2. Me está mirando #2
—Fíjate tú por dónde, eso me suena de algo.
Si las cosas se organizasen solas, no tendría que quedarme hoy hasta tarde descartando perfiles para el evento de mañana.
¡Encima siendo «viernes»! Agobio y estrés es lo único que me produce la maldita palabra «viernes».
Para los clientes es sinónimo de prisas.
¿Crees que yo tengo un minuto al día para organizar otra cosa que no tenga que ver con eventos y urgencias?
—Madre mía, nena, lo pintas como si fuera el fin del mundo. Piensa que, por lo menos, no te tienes que dedicar a pinchar tinta en un trozo de piel de cerdo para aprobar un puto máster que ya has pagado y que solo te servirá para que te entreguen tu nombre escrito en papel couché .
—Bueno, tú por lo menos plasmas tus diseños sobre piel de cerdo sabiendo que te servirá de algo.
—Helena se arrepintió al segundo de haber dicho aquello.
Desvió la mirada con rapidez, tragó saliva y buscó a su alrededor cómo cambiar de tema—.
Podríamos buscar un local para mi cumpleaños —reculó tirando por la vía de escape más sencilla.
Su amiga entornó los ojos.
—¿Quieres que haga como que no lo has dicho?
—Sí, quiero que hagas como que no lo he dicho.
—Sabes que podemos hablarlo cuando quieras.
—Sé que podemos hablarlo cuando quiera.
—¿Y? ¿No quieres?
—No. No quiero.
El camarero le rellenó a Clara la segunda copa de vino de la tarde y ella le dio las gracias acompañadas de una coqueta sonrisa.
—Tú sabes que yo siempre te hago caso —dijo con voz serena—, pero tan solo dime: eres consciente de que tú también puedes hacer cosas que te sirvan de algo, ¿verdad?
—Lo que hago ya me sirve de algo. Me he expresado mal. —Helena se recolocó el pelo y se acomodó en la silla—. Me refería a las reuniones y las llamadas con los clientes. Son trámites que eliminaría de mi trabajo, ¿sabes? Pero, quitando eso, todo lo demás me gusta, me aporta y me es útil.
—Ya. Venga va, ahora dime la verdad de por qué tu subconsciente ha decidido compartir eso conmigo.
Helena la fulminó con la mirada. Odiaba que hiciera aquello.
—Joder, no os soporto. —Se bebió lo que le quedaba de vino y dejó la copa con brusquedad sobre la mesa.
—¿A mí y a quién más?
Los ojos de su amiga vacilaron brillantes y Helena puso los suyos en blanco antes de comenzar a recogerse la larga melena ondulada en un moño alto. Un gesto que siempre hacía cuando necesitaba claridad y aire fresco.
—Adri. Ayer. Ya me dio la chapa con esto. No necesito volver a hablarlo contigo también.
—Ah, ¿sí? —Movió su copa en círculos—. Y,por lo que veo, la conclusión a la que llegasteis no te gustó un pelo.
Clara trataba de ir con cuidado. Hablar con Helena sobre aquellos temas era como andar sobre un cristal a punto de romperse.
—No. Porque llegamos a lo mismo de siempre. Él tiene dieciocho años y todo por hacer y decidir. Además, no hay más que hablar —sentenció—. He dormido poco, estoy cansada y lo he dicho sin pensar, pero ya está. Me gusta lo que hago. ¿Qué manía os ha dado a todos con pensar que no es así?
Clara la miró dejando que el silencio hiciera de las suyas. Sabía muy bien cómo llevarla poco a poco hacia donde le interesaba. Le hizo una señal al camarero para que no se olvidase de rellenarle la copa a su amiga.
—Quizá sea un buen momento para empezar a replantearte por qué todos los que te queremos tenemos esa manía.
—Lo hacéis porque os preocupáis demasiado.
—O, tal vez, porque te conocemos desde siempre. Ati y a todas tus versiones. Ala Helena de ahora y a la de antes de… —Se llevó los dedos al entrecejo y cambió sus palabras—. Porque nos acordamos de la Helena que soñaba con otros caminos.
Ella no respondió. Tan solo esperó a que el camarero le sirviera el vino y se fuera para estar segura de que nadie más la escucharía. Cuando volvieron a quedarse solas, se cruzó de brazos y respondió con seguridad:
—Esa Helena ya no está, Clara. Hace tiempo que se marchó. Estoy donde debo estar porque…
Su amiga la cortó:
—Puede que los veintiséis sean una buena cifra para replantearte si esa es la respuesta que quieres seguir dándote el resto de tu vida.
