Huye Capítulo 26. Te busco
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Capítulo 26. Te busco

TE BUSCO

E l ayuntamiento había habilitado una zona de aparcamiento para el festival, en un terreno alejado del centro del pueblo donde se celebraban los espectáculos principales.

Era un campo abierto, con el suelo de tierra y lleno de vallas metálicas que, en teoría, tenían la función de delimitar las zonas de estacionamiento.

A lo lejos se vislumbraban los farolillos y banderines de colores colgados de las farolas, aunque el alboroto de la feria no alcanzaba aquel descampado.

Todas las calles del pueblo estaban cortadas y no había otros accesos, que no fuese a pie, para llegar al centro.

Así que todo el tráfico se había desviado hacia esa zona.

Jaime circulaba en caravana, inmerso en una corriente de coches que avanzaban lentamente en la misma dirección.

—Por fin —murmuró al ver a lo lejos las señales del aparcamiento—. ¡Qué gentuza! Cualquier excusa les sirve para reunirse. Si ahora cayera un meteorito los eliminaría a todos de una vez.

El Tesla llegó al último tramo, una zona donde ya no se guardaba el orden, y las filas habían dejado de existir por la falta de espacio.

—Esto es imposible —refunfuñó—. Si la gente aparcase con un mínimo de criterio, cabrían el doble de coches.

Tras varias vueltas encontró un hueco libre, entre una retama y un monovolumen destartalado, que sin duda había vivido mejores días.

—Genial, justo lo que quería —meneó la cabeza disgustado—. El estado de un coche es el reflejo de su dueño. Esperemos que no me arañen el Tesla.

Pero, como no había otro sitio, no le quedó más remedio que asumir el riesgo.

Jaime se bajó y cerró la puerta.

No tenía claro por dónde arrancar, pero sí lo que buscaba: una Toyota pick up y al tipo que la conducía. Así que decidió empezar por lo más obvio dadas las circunstancias: el lugar donde estaba reunido todo el pueblo.

—Si su camioneta está aquí, él tampoco debe andar lejos —pensó al observar la marabunta de vehículos—. Tiene que estarlo.

El aire olía intensamente a gasolina, mezclado con el polvo que levantaban los pies de la gente en el trasiego de ir y venir. Le provocó una tos seca, que no hizo más que encender su irritación.

Los coches estaban aparcados de forma un tanto caótica: algunos en doble fila, otros subidos en zonas de piedra con el riesgo de luego no poder salir.

—Pero qué más da. Lo importante es el circo que han montado, ¿verdad? —ironizó al pensar en lo ridículos que eran.

Inspiró hondo, soltó el aire con fuerza y se preguntó cuál era el mejor punto de partida. «El principio», pensó.

Decidido, avanzó entre la hilera de coches y comenzó a recorrer la zona más alejada de la salida.

No necesitaba un examen minucioso; de un vistazo podía descartar modelos, pero le llevaría tiempo. Turismo, todoterreno, otro turismo, furgoneta... Nada.

—Estoy seguro de que estás aquí —repetía una y otra vez, sin detenerse ni un minuto—. No puedes esconderte de mí, hoy no.

Aunque todavía no era de noche, la luz estaba empezando a caer y decidió encender la linterna del móvil.

Estaba a punto de perder la esperanza cuando, de pronto, sus ojos tropezaron con la camioneta al final de un montículo. No la había visto antes porque un árbol de grandes dimensiones la ocultaba casi por completo.

Corrió hacia allí y al llegar se detuvo frente a ella examinándola. No cabía duda: era la Toyota que estaba buscando. El mismo color, las puertas laterales arañadas; todo coincidía. Sacó el móvil y comprobó la matrícula que anotó el día que estuvo en la casa.

Suspiró aliviado. Sabía que tenía razón, siempre la tenía.

Primera prueba superada. La siguiente iba a ser más complicada: encontrar al tipo entre cientos de desconocidos.

Se quedó un momento inmóvil, recorriendo con la vista el aparcamiento abarrotado. El ambiente festivo se intuía a lo lejos por el resplandor de las luces y el movimiento incesante de la gente.

Hizo una mueca de desagrado al pensar en lo que venía a continuación: el corazón del festival. Guardó el móvil en el bolsillo y echó a andar en dirección al centro, arrastrado por los que avanzaban entusiasmados hacia la fiesta.

El pueblo estaba atestado. Jaime no paraba de soltar un montón de improperios entre dientes, con evidente fastidio.

