Hydra Prólogo
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Hydra

Hydra

Por Irene Nortes

© inepub.com

Prólogo

Toda mi vida escribiendo en diarios y, por primera vez, no sé qué poner aquí.

La azafata, embutida en un traje amarillo chillón, está haciendo una especie de baile con el chaleco salvavidas rodeándole el cuello.

Soy incapaz de atender. Aunque, a decir verdad, tampoco me interesa y me tranquiliza ver que no soy la única.

Ami lado, un señor con sombrero panamá y pajarita asimétrica lee el periódico mientras da cabezadas luchando contra el sueño.

¿Debería pedirle que me deje salir antes de que sea demasiado tarde? No, ¡qué coño! ¡Adónde pretendo ir!

No es una posibilidad. Si me paro a pensarlo, no es para tanto, ¿verdad?

Siempre está la opción de volver. ¿Qué es lo peor que podría pasar?

Tan solo estoy subida a un avión, a punto de comenzar un nuevo capítulo que podré cerrar cuando yo quiera.

Con teclear «vuelos a Madrid» será suficiente para volver al mismo punto de partida.

No corro peligro, no necesito vomitar ni pedirle a este hombre que me deje salir.

Estoy sentada en un vuelo que va directo a Grecia y, cuando aterrice, tan solo seré una persona más entre los miles de millones que tomamos decisiones absurdas cada mañana mientras flotamos en un planeta suspendido en mitad de la inmensidad. Sí, no es para tanto.

Recuerdo esta sensación de vértigo y de emoción ante lo desconocido.

Cuando era pequeña, todo era apasionante y único.

Bastaba con dejarse llevar. Asumir el papel protagonista y vivir mi película hasta que las estrellas me saludaran de nuevo.

No había náuseas ni planes que trazar. Tan solo una nueva aventura cada mañana al saltar desde mi acolchada y suave fortaleza.

Pero ya no tengo nueve años. Ahora todo me asusta y no encontrar un sentido racional y tangible a las cosas irrumpe en mi mente en asfixiantes oleadas cargadas de incertidumbre.

Por eso escribo. Por eso tú, un mazo de doscientas hojas de papel reciclado cosidas entre dos tapas de cuero ébano, te vienes conmigo.

Porque conozco la calma gracias a ti. Porque los únicos instrumentos que sé tocar para bailar al frenético ritmo del mundo son un bolígrafo y un papel.

Los pensamientos que instantes antes me perturbaban dejan de pertenecerme, pasan a ser tuyos y tú me los cuentas.

Es entonces cuando puedo verlos desde fuera, desde una nueva perspectiva en la que no soy más que una mera espectadora.

Las palabras fluyen y mi mente se fusiona contigo, olvidando todo cuanto existe a mi alrededor.

Como ahora, que acabo de alzar la cabeza y, al otro lado de la ventanilla, ya no hay pista de despegue.

No veo asfalto ni camino de vuelta a casa.

Atravieso nubes que me abrazan y me dicen que no importa, que aquí arriba se está bien.

La azafata se ha sentado. El señor de sombrero panamá y pajarita asimétrica se ha quedado dormido. En mis AirPods suena «The Way to Be», de Steve Savona.

La opción de bajarme de este pájaro de metal que avanza a once kilómetros de altura dejando atrás mi vida tal y como la conozco ya no existe.

No pasa nada. No es para tanto. Todo está bien.