Hydra 1. Hay más caminos
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1. Hay más caminos

Hay más caminos

El aire que se respiraba aquella noche olía a plástico y a egos impostados. Nada podía fallar en una de las veladas más importantes del año, a la que asistirían la prensa y los influencers más reconocidos del panorama español.

El Palacio de Cristal de Madrid evocaba más misterio y elegancia de lo habitual.

Una aterciopelada alfombra roja descendía por las escaleras de piedra, abriéndose paso a través de los incipientes rosales de marzo.

Los árboles sostenían sedosas guirnaldas plateadas y el sol de última hora pintaba destellos de colores satinados sobre ellas.

Nunca antes se había conseguido cerrar uno de los parques más conocidos del país para realizar un evento, hecho que creaba un palpable ambiente de nerviosismo e inquietud.

Entre toda aquella niebla de estrés, tensión e imprevistos de última hora, flotaba Helena.

Revoloteaba de un lado a otro del palacio atendiendo llamadas y apagando fuegos, seguida por su largo pelo castaño recogido en una coleta y uniformada con una americana gris perla que la diferenciaba del resto del equipo, algo que no le hacía falta para destacar, pues sus ojos verde aguamarina y el tono dorado de su piel la hacían fácilmente reconocible en una sala repleta de gente.

De mediana estatura, su cuerpo fibroso y definido se movía con soltura en cualquier espacio.

Debido al estrés de su trabajo, solía mostrar cierto grado de cansancio y preocupación, que trataba de ocultar bajo varias capas de corrector de ojeras y mucho colorete rosa que le devolvía la vitalidad a su rostro.

Con una pericia inigualable, iba y venía solucionando contratiempos y atendiendo a los asistentes más desubicados.

Observaba, analizaba y marcaba en su cabeza las siguientes acciones.

Flashes: listos. Photocall : listo. Alfombra y escenario: listos.

Fotógrafos fuera de sí sacando brillo a sus lentes y preparándose para capturar el clip más viral de la velada y, con suerte, de los próximos meses: eufóricos.

Personajes públicos sintiéndose abrumados por la cantidad de estímulos que requieren su atención: presentes.

Guardias de seguridad pidiendo cordura y becarios ocupando sus puestos en los estands de las marcas patrocinadoras del evento: firmes.

Todo resultaba igual de superficial y frívolo que siempre.

Helena llevaba siete años dedicándose a liderar, organizar y ultimar los detalles de los encuentros más importantes entre marcas y creadores de contenido.

Una profesión nacida cuando ella aún daba sus primeros pasos como adulta.

Supo identificar el auge del nuevo sector y aprovechó la oportunidad para dedicarse a ello desde la ya consolidada empresa de organización de eventos de sus padres.

El partir con una amplia red de contactos y la ventaja de comenzar como encargada de departamento la hicieron crecer a un ritmo inusual.

En poco tiempo, su agencia se convirtió en una de las más reconocidas del sector y, desde entonces…

, de acontecimientos tan importantes como el de aquella noche siempre se encargaban ellos, con Helena sujetando el timón contra viento y marea.

Su calculadora mente se dirigió hacia las bebidas.

¿Había revisado los cócteles? Se acercó veloz para comprobar que los gin-tonics de frutas del bosque no estuvieran en la misma bandeja que los de pera deshidratada.

Maldijo a quien los hubiera puesto juntos.

Se disponía a separarlos cuando una voz aguda y exigente la distrajo.

—Oye, ¿tú sabes a quién tengo que etiquetar en Insta? Parece que nadie puede prestarme un mínimo de atención en este evento.

Helena se giró y se encontró de frente con los voluminosos labios rojo carmín de una chica más joven que se dirigía a ella sin levantar la vista del teléfono. Llevaba un vestido de cóctel negro y permanecía inmóvil con los dedos impacientes por obtener su respuesta e irse.

—Sí, perdona. —Reaccionó recolocándose el pinganillo que llevaba en la oreja—. Etiqueta a la cuenta de los premios y a las dos marcas patrocinadoras principales. Las tienes allí, en grande —señaló.

—¿Y algún hashtag? —insistió la muchacha con las retinas fijas en la pantalla.

Helena inclinó la cabeza buscando sus ojos.

—Perdona, cariño, ¿no tienes repre?

La chica alzó la mirada por primera vez en toda la conversación.

—Sí, claro —dijo con cierto desdén—, pero está haciendo una call a otra influ. Se le ha manchado el vestido a última hora y tiene que pasar por photocall , ¿sabes? —Una nueva notificación la distrajo—. No puede ir manchada al photocall , como comprenderás.

Helena se quedó mirándola durante varios segundos, buscando las palabras correctas para evitar que se notase que le importaba más bien poco todo aquello y que no era su labor repasar el briefing en voz alta con cada uno de los invitados.

La chica de labios artificiales y vestido caro no le dio las gracias cuando le confirmó que no hacían falta hashtags.

