2. Me está mirando
Me está mirando
—Y ¿desde cuándo dices que lo conoces? —preguntó Helena con sorna.
Aquel bar de tablones rojos y sillas oxidadas era su punto de encuentro.
Su lugar de confianza. Las dos amigas encontraban cierto encanto en aquellos escasos metros cuadrados de acera.
Especialmente por la gracia del camarero que las atendía los miércoles y por las enormes tapas de patatas bravas, tortilla con cebolla y panes untados en ensaladilla rusa que les servían.
Un letrero de letras blancas impresas sobre fondo rojo, a juego con las mesas, parpadeaba las veinticuatro horas del día en la ciudad que nunca duerme.
Una mujer con americana blanca, el pelo recogido en un clean look y las pestañas impregnadas en máscara de pestañas se iba pasando por las mesas del bar tratando de conseguir que los más jóvenes le dieran un par de caladas a la última versión de cigarrillo electrónico del mercado.
Si conseguía cumplir sus ventas del día, podría retirarse a casa, quitarse las sandalias de tacón y ponerse el último capítulo de And Just Like That…
El camarero, apoyado sobre la barra exterior, más pendiente de los transeúntes que de los clientes, les sirvió vino blanco nada más llegar sin necesidad de tener que preguntarles.
—Si te digo que lo conocí en un sueño hace un par de años, no te estaría mintiendo —respondió Clara con certeza.
Helena soltó una carcajada que hizo que la vendedora de cigarrillos electrónicos se percatara de que aún no había pasado por su mesa.
Entre risas y afirmaciones elevadas de tono, bebieron vino y se pusieron al día de las últimas veinticuatro horas sin verse.
Helena, como siempre, vestía un conjunto de estilo oficina elegante y caro, y tanto sus orejas como sus manos estaban llenas de accesorios plateados.
Clara vestía sus característicos baggy a juego con un top creado por ella misma con los retales que coleccionaba, y unos pendientes de aro grandes y finos reposaban sobre los hombros.
Sin importar cuánto divergieran sus estilos, el resultado era siempre el mismo.
Una mezcla de contrastes, colores y sonidos.
Sus cuerpos decorados con telas llamativas y joyas que tintineaban al gesticular.
—¡Hablo en serio, hermana! —exclamó Clara, reclinándose sobre el tablero rojo—.
Tenemos una conexión de esas que no son fáciles de explicar.
Como mágica. No creo que me vaya a casar con él, pero tampoco es un tren para dejar pasar de largo.
Es de los que hay que disfrutar y exprimir al máximo mientras estén parados en tu andén.
—Sus labios se curvaron con aquel descaro encantador que la caracterizaba.
—No lo dudo —Helena dio el primer sorbo a su copa—, y por eso no seré yo quien te diga que no lo aproveches y te subas a él como si fuera el último. Solo hago de amiga que trata de asegurarse de que este tren no se te llevará por delante, como los catorce anteriores.
—Eso es justo lo que quería oír. —Clara se recostó en la silla con aire triunfante—. Tú alimenta mis ilusiones, ¿vale? De lo del atropello ya me encargo yo.
—Lo curioso es que quieras mi opinión cuando desde un primer momento ya sabes lo que quieres escuchar —la vaciló Helena.
—Lo curioso es que, después de veinte años juntas, no sepas que eso es exactamente todo lo que pretendo desde el momento en que empiezo a contarte algo —respondió Clara alzando su copa para brindar.
Sus primeros recuerdos con ella se remontaban a cuando eran tan solo unas niñas y jugaban en el patio del colegio.
Dos niñas que no se soportaban, con personalidades marcadas y cuyas voces resonaban por encima del resto.
Con afán de liderazgo allá donde iban y una urgencia silenciosa de competir por ser el centro de atención.
Existen muchas formas de empezar una amistad y, con toda probabilidad, la suya había sido la menos romántica de todas.
Helena trataba de poner normas y Clara siempre le llevaba la contraria.
La una compraba pegatinas nuevas, originales en formas y colores, y al día siguiente la otra traía unas más llamativas.
Cuando una soltaba un comentario gracioso en clase, la otra remataba la frase con un desparpajo innato que provocaba más risas que el anterior.
Llevarse la contraria era su pasatiempo favorito y tensar la cuerda hasta que la situación se volvía insostenible era la única dinámica que conocían aquellos dos inocentes seres.
Lo que no sabían con cinco años era que a los diez se darían cuenta de lo mucho que se parecían.
De que dos personalidades tan fuertes nunca se podrían entender tan bien con nadie como entre ellas.
De que, a pesar de tener el mismo carácter y el mismo mal humor, eran energías opuestas que se complementaban.
El blanco y el negro. El orden y el caos. La seda y el hierro. El sol y la luna.
