Huye Capítulo 30. SOS
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Capítulo 30. SOS

SOS

S ara no abrió la boca. Permanecía en el asiento callada, mirando por la ventanilla. Ya no lloraba, sabía que de nada iba a servirle. Ahora era el momento de concentrarse y de pensar en cómo escapar.

Un tintineo metálico llamó su atención. Jaime había dejado el cuchillo bajo su asiento y, cada vez que lo rozaba con el pie, el sonido rompía el silencio del coche, agudizando la tensión que se respiraba.

De pronto, recordó el bulto en su bolsillo.

Metió la mano con disimulo y lo tanteó sin que él lo advirtiera.

Enseguida lo reconoció: era el móvil que David le había regalado.

Ese que nunca llevaba encima y que dejaba guardado en el armario como si fuese un objeto inútil.

Lo agarró con fuerza, conteniendo la respiración, sintiendo el pulso acelerado.

La charla de David sobre la función de emergencia llegó a su mente como un proyectil.

Sara inclinó ligeramente el cuerpo hacia la ventanilla y cruzó las piernas para ocultar los movimientos de su mano dentro del bolsillo.

Giró el móvil, despacio, y pulsó en un movimiento automático cinco veces el botón de encendido, casi sin respirar.

Cruzó los dedos.

No oyó nada, no sintió ninguna vibración o señal que le indicara que se había activado la ayuda. Solo un silencio roto por las palabras asfixiantes de Jaime, que no paraba de hablar.

—Todo se arreglará cuando lleguemos a casa. —Como si bastara con eso—. Tendremos que contar la misma versión cuando nos pregunten dónde has estado. Llevas mucho tiempo fuera..., demasiado.

Sara lo escuchaba sin mirarlo, con la vista perdida en el paisaje. Respiró hondo, pero sin hacer el más mínimo gesto que pudiera alterarlo. Había aprendido que callar era la mejor defensa.

Jaime suspiró, cada vez más irritado por su silencio.

—Dime, ¿qué te da él? —preguntó de forma inesperada, sin apartar los ojos de la carretera.

Ella quiso responder: «Todo lo que tú no puedes darme; un amor que no controla, que no duele». Pero no se movió, siguió contemplando el horizonte, que pasaba desdibujado a toda velocidad a través del cristal.

Jaime giró la cabeza un instante hacia ella, esperando que hablara. Se aferró al volante y siguió conduciendo de manera mecánica, atrapado en un laberinto de oscuros pensamientos. Su cabeza no paraba de dar vueltas.

Por un lado, sentía que volvía victorioso con su trofeo bajo el brazo, como un guerrero que regresa a casa después de una dura batalla.

Por otro lado, le atormentaba la idea de que su mujer hubiera estado con otro.

No podía apartar de su mente imágenes obscenas, que le provocaban una ira incontrolable.

Las uñas se le clavaron en el cuero del volante al imaginarla bajo otro cuerpo y, de pronto, estalló su rabia contra el salpicadero.

—¿Qué haces? —le gritó Sara aterrada por su reacción.

Jaime respiraba agitado, con el pulso a mil por hora. La amaba, la odiaba, la necesitaba. Se sintió roto por dentro.

—Cuando lleguemos a casa... —repetía una y otra vez, sin acabar la frase.

Por un segundo, apartó la vista de la carretera para mirarla fijamente, tenía las pupilas dilatadas y los ojos muy abiertos. Apretó los dientes con fuerza y cerró la mandíbula hasta que no pudo soportar el dolor.

Ella sintió una punzada en el pecho. Jaime tenía esa misma expresión oscura que le delataba cuando estaba al borde de uno de sus ataques. Ese recuerdo la paralizó y las lágrimas, que tanto le estaba costando aguantar, se le escaparon de los ojos.

Un pitido largo y agudo sacó a Jaime de su locura. El Tesla lanzó el aviso: había que buscar un punto de carga lo antes posible.

El icono de la batería se iluminó en amarillo, advirtiendo que la capacidad estaba por debajo del 20 %. El coche entró en modo ahorro: desactivó la calefacción y limitó la potencia.

—¡Maldito coche! —exclamó golpeando el volante—. No puedo creer que tenga que parar. ¿Ahora?

Jaime se puso nervioso. Consultó de forma compulsiva cuántos kilómetros podía recorrer antes de quedarse sin carga, consciente de que cada minuto contaba para que el coche no se detuviera.

En la pantalla central, junto al mensaje de alerta, se mostraba un mapa con los cargadores más cercanos. Jaime seleccionó uno a 25 km, llegarían con un 10 % de batería si reducía la velocidad, de modo que continuó el trayecto más despacio hasta coger el desvío.

Sara contuvo el aliento. Una parada inesperada le daría una oportunidad, aunque fuera pequeña, de hacer algo, como dejar una señal con el fin de que David supiera dónde estaba o, al menos, ganar tiempo. Lo que fuera.

Entraron al área del servicio. Jaime detuvo el coche dando un frenazo tan fuerte que el cinturón se le clavó en el pecho y se bajó dando un portazo. En cuanto la puerta se cerró, Sara no vaciló: estiró la mano hacia la pantalla táctil y tocó el icono del candado.

Clic.

Fue un sonido corto, sutil.

Y las puertas se bloquearon.

Jaime se volvió despacio, como si no entendiera qué había pasado. Vio que la llave del coche estaba dentro y la confusión se transformó en cólera.

Sara sacó el móvil de su bolsillo. En la pantalla un símbolo indicaba que la llamada seguía activa.

—¿Oiga? ¿Oiga? ¡Socorro! —gritó desesperada.

De pronto, algo impactó contra la ventanilla.

Fue un golpe brutal, luego el sonido del cristal resquebrajándose.

El teléfono se le escurrió de las manos y cayó entre los asientos. Sara se quedó paralizada, sin poder reaccionar.

Jaime embistió de nuevo y otra grieta cruzó toda la ventanilla, reflejando la luz de la pantalla central. El cristal vibró a punto de ceder.

Ella se encogió contra el asiento, con los músculos en tensión, anticipando el próximo golpe, que sabía que ya no sería contra el coche.