Odiaba las aglomeraciones y más aún tener que esquivar a las personas que caminaban de un lado a otro sin prisa, deteniéndose cada pocos pasos en los tenderetes, que lo único que mostraban era bisutería barata y artículos con la etiqueta «artesanal».

Una peste a carne a la parrilla se mezclaba con olores penetrantes a hierbas secas y a incienso quemándose.

Jaime se frotó la cabeza con la mano, ya empezaba el dolor, y el ruido parecía clavarse en sus sienes.

Una señora pasó a su lado y sin querer le rozó con un enorme bolso que llevaba colgado del brazo.

—Disculpe, señor —dijo la mujer.

Jaime no contestó, se limitó a mirarla con desdén. La paciencia se le agotaba con cada minuto que pasaba.

Mientras caminaba entre el gentío, escudriñaba cada rostro, cada rincón que alcanzaba a ver.

De repente, un grupo de hombres charlando entre risas captó su atención.

Estaban de pie con unos vasos de cartón en la mano, bebiendo.

Uno de ellos coincidía con la descripción del tío que buscaba, pero estaba de espaldas y necesitaba estar seguro de que era él.

Así que se acercó por detrás y, como si hubiera perdido el equilibrio, fingió un tropiezo dejándose caer sobre su hombro.

—Perdona —dijo en tono amistoso, como si hubiera sido un simple accidente.

El otro se giró enseguida, volviéndose hacia él con un gesto de sorpresa. Jaime analizó sus rasgos al instante. No era él. El hombre, sin dar más importancia, siguió hablando con sus amigos; y Jaime, tragándose su decepción, continuó su búsqueda por el mercado.

Llegó hasta una de las calles donde habían instalado los puestos de venta. Los miró de reojo, sin entusiasmo, casi con desprecio.

Uno atrajo su atención, no por lo que vendían, sino por la mujer que estaba detrás del mostrador. Ella se le quedó observando sin pestañear. Tenía el aire de una gitana, pero sin llegar a serlo; se notaba que se había vestido así para dar más teatralidad al ambiente.

Jaime le sostuvo la mirada unos segundos, «¿qué coño mira?», pero se sintió incómodo y enseguida se alejó de allí con paso rápido. No tenía tiempo de tonterías.

—¡Vaya, lo que faltaba! —exclamó al toparse con una charanga que bajaba por una cuesta.

Tocaban alegremente las gaitas y tambores, y una persona recitaba una especie de poema acerca de unas criaturas protectoras de la naturaleza. Muy a su pesar, el desfile le obligó a detenerse y a esperar a que pasaran.

—¿Eso era un pájaro? Pero qué necesidad tiene la gente de hacer el ridículo.

Todo le resultaba caótico, el ruido le taladraba el cráneo. Jaime se abría paso entre la multitud, empujando y buscando huecos por donde avanzar; quería llegar hasta la plaza, su último destino.

«Sin duda, será la zona más difícil —pensó—. Demasiada gente apelotonada».

La música se escuchaba más alta a medida que se acercaba al centro. Era un hervidero de gente. Habían instalado un escenario donde un grupo de hippies cantaban canciones sobre la cultura y tradiciones de la región. La voz grave del cantante se acompasaba con los acordes de una guitarra.

En la plaza no cabía un alfiler: gente sentada en las escaleras que subían hacia la iglesia; otros en los poyos de piedra y los que tenían más marcha bailaban frente al escenario.

Las bombillas colgadas de las guirnaldas proyectaban una luz tenue y anaranjada que desdibujaba los rostros y hacía más difícil reconocer a nadie. El ambiente se sentía cada vez más pesado, como si se estrechara a su alrededor.

Jaime se quedó de pie en una esquina, en una posición más elevada que le permitía tener una vista panorámica de la plaza. Entre tantas personas pasaba completamente desapercibido, casi como una sombra entre la multitud. Había sido un acierto comprar esa ropa informal.

Observaba con atención cada silueta: parejas abrazadas, un niño tirando de la mano de su madre, adolescentes tonteando con unas chicas... Sus ojos se deslizaban de un lado a otro, estudiando cada movimiento a su alrededor.

El ritmo de la música cambió y se hizo más lento.

—Vale, ahora toca canción moña —masculló entre dientes.

En el centro, el público comenzó a reunirse en parejas, atraído por las primeras notas musicales de una canción lenta que la banda empezaba a tocar.

La escena de los cuerpos abrazados le recordó por qué estaba allí.

El pensamiento de Sara lo golpeó como un mazo.

Desvió la mirada hacia otro lado porque esas imágenes de gente enamorada le dolían como una herida infectada y no lo soportaba.