Mientras que el resto de las niñas jugaban a papás y mamás y elegían quién era el padre, el hijo, la mamá o el perro, ellas jugaban a proteger los elementos.
Helena siempre se pedía el hada del agua y Clara el hada del fuego.
Comenzaban simulando que eran enemigas para terminar uniendo sus fuerzas en la batalla final y volverse invencibles.
Una moría y la otra tenía que renunciar a todo lo que poseía para salvarla porque, en el fondo, a pesar de haberse criado como hadas de aldeas enemigas, se querían.
Si sonaba el timbre y aún no habían llegado al final de la historia, trataban de improvisar, incapaces de meterse en clase con la sensación de no haber terminado con un final feliz y sus fuerzas unidas.
Con trece años comprendieron que lo mejor que podían hacer con sus energías era compensarlas. Aesa edad, la personalidad de los niños comenzaba a formarse, pero en ellas, adelantadas a su tiempo, era un asunto que ya habían resuelto años atrás.
Por aquel entonces, Helena se manifestaba como la calidez del sol en la piel, las primeras flores de la primavera o los pájaros cantando una mañana de domingo en el jardín con todo el día por delante para no hacer nada y descansar.
Era una siesta al sol, un prado verde por el que correr hasta cansarse, un mar abierto y empático ante todo lo que quisieras confesarle.
Su piel, siempre limpia y dorada. Sus grandes ojos verdes no pasaban desapercibidos a ningún ser humano mínimamente cuerdo.
Su sonrisa, alineada y grande como sus labios, apaciguaba a cualquiera.
Además, era la viva imagen del orden, siempre parecía estar en calma y tenerlo todo bajo control.
El cuarto siempre limpio, los papeles clasificados, las notas de estudio etiquetadas por colores y la taquilla impoluta.
Clara, por el contrario, decidió que los trece eran ya una buena edad para embarcarse en la misión de encontrar el tono de rojo perfecto para sus labios, los cuales enmarcaban una sonrisa pícara, de largos colmillos y blancos dientes.
Su pelo, de un negro que absorbía la luz y cortado al estilo bob , dejaba a la vista las clavículas y los hombros, que, con dieciocho, comenzaría a llenar de tatuajes de línea fina hechos por ella misma frente al espejo del baño.
Ya en la adolescencia, era rock and roll, el alma de la fiesta.
La esperanza de entrar en su habitación y poder pisar un metro cuadrado que estuviera despejado de ropa o trastos era nula.
Por no hablar de las paredes, empapeladas con dibujos místicos inspirados en la brujería y la oscuridad.
Soñaba con llegar a ser tatuadora y tener su propio estudio en el centro de la ciudad, con marcar los cuerpos de otros a través de su arte.
La madrugada era su mejor amiga después de Helena y le encantaba tratar de convencerla de que cualquier noche era buena para salir de fiesta.
Uno de sus pasatiempos favoritos era hacer de diablillo en el hombro izquierdo de su amiga.
Cuando Helena decía «No sé si es buena idea», la respuesta de Clara siempre era «Lo hacemos y ya vemos».
No recordaban nada más allá de toda una vida juntas.
Habían aprendido a compenetrarse y a entenderse mejor que nadie.
Se terminaban las frases la una a la otra, sabían cuándo necesitaban espacio y percibían lo que estaban sintiendo sin tener que decírselo.
Eran la perfecta representación de una amistad sencilla.
Sin rencores, envidias o barreras que se interpusieran.
Se necesitaban y complementaban de la manera más pura y sana que pueda existir.
Sin embargo, al igual que en cualquier relación, ambas habían crecido y sus aspiraciones y maneras de vivir habían tomado rumbos distintos.
Mientras que Clara siempre había sabido mantener esa ilusión e inocencia por la vida, Helena se había visto obligada a dejar atrás a la niña que un día fue.
Su versión más soñadora y elocuente vivía aún dentro de ella, pero el paso de los años la había cubierto de varias capas de orden, control y planes estratégicos preestablecidos.
Su vida se resumía en trabajo y responsabilidades.
No tenía tiempo para pensar en fiestas, ligues o astros alineándose.
Trabajo, constancia y rutina. Aquello era lo que mejor se le daba y, por lo tanto, lo único válido.
—Bueno, nena, ¿qué vas a hacer por tus veintiséis? ¿Fiesta en tu casa? —preguntó Clara haciéndole un gesto al camarero para que le rellenase la copa—. Yo llevo el ron y los altavoces.
Helena resopló divertida, elevando su mirada hacia el cielo.
—¿Cuándo, en nuestra puñetera vida, he hecho yo una fiesta en mi casa?
—Para todo hay una primera vez. ¡Veintiséis años no se cumplen todos los días! Ylas cosas no se organizan solas, ¿sabes? Ya me encargo, tú no te preocupes.