan solo fue una racha.
Porque solo era eso, una mala temporada.
Claro que sí. En cuanto las pastillas llegasen, podría volver a dormir y recuperar la estabilidad de sus ritmos circadianos.
Decidió ponerse a limpiar y a ordenar, una actividad que le aportaba calma y claridad mental.
Es posible que no fuera la hora más idónea para hacerlo, pero, dadas las circunstancias, era su única opción.
Su agenda, sobre la mesa perfectamente alineada con los bordes del escritorio.
Los bolígrafos de marca, colocados con meticulosidad y en orden cromático justo a su izquierda.
Las joyas ordenadas por tamaños, formas y colores sobre su mesilla de noche, y su vela favorita de ese momento, con olor a sándalo y leves gotas de coco de Lombok, lista para ser encendida.
Respiró hondo. Sí, sin duda se sentía mejor.
Sacudió la alfombra, revisó el armario y repasó el polvo de las estanterías más altas, en las que solía tener los libros sin leer y algunas cajas que no había abierto desde hacía años.
Por un momento sintió cómo sus ondas vitales bajaban el ritmo.
Su cuerpo volvía a pesar. Dos horas de sueño eran mejor que nada.
Se recostó de nuevo sobre la cama, cerró los ojos y se regocijó en la plácida sensación de sentir las sábanas suaves de nuevo.
Fue en ese instante cuando distinguió la nítida imagen de la cómoda dibujándose sobre sus párpados cerrados.
La cómoda. No había ordenado la cómoda. Sin más ruido que un suspiro, se incorporó.
Ya dormiría al día siguiente. Salió de la cama y se sentó frente a ella.
Era de un tono terroso y elegante, cercano al caoba.
Los tiradores, en forma de pequeños cisnes entrelazando sus cuellos, pedían a gritos ser reemplazados.
Los cajones, decorados con pegatinas descoloridas debido a la gran cantidad de años absorbiendo polvo y sol, chirriaban al abrirse.
Pudo percibir cómo la tenue luz de la luna llena iluminaba el último de ellos.
Sabía muy bien lo que aquel compartimento custodiaba.
Acarició el tirador con la yema de los dedos.
El poder de la noche y su misterio pudieron con la Helena racional y controladora, impulsándola a destapar aquella pequeña trampa de recuerdos.
Al abrirla, sus ojos se encontraron con una docena de libretas de todos los colores revueltas.
Algunas eran diarios de su infancia con motivos y caricaturas absurdas en las portadas.
Otras, más serias, las de los últimos años, de cuero negro y cantos amarillentos.
Contenedores de los recuerdos de todas las Helenas y épocas pasadas.
Algo que atesoraba como si fuera su única pertenencia en el mundo.
«Si algún día mi casa se incendia, no me llevaría nada excepto este cajón.
Lo cogería y saldría corriendo», solía pensar.
Clara siempre se reía ante el hecho de que ya tuviera el simulacro de incendio planeado e incluso practicado.
Sus manos revolvieron el caos, sintiendo las tapas erosionadas y las pegatinas pringosas por el tiempo, y comenzó a leerlas de forma aleatoria.
2 de mayo de 2010
Todo lo que imagine se hará realidad porque lo pedí al soplar las velas de mi cumple. Mi único deseo fue tener deseos ilimitados. Yme dijeron que sí, que me los van a dar. Desde ese día, cada vez que lo pregunto, siempre me dicen que sí.
Clara me dijo que a ella también se los van a dar y que no le contará a nadie quién nos lo dice.
Su papá le dijo que no estaba bien contarlo, que la gente se puede asustar si decimos en alto que hablamos con personas de nuestra cabeza.
Así que, a partir de hoy, ya no voy a hablar con nadie de las voces. Solo contigo y con Clara.
27 de diciembre de 2013
Anoche soñé que la lente de mi cámara crecía y crecía, acaparando todo mi campo de visión y engullendo la luz a su paso.
Un destello blanco descendía desde la profunda oscuridad y me abrazaba.
Desperté dentro del sueño y pasé a tener el control total.
Pude caminar sobre el manto luminoso, aunque no llegué hasta el final.
Si me esfuerzo, aún puedo sentir su calor bajo mis pies.
Seguiré intentando tener sueños lúcidos. Me gusta pensar que pueden llevarme a algún lugar nuevo de mi cabeza que hasta ahora desconozco.
Nota: seguir practicando con los vídeos de meditación que me puse ayer en YouTube.
1 de noviembre de 2014
Ayer, por primera vez en años, no nos disfrazamos.
Pensar en Clara vestida de vampiresa manchada de kétchup y en mi vestido de bruja de terciopelo lila me causa mucha nostalgia.
Una nostalgia de aquella vida lejana en la que me subía a una escoba la noche de Halloween, con la convicción de que podía volar.
De que, cuando la ciudad durmiera y los muertos reviviesen ante la llamada de un portal abierto entre dos mundos, uno de ellos se tomaría la molestia de posarse en la cornisa de mi ventana y confirmarme lo que siempre supe: que me había estado buscando durante años y que saldríamos a sobrevolar las chimeneas de ladrillo y los resbaladizos tejados.