No recibir miradas ni agradecimientos era algo con lo que estaba acostumbrada a lidiar en su trabajo.

Que le hablaran con indiferencia, siempre con un teléfono de por medio, estaba normalizado en ambientes como aquel.

No se permitía a sí misma indagar mucho en ello o tomárselo como algo personal.

Hacía años que había asumido la vacuidad de su gremio.

Era un mundo frívolo, insustancial y poco acogedor.

Le gustaba compararlo con las presentaciones en sociedad de antaño.

Espacios cargados de vanidad y soberbia donde no podías permitirte bajar la barbilla, ya que hacerlo podría ser visto como una señal de debilidad o de falta del talento necesario para estar allí.

Salas repletas de miradas y de juicios. El ego humano en estado puro luchando por pertenecer a un grupo social del que succionar lo necesario para seguir subsistiendo en el mismo escalón.

Aquella comparación siempre la tranquilizaba porque, a pesar de replantearse una y otra vez la poca cordura del ambiente en el que tenía que pasar gran parte de sus jornadas laborales, le recordaba que siempre habían existido espacios cargados de narcisismo y prepotencia.

La única diferencia era que, en este siglo, había dispositivos electrónicos tras los que esconderse.

Además, a Helena no le disgustaba porque había aprendido a ver el lado positivo de todo aquello.

Al fin y al cabo, aquel sector, a sus veinticinco años, le proporcionaba unos ingresos que le permitían pagar todos sus caprichos y ahorrar para su deseada independencia.

Tenía un puesto en el que se desenvolvía bien, un salario digno y una rutina estudiada para poder cumplir con horarios exactos de deporte, ocio, trabajo y sueño.

Estaba convencida de que esa era la fórmula secreta para tener una vida feliz y equilibrada.

—Helena, ¿han llegado los globos? —Se apretó el pinganillo contra la oreja, maldiciendo aquella pregunta.

—Qué va, mamá. Bueno, han llegado unos, pero no son del color que pedimos. Son de un azul celadón que no se parece en nada al índigo de la marca, pero por ahora no tenemos otros, así que he ordenado ponerlos igualmente —confesó mientras le daba ligeros codazos al chico que los colocaba.

—Cariño, ya sabes que no quiero un informe, sino una solución. Yestoy segura de que poner globos de un color distinto al de la marca no lo es, ¿verdad? Déjame que haga unas llamadas rápidas y te doy un toque. Mientras tanto, que nadie vea ni fotografíe un solo globo.

—Oído —contestó.

Helena le hizo otro gesto al muchacho, que puso los ojos en blanco y se agachó junto a ella para comenzar a desatar globos.

Un pitido agudo les indicó que empezaban las pruebas de sonido y que los invitados estaban a punto de entrar al gran recinto de cristal donde, sin duda, resaltaba el azul equivocado.

Helena miró al muchacho exigiéndole rapidez.

—Chica, no soy yo el que se ha confundido escogiendo los globos —le respondió él con indiferencia.

—Espabila, Adrián —le ordenó—. Tengo a mamá por el pinganillo hablándome cada dos por tres, unos gin-tonics mal colocados, influs persiguiéndome y haciéndome preguntas absurdas como si fuera un robot, muchos globos que quitar y, por lo que veo, un hermano que está aportando, más bien, lo que viene siendo poco.

No es el momento de buscar culpables. No me hagas discutir.

—¿Quién ha dicho que haya que discutir? —Sus comisuras se elevaron con sutileza. Le encantaba sacarla de quicio.

Helena se fijó en el brillo pícaro de sus ojos, su pelo lacio y los mofletes grandes y esponjosos.

Acababa de cumplir dieciocho, pero seguía teniendo la misma cara de pillo que a los diez.

Era su hermano pequeño, su niño, pero también un trabajador vago que se pasaba por el mismísimo forro cualquier tarea que se le asignara. Recordarlo la enfureció de nuevo.

—Hablo en serio. ¡Ve más rápido! Entiendo que todo esto te sea indiferente, pero sabes que, para mí, esta noche es importante. Ponle un poco más de ganas, joder.

Comenzó a recorrer la sala con rapidez, recogiendo globos y sujetándolos con una misma mano mientras Adri la perseguía encargándose de los que se iba dejando.

—Perdona, hermanita. Yo también me lo tomo muy en serio. ¿Cuándo en tu vida vas a ver a nuestros trabajadores tan entretenidos? Se lo pasan de locos conmigo, les doy bola, les cuento algún que otro chiste y les hago el curro más ameno. ¡Ya quisieran todos tener un jefe como yo!

—Adri, «nuestros trabajadores» —le increpó— no necesitan que les des bola. Y, además, no son «tus» trabajadores. Tú no tienes planes de quedarte en la agencia a largo plazo. Estás aquí por la pasta y porque, al ser hijo de los jefes, nadie te lleva la contraria en nada.

—Digamos que tengo otras aspiraciones. Pero nunca se sabe. —Le guiñó un ojo encogiéndose de hombros.