Capítulo 27. Acechando
ACECHANDO
L os siguió por las calles manteniendo la distancia, lo bastante lejos para que no se dieran cuenta.
Observó cómo se despedían de otra pareja y cómo se alejaban en la camioneta.
Él también arrancó tras ellos, sin acercarse demasiado para evitar que Sara reconociera el Tesla.
Vio cómo dejaban la camioneta frente a la casa con la fachada de piedra y cómo se besaban en las escaleras antes de entrar. No quiso imaginar lo que harían en cuanto cerrasen la puerta, pero la visión lo atravesó como una puñalada.
Se quedó allí oculto entre los árboles, vigilándolos entre la oscuridad como un animal que acecha a su presa.
Estaba helado, sus manos y sus pies comenzaban a perder sensibilidad, pero no se movió, atento a cualquier movimiento.
El dolor que había sentido horas antes ya no existía, se había transformado en odio. Un odio a muerte.
No tenía ningún plan, no era capaz de pensar con claridad. Se quedaría allí toda la noche, esperando hasta que amaneciera y la mañana trajese de nuevo actividad: una persiana, la basura..., cualquier cosa.
Y si, aun así, no pasaba nada, ya vería sobre la marcha.
Porque en algún momento ella se quedaría sola.
Tarde o temprano.
Nadie está acompañado las veinticuatro horas del día y, cuando ese instante llegara, él pensaba estar allí.
—Esperaré —dijo en voz baja—. Y entonces sabrás lo que significa que esté cerca.
El viento helado le atravesaba la piel, apenas podía mover los dedos agarrotados y no lograba mantener la concentración. Se le hacía eterno esperar.
Dentro de la casa, se fueron apagando las luces y todo quedó sumido en la oscuridad.
—No te preocupes; cuando te quedes sola, me encargaré de que no lo olvides —volvió a repetir en un susurro.
El frío y el agotamiento empezaron a derrotarlo. Antes de dormirse una imagen se apoderó de su mente: se imaginó deslizándose dentro de la casa, silencioso, aguardando el instante exacto en que ella estaría indefensa.
No era un plan todavía; era solo un pensamiento surgido de su locura, que le erizaba el vello y le aceleraba el corazón. No podía negar que la idea de estar tan cerca de ella de ese modo le resultaba excitante.
Se recostó contra el tronco del árbol, con las rodillas dobladas y el cuerpo encorvado hacia delante, como si intentara hacerse más pequeño para conservar el calor. Tiró de la ropa hacia sí para cubrir más superficie y escondió las manos bajo las axilas.
Poco a poco se fue quedando dormido con una sonrisa calculadora mientras revivía la imagen vulnerable de Sara, como un adelanto de lo que planeaba hacer.
Ya queda menos. Y cerró los ojos.