Capítulo 28. Estoy aquí
ESTOY AQUÍ
C uando Sara despertó, encontró junto a la almohada una nota con un corazón dibujado:
«Voy al obrador de Ermella a por pan brioche. Tú te encargas del café».
Sonrió. David sabía que ella moría por ese pan esponjoso y ligeramente dulce con pepitas de chocolate. Casi podía oler la mantequilla recién horneada.
Se desperezó en la cama. Estaba desnuda, envuelta con las sábanas arrugadas a su alrededor. Con una sonrisa traviesa, recordó lo alocada que había sido la noche y revivir la declaración de amor de David la hizo sonrojarse de nuevo.
Aún tenía fresca la huella de sus caricias en la piel. Giró el rostro hacia el lado de la cama donde había estado y se había entregado a él sin reservas.
Apartó de su mente ese deseo que todavía le rondaba; se levantó, se puso los vaqueros y se enfundó en una camiseta blanca. No le dio más vueltas y se fue hacia la cocina.
Mientras echaba el café recién molido en la cafetera, oyó que la puerta de la calle se abría despacio.
—¿David? —preguntó desde la cocina.
Silencio.
Sara continuó despreocupada preparando el café. De pronto, sintió una presencia y el crujido de la madera la hizo girarse.
Se le disparó el pulso y el corazón le empezó a latir tan fuerte que pensó que le estallaría.
La jarra, esa que iba a llenar de agua, se le escapó de las manos y se estampó contra el suelo con un ruido brutal. Se quedó paralizada en el sitio y notó que le faltaba el aire.
—Ja... Jaime —atinó a pronunciar.
—Sara —musitó él.
Ninguno de los dos se movió.
—Deberías cerrar la puerta con llave —dijo él en voz baja—. Con la de veces que te lo he repetido.
Ella no dijo nada. Estaba aterrada. La sangre no le circulaba por las venas, sintió una punzada en el pecho y el estómago le ardía.
—¿Cómo te va? ¿Te trata bien la vida?
Jaime se acercó despacio, esbozando una sonrisa que no presagiaba nada bueno. Entonces ella comprendió que sus preguntas eran solo una trampa: él ya sabía todo.
—¿Te ha comido la lengua el gato?
Jaime disfrutaba viendo el pánico que provocaba en ella, saboreando cada segundo de su inquietud.
Y entonces su tono de voz cambió, saltando de la calma a la furia, como si algún ente lo hubiera poseído.
—¿No piensas contestarme?
Sara, temblorosa, no dejaba de mirarle, sabiendo que su prioridad era sobrevivir, no discutir ni provocarle. Él se acercó poco a poco, con el rostro desencajado por la rabia.
—¿No vas a darme un beso? Hace tiempo que no nos vemos.
Él adelantó un pie y le agarró las muñecas con fuerza. En un gesto rápido, la empujó contra la pared, provocando que Sara se golpeara la cabeza. Entrecerró los ojos por el dolor.
Jaime acercó su rostro al de ella para besarla sin permiso, como si tuviera derecho, pero Sara apartó la cara en un gesto de rechazo.
—No —dijo ella con firmeza.
No podía, ya no.
—¿Qué te pasa? —le agarró la cara con una mano, forzándola a fijar la vista en él—. ¿Te doy asco?
Por un instante, la miró intensamente sin decir nada y entonces metió la lengua dentro de su boca, buscándola con ansiedad. Sara se revolvió.
—¡Suéltame! —gritó forcejeando.
Jaime presionó su cuerpo contra el de ella, que le sintió bajo la ropa tenso, duro. Cada minuto alimentaba su furia y la necesidad de controlarla.
—Déjame —susurró con la voz quebrada. Pero él no cedió, se apretó aún más.
—¿Habéis follado esta noche? —preguntó apenas audible—. No creo que esté a mi altura —se jactó.
Jadeaba; le acercó tanto la cara que podía sentir su aliento caliente, casi apestoso.
—Estás enfermo.
Sara rompió a llorar sin atreverse a mirarle.
—¿Lo habéis hecho? —volvió a preguntar gritando.
—No..., no —titubeó.
—Mientes..., puta —ahora le hablaba al oído, muy bajito.
Su voz iba y venía, de dulce a furiosa, como si tuviese un cable pelado haciendo cortocircuito en alguna parte de su cabeza.
De pronto, sin avisar, en una explosión de enfado, levantó la mano y la abofeteó. Su cara giró bruscamente, sintió un ardor punzante que le subía por todo el rostro y la sangre empezó a brotarle del labio.
Jaime se quedó paralizado, ni él mismo era consciente de lo que acababa de hacer. En ese desconcierto Sara reaccionó, lo empujó con todas sus fuerzas y él se tambaleó, a punto de perder el equilibrio. Se movió apenas unos centímetros, lo justo para permitir que ella escapara.
Aunque le temblaban las piernas, no pensaba rendirse.
No esta vez. Sara se abalanzó sobre el taco de cuchillos que había en la mesa.
Trató de agarrar uno, con los dedos casi rozando el filo, pero, cuando su mano estaba a punto de coger el más grande, Jaime lo tiró al suelo de un manotazo.
El cuchillo cayó con un sonido metálico que resonó en toda la cocina.
—¿Qué cojones haces? —chilló.
Forcejearon en el suelo.
