Epílogo
L as risas y las charlas animadas se oían desde la calle. Un hombre mayor que caminaba por la acera con su bastón en la mano se asomó por la ventana con curiosidad.
Sara salió enseguida al verlo.
—Señor Pascual —lo saludó con una sonrisa—. ¿Cómo se encuentra hoy?
—Ahí vamos, hija. Tirando, que no es poco —respondió meneando la cabeza de un lado a otro, como si no le quedase más remedio que aceptar lo que viniese con resignación.
—Pase, por favor, y tómese una copita de vino y una tapa de jamón. Estamos de celebración.
Sara le puso una mano en el hombro y lo acompañó hacia dentro.
—Pues no te voy a decir que no —admitió, ya más animado.
Sara rio. Oficialmente, ya era una más del pueblo.
Al cruzar la puerta, el señor Pascual se quedó observando con admiración a su alrededor.
—¡Pero qué bien ha quedado! —exclamó al ver el local—. ¡Qué gran trabajo habéis hecho! Recuerdo cuando esto no era más que una cuadra medio derruida y guardaban aquí las cabras si nevaba. ¡Quién lo iba a decir!
Sara volvió a reír.
—Cómo cambian los tiempos, ¿verdad?
El local era pequeño pero acogedor. Se había respetado el suelo original de madera oscura, que contrastaba con la pintura en tonos grises y negros. De los techos asomaban halógenos en tonos suaves, que trasmitían calidez a la estancia.
En un lateral había una mesa alargada con un mantel que caía hasta abajo; sobre ella, bebidas y aperitivos para acompañar.
Era un día muy importante para Sara.
El local estaba lleno de gente. Vecinos del pueblo y amigos hablaban formando corros. El señor Pascual reconoció a casi todos y fue saludándolos antes de aceptar una copa de vino que David le ofreció.
—Yo prefiero el jamón —dijo el anciano.
David y Sara se miraron entre ellos sonriendo.
—Marchando —respondió él.
El señor Pascual, con su vino y su jamón, se acercó a un grupo y se quedó allí conversando con ellos.
David cogió por la cintura a Sara y la besó en la mejilla. ¡Estaba tan orgulloso de ella! Había cumplido su sueño: tener su propia empresa.
La puerta volvió a abrirse y esta vez aparecieron Jara y Silván. En cuanto se vieron las dos amigas, corrieron a abrazarse y permanecieron juntas, sin separarse durante un largo instante.
—Por fin —repetía Jara incapaz de contener la emoción—. Me alegro tanto por ti.
—Soy muy feliz —respondió Sara llevándola de la mano hasta la mesa, donde aún quedaban unos sándwiches y restos de una empanada de atún.
—Te lo mereces —dijo mientras se servía una Coca-Cola en un vaso con hielo—. Después de todo lo que has pasado, verte así es una gran alegría.
Sara bajó la mirada, como si de pronto los malos momentos hubieran regresado de golpe. No contestó de inmediato.
—No ha sido fácil —dijo encogiéndose de hombros, sin querer dar más importancia al tema—. Ahora, solo me queda cerrar el último capítulo con Jaime. Espero que el juicio salga pronto y... ya está. Podré romper definitivamente con mi vida anterior.
—Entonces —dijo Jara sonriendo—, brindemos por eso.
Chocaron los vasos. Sara bebió con la mente en otra parte, enredada en imágenes que quería olvidar, pero que insistían en volver.
Habían pasado ocho meses desde la huida, los gritos y la pelea. El recuerdo no la atormentaba, aunque de vez en cuando se empeñaba en regresar a su cabeza para torturarla.
El pánico, el golpe, el hospital... Y después el desfile interminable de trámites: declaraciones, acusaciones, acuerdos que no parecían tener fin.
Jaime ya no suponía una amenaza. Se había sometido a tratamiento, respetaba la orden de alejamiento y los papeles del divorcio llegaron a través de un despacho de abogados. Todo estaba bajo control.
El cálido beso en la mejilla de David le advirtió que no era el momento de perderse en esos pensamientos.
—¿En qué pensabas? —preguntó él rodeándola con los brazos.
—En lo mucho que te quiero.
Sara se puso de puntillas y enredó los dedos entre su cabello. Lo miró sonriendo y lo besó hasta que lo dejó sin aliento, un beso que cerraba una puerta y abría otra.
Cuando se separaron, Sara miró a su alrededor y vio a todas esas personas, que ya eran su gente, riendo, hablando, disfrutando y compartiendo su momento en aquel pequeño local que había levantado desde cero.
Dejó que esa foto se grabara en su cabeza, sintiendo las manos de David aún en su cintura y con la certeza de que, al fin, comenzaba algo nuevo.