Huye Capítulo 29. En apuros
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Capítulo 29. En apuros

EN APUROS

D avid puso en marcha la Toyota, metió la primera sin pisar el embrague; la caja de cambios crujió. Estaba demasiado alterado.

Un segundo intento y las ruedas derraparon sobre la grava, levantando algunas piedras que golpearon la chapa.

Salió detrás del Tesla a todo lo que daba la camioneta, dejando una nube de polvo detrás.

Jaime no conocía la zona, de modo que para salir del pueblo no tendría más remedio que activar el GPS, que le llevaría directo hasta la autopista.

Para los forasteros no existía otro camino, para los GPS tampoco.

Para los que vivían allí había rutas alternativas: pistas forestales en mal estado que ningún navegador elegiría.

Con dedos temblorosos, marcó en su teléfono: 1...1... 2... Un operador respondió al momento.

—Quiero denunciar un secuestro —dijo visiblemente nervioso.

—Explíqueme lo que ocurre —pidió el operador en un tono tranquilo. Estaba entrenado para poder transmitir calma en momentos de mucha tensión.

David, con palabras que se atropellaban unas con otras, le contó lo ocurrido.

—Está bien —respondió el operador—. Voy a derivar su emergencia a la Guardia Civil. Deje que se ocupen.

Pero David no podía quedarse sentado a esperar sin más. Colgó y siguió conduciendo por la carretera comarcal. Apenas recorrió quinientos metros, cuando giró en una salida no señalizada, y se adentró en un camino estrecho de tierra, de apenas un palmo de ancho, casi cubierto por la maleza.

Las suspensiones de la camioneta rebotaban en cada bache, y cada recta le permitía pisar el acelerador a fondo.

Aunque circulaba demasiado rápido, no aflojó.

Las ruedas traseras derrapaban y la cabina del coche culeaba en cada curva, haciendo que David tuviera que corregir el volante hacia el lado contrario.

Detrás de él solo se veía una densa polvareda que se pegaba a los cristales. Pero él sabía hacia dónde iba: debía llegar al cruce antes que ellos.

David sintió la adrenalina quemándole por todo el cuerpo mientras esquivaba ramas caídas y algún tronco que el viento había tirado, pero se negaba a soltar el acelerador.

Cada curva se cerraba más a su paso a medida que ascendía por la montaña. El latido del corazón le retumbaba en los oídos y sentía una fuerte presión en el estómago.

Cuando llegó arriba, el camino no presentaba mejor aspecto. El coche dio varias sacudidas tras pasar un bache y poco a poco empezó a descender por la pista forestal.

Según sus cálculos faltaban unos cinco kilómetros para interceptarlos antes de la salida a la autopista.

El teléfono tirado en el asiento del acompañante atrajo su atención al iluminarse la pantalla.

Deseó que sonase y que fuese ella diciendo que estaba a salvo, pero no era Sara, sino una notificación de una app .

Lo volvió a mirar de reojo y bastó un segundo para retroceder al bendito instante en que le regaló un móvil a Sara.

—No lo necesito —dijo ella rechazándolo.

—Tal vez en algún momento quieras hablar con alguien —había insistido David—. Quédatelo.

Ella no veía la necesidad, aunque la realidad era que el aparato le traía recuerdos amargos de su vida anterior.

—Como quieras —aceptó él—. Pero al menos déjame enseñarte una función que tiene. Podría serte útil si alguna vez estás en apuros.

David cogió el móvil y activó «Emergencia SOS». Sara observaba con detenimiento cómo se movía por los diferentes menús hasta dar con la tecla.

—¿Y cómo se pone en marcha?

—Cinco pulsaciones al botón de encendido y automáticamente se inicia la llamada al 112.

David se lo mostró haciendo una prueba y, en la pantalla, apareció una cuenta atrás. Ella miraba con atención confiando en no tener que usarla nunca.

—Una vez que el contador llegue a cero se activa la llamada a Emergencias. Podrán escuchar lo que está pasando y enviar la ayuda.

Al final Sara se lo había quedado, sin entusiasmo, y, en cuanto David se giró, lo guardó en el armario sin intención de llevarlo encima.

De golpe, David pisó el freno y la camioneta derrapó unos metros antes de detenerse. El frenazo lo trajo de vuelta al presente.

Un zorro se cruzó en el camino. El animal se quedó quieto en medio de la pista mirando al coche; luego, como si nada, escapó corriendo.

David apenas notó que tenía los brazos agarrotados alrededor del volante, hasta que comprobó que le costaba moverlos. Respiró hondo y dejó que su corazón recuperase un poco el ritmo. Pero no mucho, no podía perder tiempo. Aceleró de nuevo.

—Sara, dime que te has dado cuenta de que he metido el móvil en tu bolsillo —dijo en voz alta, como si ella estuviera a su lado y pudiera responder.

Deseó que ya hubiera saltado la señal de auxilio. No era tonta. Era mucho más lista que el idiota de Jaime.

Al borde del colapso, cogió de nuevo el teléfono con una mano mientras con la otra sujetaba el volante. Esta vez marcó el 062.

—Guardia Civil —respondió alguien al otro lado.

David empezó a hablar tan rápido que el agente le tuvo que pedir serenidad. Cuando acabó, el guardia le puso al tanto de la situación:

—Ya nos han dado el aviso. —El hombre hablaba con un tono de voz grave y fuerte, y David se lo imaginó como un oficial de esos que imponen orden con su sola presencia—. Y también nos consta que se ha recibido una petición de ayuda desde un móvil.

David entrecerró los ojos.

—Gracias a Dios —murmuró.

—Emergencias escuchó parte de la conversación entre una mujer y un hombre en un coche —informó el agente—. Al parecer es un coche eléctrico y se está quedando sin batería. Tienen que parar en el siguiente punto de recarga.

El agente le comunicó que habían geolocalizado la llamada y creían que se dirigían al Área de Servicio de Castarviel. Una patrulla iba tras ellos.

David sabía dónde estaba esa gasolinera.

En su cabeza trazó el trayecto que con seguridad estaba recorriendo el Tesla. Si tenía poca batería, el navegador activaría de forma automática la ruta más directa y él sabía cuál era.

Aceleró, dejando atrás la maltrecha pista forestal. Alcanzó el límite de la carretera principal, giró con fuerza y se incorporó de nuevo al asfalto con un chirrido de ruedas.

—¡Vamos, vamos! —repetía en alto mientras se inclinaba sobre el volante, en un gesto de adelantar a otros coches que circulaban más despacio.

—¡Déjame pasar, joder!

David se pegó al culo de un turismo que iba demasiado lento y, con un movimiento brusco, invadió el carril contrario, adelantando al coche en línea continua. El otro le respondió con un largo pitido, que se fue desvaneciendo mientras David se alejaba a toda velocidad.

Tomó la salida 42.

Un cartel indicaba: « castarviel - 10 km ».

—Estoy llegando, Sara —dijo en alto—. Aguanta un poco más.