Capítulo 31. Basta
BASTA
L a camioneta rodeó la parte trasera de la estación de servicio y se dirigió a la zona del túnel de lavado y de los puestos de carga eléctrica. David tenía las manos rígidas sobre el volante de tanto apretarlo.
—Tienen que estar ahí —murmuró con la voz quebrada por la tensión.
Al frenar, las ruedas derraparon sobre el cemento sucio, dejando dos marcas negras. En cuanto se detuvo, vio la escena.
Jaime sujetaba un extintor y golpeaba con furia la ventanilla del coche, con el sonido del metal resonando en cada impacto.
—¡Abre la puerta! —gritó.
David salió de la camioneta, tropezando con sus propios pies, desesperado, pero no llegó a caerse. Olía a detergente del túnel de lavado y algunas gotas de agua le salpicaron en la cara.
Corrió hacia ellos al mismo tiempo que Jaime cargaba de nuevo. Tenía la mirada fija en Sara, acorralada dentro del coche, tratando de protegerse del golpe. El cristal tembló hecho una red de grietas, pero aguantó la embestida. No le quedaba mucho tiempo.
Ella se pegó al respaldo del asiento y al girar la cabeza lo vio.
—¡David! —gritó aterrada.
—¡Quédate ahí, Sara! —ordenó—. ¡No salgas!
Jaime se volvió sorprendido y a David solo le bastó un segundo. Lo agarró de la sudadera y lo lanzó violentamente contra un cartel publicitario que ofertaba un 2 x 1 en desayunos.
El extintor resbaló de sus manos y cayó con un fuerte golpe metálico. Rebotó varias veces por el cemento antes de que la válvula de seguridad se partiera, liberando una nube blanca que se extendió en el aire. David se cubrió la cara con el antebrazo, evitando que el gas le entrara en los ojos.
Aturdido, Jaime trató de levantarse y David, furioso, lo agarró de nuevo. Su puño salió disparado contra el mentón de Jaime, descargando toda la rabia que tenía acumulada.
—¡Eres un hijo de puta! —gritó David fuera de sí.
Jaime se tambaleó por la fuerza del impacto, pero no se quedó quieto, inclinó la cabeza y escupió una mezcla de sangre y saliva.
—Te voy a matar.
Le dio una patada en la pierna y David se dobló por el dolor.
El ruido de la pelea atrajo la atención de algunos curiosos, que no se atrevían a intervenir o a intentar separarlos. Un empleado, nervioso, llamaba a la policía desde el interior de la tienda.
David se incorporó y arremetió contra Jaime golpeándolo en el abdomen. Él se dobló llevándose las manos al estómago, pero ninguno de los dos estaba dispuesto a poner fin a la pelea. Respiraban agitados, con fuerza, presas del odio mutuo que sentían.
Sara salió del coche, cerró torpemente la puerta y el cristal de la ventanilla estalló, cubriendo el asiento de pequeños fragmentos de vidrio.
—¡Quietos! ¡Basta ya! —les gritó a lejos, con la voz firme y decidida, dispuesta a poner fin a ese caos.
David la vio avanzar, apartando la mirada de Jaime por un segundo. Levantó la mano para detenerla.
—¡Sara, vuelve al coche!
Jaime, sin aliento, recorrió con los ojos el espacio a su alrededor buscando algo con lo que defenderse. El olor intenso a aceite de motor lo atrajo y se percató de que había un expositor cerca del túnel de lavado. Entonces agarró con ambas manos una garrafa enorme, que apenas podía sostener.
—¡Te voy a partir la cabeza! —exclamó, escupiendo pequeñas gotas de saliva.
La levantó sobre su cabeza, pero el peso lo desequilibró. La garrafa voló fuera de su control, describiendo una trayectoria irregular hacia la derecha. David la siguió con los ojos y sintió una punzada en el estómago.
—¡Sara! —gritó.
Pero ella no tuvo tiempo de reaccionar, ni siquiera lo vio venir. El golpe fue fulminante, le alcanzó la sien y la hizo caer desplomada hacia atrás.
David corrió hacia ella y se arrodilló junto a su cuerpo inmóvil.
—No, no, no —murmuró con la cara desencajada.
Se inclinó sobre ella, rozándole el brazo con manos temblorosas tratando de mantener la voz firme, aunque apenas podía controlarse.
—Sara, mírame, estoy aquí —susurró desesperado.
Ella permanecía en el suelo, respirando con dificultad. Casi no se atrevía a tocarla, como si cualquier mal gesto pudiera empeorar su estado, pero necesitaba saber que seguía con él. A lo lejos ya se oía una sirena.
Jaime, con la cara cubierta de sangre y las manos apoyadas en el suelo, observaba la escena paralizado, sin comprender lo que acababa de ocurrir.
—Aguanta, Sara —murmuraba David sin soltarle la mano—. Aguanta, por favor.
El ruido de la sirena se volvió más agudo, casi insoportable, taladrándole los oídos. Un minuto después el sonido se apagó de golpe, pero las luces de la patrulla seguían parpadeando de forma intermitente a su espalda.
Un coche de la Guardia Civil se detuvo a unos metros. Desde el interior, los agentes observaron a dos hombres heridos. Uno de ellos tenía la cara cubierta de sangre; el otro, con un corte abierto en la ceja, permanecía junto al cuerpo de una mujer tendida en el suelo.
Los dos agentes se bajaron de inmediato.
—¡Guardia Civil! ¡Quietos! —ordenó el más veterano.
El otro se acercó con rapidez a comprobar el estado de Sara.
—Está consciente pero desorientada —informó el guardia a través de la emisora—. Necesitamos asistencia médica inmediata.
Desde la central de radio, alguien respondió que la ambulancia ya estaba de camino. David, con la ceja sangrando, no apartaba la mirada de Sara. Notó que ella parpadeaba y contuvo el aliento.
—Ey..., estoy aquí —susurró—. ¿Me oyes? —preguntó tocando con ternura su rostro.
Sara abrió un poco los ojos y se llevó una mano a la cabeza por el dolor.
—Me... mareo un poco —respondió débilmente.
—No te muevas —pidió con suavidad—. Tienes que permanecer quieta hasta que vengan los médicos.
Ella levantó la mano para tocarle la herida de la ceja tratando de incorporarse, pero él se lo impidió besándole los dedos.
—Siempre sales hecho polvo.
—Estoy bien.
Seguía arrodillado acariciándole la cabeza, los brazos aún le temblaban y el corazón seguía acelerado. Había estado al borde de perderla y casi se vuelve loco.
—He tenido miedo, Sara —murmuró inclinándose sobre ella—. Pensé que no llegaba a tiempo.
Ella ladeó la cabeza y lo miró fijamente.
—Me has salvado —dijo con voz débil aunque firme.
Sara sonrió entrecerrando los ojos; estaba exhausta, pero estar con él la hacía sentirse segura.
David tragó saliva. La cólera por no haber hecho más se mezclaba con la necesidad de mantenerse fuerte. No podía derrumbarse. No delante de ella.
A unos metros, dos testigos explicaban a los guardias lo que habían presenciado. Uno de ellos gesticulaba mientras relataba cómo Jaime había golpeado el coche.
David volvió la cabeza y vio que arrestaban a Jaime, que sin oponer resistencia entraba esposado dentro del coche policial.
Justo en ese momento llegaron refuerzos.
Detrás la ambulancia.