—Mientras siga dando sus frutos, será una buena respuesta —contestó Helena, tajante.
—¿Con frutos te refieres a dinero? Porque no veo la fruta por ninguna otra parte.
—No es solo por dinero. Me siento realizada y sé que me permitirá comprarme mi propia casa el día de mañana.
—Ya, ¿y luego qué?
—Luego ya veremos, Clara. Objetivo a objetivo. Poco a poco.
—La madre que te parió con los putos objetivos…
Se sumieron en un ensordecedor silencio lleno de verdades sesgadas. Estaban repitiendo una conversación que ya habían tenido en muchas ocasiones y siempre era Clara la que reculaba porque sabía que Helena no lo haría.
—Sabes que te apoyaré en todo lo que decidas.
—Clara extendió la mano sobre la mesa roja llena de grasa de patatas fritas y cercos por la condensación del frío de las copas—.
Pero no sería una buena amiga si no te recordase más a menudo lo de pensar con el corazón y dejar de lado tu vocecita racional de vez en cuando, la cual, después de nueve años intentándolo, no quiere callarse.
¡Ni una pequeña tregua me da, la hija de puta!
La expresión de Helena se relajó al sentir la mano de su amiga.
—Y yo te lo agradezco, pero pensar con el corazón es algo que dejé de hacer hace mucho tiempo y, mírame, no me ha ido mal.
—No te ha ido mal porque es imposible que las cosas que hacemos con la cabeza salgan mal, nena.
—Sus pulseras sonaban sobre el tablero al ritmo de las palabras—.
Las has pensado una y otra vez, has sopesado todas las opciones y te has decantado por la más segura y menos arriesgada.
¿Me puedes decir cuál es la gracia de vivir así?
¿Crees que cuando tengas ochenta años dirás: «Estoy superorgullosa de haber hecho lo correcto y lo que me dictaba la cabeza en todo momento»?
—Clara imitó la voz nasal de una anciana y Helena no pudo evitar reírse—.
¡Por supuesto que no, tía! ¡Qué me estás contando!
—Volvió a recostarse en la silla y, usando un tono más firme, continuó—: Te conozco desde que tengo uso de razón.
Me acuerdo de ti. No, no de ti, la que ahora mismo me mira.
Le hablo a la Helena que tienes ahí dentro.
Ala niña que sé que escondes por mucho que hayas querido meterla en una celda subterránea y fingir que no te acuerdas de dónde has puesto la llave.
—Clara se incorporó y le señaló el pecho—.
Pero escúchame con atención. Sé que algún día esa mocosa volverá a salir o tendrás que entrar a buscarla.
Solo espero que, cuando ocurra, no sea demasiado tarde.
Que no tengas que arrepentirte de por vida de no haber recorrido el camino con el que siempre soñasteis las dos.
Helena no pudo evitar que una ligera sonrisa se dibujase en su cara ante la ternura que le producía verla hablando de aquella manera.
Tenía razón. No siempre había sido racional, eficiente, drástica y terrenal.
Su pasión e ilusión por la vida solían ser desorbitadas y, junto a su amiga, pasaban noches en vela, bajo las sábanas, ideando aventuras y dibujando sueños.
No fue capaz de controlar su cabeza cuando sus pensamientos se desviaron hacia el pasado.
Recordó el acontecimiento que le había hecho renunciar a sus sueños, pasiones e ilusiones.
Aquel diciembre de 2016 en el que su vida se vio cubierta por una fina tela negra que oscureció su campo de visión los siguientes años.
Miró a los ojos color caoba de Clara sabiendo que podía refugiarse en ellos, pero algo detrás de su amiga la distrajo.
Su expresión se volvió sombría y asustada.
Al notarlo, Clara se giró sin disimulo y su visión fue a estrellarse con los grandes y almendrados ojos pardos de un gato color ceniza, que brillaban con los últimos rayos de sol de la tarde.
Permanecía frente a ellas, estático y curioso, con sus retinas afiladas fijas en Helena.
—Me está mirando —advirtió en voz baja, como si el animal pudiera entenderla.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de ambas.
—Eso parece —confirmó su amiga.
Observaron el resto del bar. Nadie más parecía darse cuenta de la presencia del felino.