Nostalgia es una palabra que descubrí el otro día en clase de Filosofía. ¿Se puede sentir nostalgia cuando tienes quince años? Pienso que sí. Porque yo la siento. Yno tengo nada más real que eso.
24 de abril de 2015
Me esperan grandes cosas.
Vivo pensando en lo que vendrá porque lo que tengo ahora no me sirve.
Las inquietudes que tienen los de mi clase me son indiferentes. No me interesa el chico ese de un año más, con veinte etiquetados nuevos al día en Tuenti, o los tutoriales de maquillaje que se inyectan en vena las de mi grupo, entre clase y clase.
Tampoco siento que el instituto sea lo mío. Ya sabes, estudiar una carrera y todo eso. No creo que lo haga.
Yo tan solo quiero existir a través del objetivo de mi cámara. Toda la vida.
¿Sabes cuando una visión de algo es tan clara en tu cabeza que, al volver al mundo real, te sientes recién despertada de un sueño?
Como si esos pensamientos en los que hubieras estado viviendo durante unos efímeros segundos fueran la verdad de todo, y el mundo real, tan solo un espejismo, un mero trámite.
Pues yo lo siento cada noche antes de irme a dormir.
Me veo a mí misma en una parcela verde, radiante bajo los rayos del sol.
En ella tan solo existimos yo, mis álbumes de fotos, mis diarios y las flores que pintan de color mi casa con cada primavera.
Me mezo en una mecedora de madera blanca y llevo un vestido vaporoso, traslúcido.
Sonrío observando mis recuerdos hechos de papeles arrugados y recortes pintorescos.
Sonrío de paz porque la vida que siempre quise ya pasó, pero puedo volver a vivirla cuando quiera.
Una sonrisa afloró en los labios de Helena.
Aquella niña le resultaba tierna, soñadora, valiente, y un pequeño susurro dentro de sí le dijo que también era más sabia.
«No era más sabia, tan solo menos experimentada, más ilusa e inocente», se justificó mientras continuaba pasando páginas y acariciando recuerdos.
Repasaba aquellos instantes con cariño y se perdía en un mundo que no recordaba como suyo.
Ante ella se presentaba una adolescente llena de pasiones, duelos amorosos, aventuras cargadas de rebeldía, sed de justicia, magia y señales por todos los lados.
Sueños por los que luchar y la constante ausencia de sentimientos como la incertidumbre, el estrés, el miedo o la angustia.
Clara tenía razón. La había confinado en lo más profundo de su ser.
Había bloqueado el candado y escondido la llave en un lugar que no quería recordar.
Aquella había sido la única manera de no dejarse desbordar por unas emociones que arrasaban con todo cuanto encontraban a su paso. Allí estaba a salvo.
Las entradas en las libretas proseguían, las fechas avanzaban y la pequeña Helena crecía. Su pluma era cada vez más nítida y menos metafórica. Nerviosa, a tan solo diez minutos de que el despertador la alertase del inicio de una nueva jornada, buscó el siguiente tomo en el fondo del cajón.
Tras mucho rebuscar, sacó una libreta encuadernada en cuero y deformada por el tiempo. «Años 2016-2017», leyó. Acarició la portada y observó el canto. Abrió justo por la línea que marcaba la división entre lo desgastado y lo intacto.
17 de diciembre de 2016
No debería vivir. No merezco seguir existiendo.
Aquella era la última frase. La postrera y concisa entrada que cerraba ese diario, aquel año y los dos siguientes.
Rebuscó con cierta esperanza entre el resto de los cuadernos, pero sin éxito.
Sus manos escarbaban ansiosas mientras sus ojos ardían al reprimir las lágrimas.
Si dejaba que llorasen, ya no pararían nunca.
Conocía aquella sensación y no podía permitírsela.
Una brizna de consuelo se apoderó de su pecho al encontrar el siguiente diario. Pero aquel pequeño hilo de aliento se le escurrió como arena entre los dedos al leer la primera entrada.
8 de septiembre de 2018
Hoy ha sido mi primer día de trabajo. Ha ido bien, pero aún tengo mucho que aprender. Voy a ir a tomarme algo con Clara y sus nuevos amigos de la uni. Hace mucho que no escribo. Iré retomándolo.
Nada más. Entre aquella última entrada de diciembre y el primer día de trabajo no existía nada más. Se regañó a sí misma por pensar que quizá indagar en aquel vacío temporal le traería respuestas y revelaciones que no recordaba.
Miró hacia el techo pestañeando para que las lágrimas no brotasen de sus ojos.
La alarma sonó y su cuerpo se puso en tensión.
Guardó el diario, se levantó de un salto y cerró la ventana mirando por última vez la luna, que comenzaba a perderse tras la bruma de la mañana.
Supo, con toda certeza, que el causante de aquella repentina vulnerabilidad que la había llevado a rebuscar en sus recuerdos había sido el cansancio.
En cuanto sus pastillas para dormir llegasen, no volvería a pasar.
Con los fármacos, los hechizos de la noche no la afectaban.
Seis de la mañana y mucho trabajo por delante. No podía permitirse el lujo de seguir allí parada.