Sara logró levantarse justo cuando oyó la puerta cerrarse, seguida de unos pasos que entraban en la casa. Escuchó el ruido de las llaves al caer en la bandeja de madera y después una voz tranquila desde la entrada.
—¿Sara? ¿Te has levantado ya?
—¡David! —gritó Sara angustiada.
Él dejó caer de golpe el paquete que traía en la mano y corrió hacia la cocina, presa del pánico, con el presentimiento de que algo iba mal.
Se topó con una escena dantesca, que le paralizó.
Jaime aferraba con una mano la muñeca de Sara, con la otra sostenía un cuchillo de grandes dimensiones. Vio que ella sangraba por la comisura del labio.
David sintió un latigazo en la espalda y la piel se le erizó al instante.
—Estoy bien —dijo Sara, en voz baja, tratando de tranquilizarlo—. No te preocupes por mí.
Los tres se miraron.
Jaime, de pronto, con una expresión grotesca, soltó una carcajada que les heló la sangre.
—¿Así que tú eres el cabrón que se está tirando a mi mujer? —escupió, con los ojos inyectados en sangre.
David no se atrevió a hacer ningún movimiento, consciente de que dar cualquier paso en falso podría hacer que la cosa acabara muy muy mal.
—Suéltala —pidió con calma, dando un paso hacia ellos.
—¡No te acerques! —gritó Jaime furioso.
David retrocedió sobre sus pasos. La tensión en el ambiente era insoportable. Solo se oía la respiración entrecortada de todos ellos.
—Deja que se marche —suplicó de nuevo. Esta vez no pudo evitar que le temblara la voz—. Esto podemos arreglarlo entre nosotros.
Jaime se comportaba como un loco extremadamente alterado y peligroso.
—Tiene fácil arreglo —dijo ronco, de tensar tanto las cuerdas vocales—. Puedo cortarla en dos, como en el juicio del rey Salomón: mitad para ti, mitad para mí.
Acercó el cuchillo al estómago de Sara y la pinchó con la punta. Ella emitió un quejido ahogado.
—¡Nooo!
David se abalanzó sobre él en un intento de protegerla, pero Jaime dio un giro y esquivó el ataque. Rio descontrolado.
—Ella te gusta, ¿verdad? —se burló disfrutando del daño que provocaba.
David lo fulminó con la mirada. Tenía los ojos clavados en él, con un odio reprimido, los músculos tensos y los puños apretados con fuerza, a la espera de que cualquier chispa desatara el caos.
Sara estaba en medio de los dos, atrapada sin poder respirar, con el corazón latiendo sin control. Sus ojos se movían de uno a otro, sin saber cuándo iba a acabar esa pesadilla.
Entonces tomó una decisión: si fingía ceder y mostrarse sumisa, podrían ganar tiempo para escapar o engañarlo y ponerse a salvo.
—David..., voy a volver con él —dijo con un nudo en la garganta—. No debí marcharme. Nos merecemos otra oportunidad.
David la captó al instante. Jaime no se percató de su juego. Se giró hacia ella, confundido, sin saber si estaba siendo sincera o si solo intentaba manipularlo. Notó que se le tensaba el cuerpo y le rehuía su mirada, señales que no supo interpretar. Pero por encima de todo quería creerla.
Aflojó los dedos, que aún estaban alrededor de su brazo, como si no supiera qué hacer a continuación.
—¿Lo dices en serio?
Sara asintió llorando.
Jaime, todavía alerta, bajó despacio el cuchillo. Sonrió con la boca torcida, en un gesto de desprecio, y la estrechó contra su pecho para besarla. Ella apretó los labios conteniendo la repulsión. David apartó la mirada. La escena le provocó asco, pero se esforzó por no mostrarlo.
—No sabes cómo te he echado de menos —suspiró—. Vámonos, tenemos mucho de qué hablar.
La tomó por la cintura y la condujo hacia la puerta, pero David se interpuso en su camino.
—Espera. Llévate la cazadora —le dijo a Sara, tendiéndole una chaqueta.
—No —intervino Jaime adelantando la mano.
—Hace frío y solo lleva una camiseta —le increpó David luchando por controlar su furia.
Jaime accedió de mala gana y dejó que Sara agarrara la prenda que David sostenía. Por un instante fugaz, sus dedos se rozaron al cogerla, sin que Jaime se diera cuenta. Cruzó una mirada expectante con David buscando una señal, un gesto que le indicara qué debía hacer a continuación.
Salieron de la casa. Sara no se atrevió a girar la cabeza para ver el rostro desencajado de David porque si lo hacía no tendría fuerzas para seguir con su plan.
Ella se dejó caer en el asiento del coche con las lágrimas corriendo por sus mejillas, Jaime se sentó a su lado, con esa sonrisa arrogante que la hacía estremecerse.
—Fíjate —dijo acariciándole la pierna—. Soy capaz de hacer cualquier cosa por ti.
No respondió. Metió la mano en el bolsillo de su cazadora buscando un pañuelo y sus dedos se toparon con un bulto, un tanto extraño, que no recordaba haber puesto allí.
El coche arrancó sin hacer ruido, alejándose por el camino de tierra, con el sonido casi imperceptible del motor eléctrico.
David permaneció unos segundos más en el porche observando cada movimiento. El corazón le latía con una presión que casi le impedía respirar. En cuanto desparecieron, salió corriendo hacia su camioneta.