—Te diré que me está dando mal rollo. ¿Por qué no se mueve?
—Qué curioso. —Clara volvió a girarse hacia ella con la cara brillante por la emoción.
Hizo una cuenta rápida con los dedos y miró a su amiga.
—¿Sabes lo que esto significa?
—Ni se te ocurra ir por ahí —le respondió Helena, nerviosa, mientras negaba con la cabeza.
—Pásame tu teléfono.
—Ni de coña.
—Helena. Dame tu móvil —insistió.
Ella se lo entregó muy despacio, como si tratase de no espantar al animal, aunque en el fondo desease perderlo de vista.
Clara se giró, le hizo una foto al gato que aún las observaba y le añadió un título a la imagen «23 de marzo, 20:33. Un gato gris mirándome».
—Vas a ir apuntándolo todo aquí, ¿de acuerdo?
Todo lo que te incomode en las próximas horas, días o semanas lo apuntas, hora incluida.
La hora es importante porque si es una hora espejo del tipo once y once, veintidós y veintidós, y así, estamos hablando de horas portales.
Podrían ser señales fuertes o un momento clave para manifestar respuestas.
Ah, y también pones en qué estabas pensando cuando recibiste la supuesta señal.
Dentro de poco habrá luna llena y los mensajes se irán intensificando; te aviso cuando puedas dejar de fijarte en ellas.
Yten en cuenta que Mercurio retrógrado no está muy lejos y podría influir en señales futuras.
Pero eres Aries, su posición no te afectará tanto esta vez.
—Clara, solo es un puto gato callejero que me mira porque quiere comida. —Trató de arrebatarle el teléfono, aunque sin éxito—. No pienso apuntar señales ni lunas ni planetas. Te lo estoy diciendo muy en serio.
Una nueva notificación en el móvil desvió la atención de Clara.
—¿Quién es Manu y por qué dice que se pasa a recoger el reloj mañana?
Helena se levantó bruscamente de la silla para alcanzar su iPhone.
—Dame eso ahora mismo.
—¿He estado hablando una hora y media de mi flechazo del otro día y no te dignas a contarme que te has tirado a un pavo que se llama Manu, que tiene una foto de perfil surfeando y que habéis quedado para devolverle un reloj?
Algo que, dicho sea de paso, es obvio que se dejó en tu mesilla de noche, aposta, para poder volver a verte.
—Clara aún sostenía su móvil en alto y Helena peleaba por alcanzarlo como si fueran dos niñas pequeñas—. ¿Me estás vacilando?
—Eso te pasa por bruja cazaseñales —se burló Helena—. Trae aquí, joder. Además, te lo iba a contar, pero nos hemos dispersado. Aunque, también te digo, no es nada. No es ni un tren que no pueda dejar pasar ni el amor de mi vida ni alguien a quien me muera por volver a ver. Es lo de siempre.
—Lo de siempre, lo de siempre —masculló Clara—. Dile a ese tal Manu que no pierda el tiempo. Que mi amiga decidió hace ya mucho que el amor era «una tarea más» que encajar en su apretada agenda —recalcó con tono de reproche.
—No es verdad. Solo que ya no quiero… eso.
Prefiero algo más estable y no con cualquiera.
Tenemos casi veintiséis años. Ya no busco mariposas ni emociones fuertes.
Son una pérdida de tiempo. Quiero a alguien que me cuide y me respete, tal y como me merezco.
Alguien que me dé estabilidad y tranquilidad.
Sin juegos ni tonterías que pongan mi vida patas arriba cada dos por tres.
—¿Sí?, pues suerte —le deseó Clara.
—¿Me devuelves mi móvil ya?
—Sí, toma. Acuérdate de apuntar todo lo que te vaya ocurriendo, por tonto que te parezca. —Se giró de nuevo para comprobar si la presencia gatuna se había esfumado, pero todavía seguía allí—. La verdad es que el hecho de que siga mirándote es inquietante cuando menos. Pero, bueno, ¿lo harás?
—Ya sabes la respuesta.
—¡Helena, joder! Es importante.
—Mira por dónde, algo importante que sí tengo que apuntar es… «No olvidarme de repasar los envíos de la campaña de primavera» —dijo mientras tecleaba.
Clara se bebió su copa de vino de un trago.
—¿Puedes recordarme por qué somos amigas? De verdad que no te soporto.