Hydra 1. Hay más caminos #2
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1. Hay más caminos #2

—¿Aspiraciones? Oh, Adri, ¡por Dios! Lo de ser DJ es una moda que te apetece ahora, porque solo eres un chaval que acaba de cumplir los dieciocho y cuya única preocupación es fumarse unos porros con sus amigos por las tardes.

¡Hacer directos en Twitch pinchando o imprimir logos en camisetas no son aspiraciones!

Son, tan solo, pasatiempos. —Alzó la cabeza para mirarle y su tono de voz se tornó más suave y cansado—.

Yestá genial que hagas todo eso, ya lo hemos hablado, pero prefiero volver a tener esta conversación cuando tengas que trabajar para independizarte en esta ciudad o cuando, tras siete años currando de lo mismo, un evento salga mal por el color de unos putos globos.

Se produjo un incómodo silencio entre ambos, tras el cual Helena se levantó con el ramo de globos en la mano y se lo ofreció. El joven lo aceptó, apoyó la frente contra la de ella y liberó sin esfuerzo la barrera de orgullo que su hermana acostumbraba a construir.

—Te lo tomas demasiado en serio, hermanita.

Respira. Siempre lo sacas todo adelante.

Nadie va a despedirte —dijo mientras se ataba los globos a la riñonera de mala manera—.

Además, tienes veinticinco años y toda la vida por delante.

Eres buena en lo tuyo, pero no se te ve feliz.

Sin más. Hay más caminos. Yo no pienso dedicarme a esto toda la vida, porque es un coñazo.

Mamá y papá ya se las apañaban sin nosotros antes.

—Adri, esta conversación no es nueva. —Helena le lanzó una mirada de súplica.

Las puertas del palacio se abrieron y ambos giraron la cabeza—.

No somos iguales. Yo no pienso como tú. No hemos vivido lo mismo.

Tú no tuviste que dejar tus sueños de lado por ningún motivo como tuve que hacer yo.

Yeso me hace feliz, porque tú serás feliz.

Pero no puedes pretender que piense como tú.

Tengo veinticinco años, no dieciocho. La vida me dio esto y es todo lo que conozco.

Hay corrientes por las que es mejor dejarse arrastrar, en lugar de intentar luchar contra ellas.

— Bro , esto no es ninguna corriente. —Adri alzó los brazos trazando círculos—. Tan solo un puñado de peña que se graba desde su casa y a la que tú le montas una alfombra roja porque es lo que nos da dinero. El año que viene ya no dará tanto y pasaremos a otra cosa. Yel siguiente, a otra.

—Si todo esto se fuera a acabar, no llevaría siete años montando alfombras, ¿no?

—Helena le entregó los últimos globos—. ¿Sabes qué hay también?

Muchos alquileres muy caros que no se pagan solos.

Pero ya está. Fin de la conversación. No puedes entenderlo porque solo eres un crío —sentenció—.

Ponlos detrás del escenario, ¿vale? En cuanto lleguen los nuevos, te aviso. Venga va. Gracias.

Helena comprobó que todo siguiera su curso habitual: globos azul índigo entrando a la sala, influencers apurando sus gin-tonics mientras esperaban a que el efecto embriagador los ayudase a soltarse, micros funcionando y las televisiones atentas y celosas de la noche más especial del año.

Supervisando desde una esquina, observaba a su hermano, quieto tras el escenario, confirmando que los técnicos de sonido le copiaban.

Aspiraciones, soñar despierta, dedicarte a lo que te apasiona, cambiar de rumbo.

Eran conceptos de niña. De adolescente. Todo eso suena bien cuando todavía no conoces la cruda realidad de la vida.

Existir implica trabajar, labrarte un camino, tener objetivos y un plan.

Estaba convencida de que cualquier cosa que se saliera de eso era tan solo una moda optimista y tóxica.

Espejismos con los que distraerse de la palabra «futuro».

Aunque Adri sí que tenía razón en una cosa: nadie iba a despedirla.

Aquello era algo por lo que nunca había tenido que preocuparse.

Ymenos mal. Sería demasiada incertidumbre que gestionar.

Suficiente tenía con pensar en la maldita palabra «futuro» como para tener que preocuparse también del término «despido».

La velada finalizó con los aplausos de los más atrevidos y el confeti cayendo sobre sus ostentosos trajes de gala.

La gente felicitaba a Helena por la organización mientras ella les entregaba bolsas llenas de regalos.

En un futuro, cuando se las enseñasen a sus hijos, no sabrían explicarles quién los había invitado o qué hacían allí exactamente, pero alardearían de haber asistido al evento y haberse codeado con lo más top del momento.

Ya en el taxi de vuelta, elaboró una lista de las cosas que deberían mejorar en la siguiente gala de premios.

Solía terminar la jornada sobre la una y media de la madrugada, ya fuera porque asistía a todos los eventos para que salieran perfectos o porque se quedaba hasta tarde revisando los correos pendientes.

Ser la última en responder era un buen truco para levantarse con la bandeja de entrada vacía.

Abrió el portátil y sus ojos, sedientos de encontrar algún tipo de información nueva o problema por solucionar, se aferraron a los últimos correos.

Cuando la bandeja de entrada quedó vacía, lo guardó y sacó su libreta.

Miró a Adri, sentado a su lado. Dormía con la boca abierta y la cabeza apoyada sobre la ventanilla del taxi.

Por un momento se preguntó cómo sería dormir en un coche cuando no sabes si te lleva a donde le has pedido, cuándo llegarás, si el conductor va borracho o ni tan siquiera la hora que es.

Había muchas cosas en las que pensar. ¿Cómo podía estar durmiendo con la baba deslizándosele por las comisuras como si fuera un bebé?

Puso los ojos en blanco mientras rebuscaba en el bolso. Encontró su bolígrafo y quitó la goma de la libreta. La abrió con cuidado y escribió los pros y los contras de repetir el evento al año siguiente en una localización tan suntuosa.

Su mirada se deslizó hacia la columna de contras y la voz de Adri se coló en su mente recordándole que pronto aquello no daría tanto dinero.

Un torbellino de frases se entrometió entre el papel y ella.

«Eres buena en lo tuyo, pero no se te ve feliz».

«Hay más caminos». «Mamá y papá ya se las apañaban sin nosotros antes».

Un nudo comenzó a formarse en el pecho de Helena.

Era grueso y áspero. Inhaló de forma profunda y prolongada, y trató de concentrarse en su respiración.

Dejó el boli sobre el papel y cerró los ojos, devolviendo su mente al asiento del taxi que los llevaba a casa.

Exhaló y relajó las manos. «No pasa nada —se dijo—.

Todo está bien. Estamos bien». Guardó la libreta con rapidez y volvió a abrir el portátil.

La bandeja de spam. Se había olvidado de revisar el spam.