Como si tuviera un interruptor, apagó la luz y se desconectó de ese momento.

Un estallido de aplausos lo trajo de nuevo a la realidad. Al fondo, alguien gritaba algo que no logró entender; otros silbaban, risas... Todos parecían un poco alborotados, algo estaba pasando.

De pronto, se oyó un resoplido nervioso de alguien que sujetaba un micrófono y se amplificaba brutalmente por los altavoces.

—¡Agh! ¿Pero qué ruido es ese? —protestó Jaime haciendo una mueca de fastidio.

Sus ojos se posaron en el escenario de donde provenía todo el revuelo.

Pero no prestó atención. Apenas se detuvo unos microsegundos para ver que un espontáneo, en un alarde de valentía, se había subido allí y parecía querer decir unas palabras.

No podía distraerse y se desplazó unos metros para seguir acechando.

El romántico del escenario seguía hablando, animado por los vítores del público.

—Por favor, que se lo quiten ya —susurró haciendo una mueca de desprecio mientras caminaba hacia la parte derecha de la plaza.

Y de pronto, como si hasta ese momento todo se hubiera dicho en otro idioma, sin comprender una palabra, escuchó a través de los altavoces un nombre, tan nítido, tan claro, que le atravesó los tímpanos como una aguja: «Sara».

Y después: «Te quiero».

Se detuvo en seco.

Sintió un peso repentino en el pecho y el corazón empezó a latirle tan fuerte que pareció que le iba a estallar. ¿Había oído bien? ¿Había escuchado el nombre de Sara? ¿Su Sara?

Se giró hacia el escenario buscando con la mirada al tipo del micrófono, pero ya no estaba.

—Calma —se dijo—. ¿Cuántas Saras puede haber aquí, en un día como hoy?

Pero algo en su mente le decía que no debía estar tranquilo. Se abrió paso a empujones entre la multitud, tenía que llegar a la zona cero cuanto antes.

—¡Oiga, tenga más cuidado! —le increpó un señor mayor, al que apartó bruscamente.

Jaime lo ignoró, ni siquiera se volvió. Aceleró el paso, esquivó a unas señoras y caminó como un autómata hacia el centro de la plaza. Estaba a punto de llegar, tan solo unos pocos metros y podría comprobar quién era esa «Sara».

Algo lo hizo parar de repente.

Jaime vio a un grupo de personas que aplaudían y rodeaban a una pareja que se estaba besando.

Su respiración se aceleró. Una presión en el pecho lo atravesó y sin poder evitarlo se llevó una mano al corazón, como si temiera que se le pudiera parar. Sintió un calor sofocante que le subía por el cuello y, en cuestión de segundos, la cara se le encendió de furia.

—Sara... —susurró.

Era ella.

Al verla, apretó los dientes con tanta fuerza que los oyó rechinar y todo a su alrededor se redujo a un estrecho túnel, donde solo estaba ella. No era la imagen que esperaba encontrar; la de una mujer desvalida, suplicando perdón y rota por el dolor.

El pelo le caía alborotado por los hombros, tenía la cara sonrojada y le brillaban los ojos.

Estaba radiante, feliz.

Y estaba besándose con el mismo hijo de puta que él llevaba días buscando.

Jaime avanzó unos pasos en dirección a la pareja, con los nudillos tensos, sin parpadear; la mirada fija en su objetivo y ciego por la ira.

Los vio riendo, abrazados.

Algo se desató dentro de él, un impulso violento, un deseo irrefrenable de reventarle la cara a ese tío, de estamparle los puños contra los dientes.

A su alrededor el ambiente seguía siendo festivo aunque para él todo se hubiera vuelto negro. Las risas, el baile, chiquillos gritando y padres distraídos.

Una niña cruzó corriendo justo delante. Jaime, poseído por una cólera que le impedía frenar y detenerse, la apartó con el brazo. La pequeña cayó de bruces con un golpe seco y comenzó a llorar.

—¡Cuidado! ¡La niña! —gritó una mujer.

La madre corrió a levantarla.

—¿Qué hace? ¿No puede mirar por dónde va? —le recriminó.

Jaime se giró, furioso, gritándole:

—¿Y usted puede hacer el favor de ocuparse de su hija?

La mujer, sorprendida por la reacción, le replicó:

—¿Es que no ve que es una niña pequeña?

La gente empezó a formar un corro alrededor de ellos y de inmediato apareció el padre, un hombre corpulento.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó encarándose con Jaime.

—Este señor —señaló la mujer— ha empujado a la niña y encima dice que es culpa nuestra.

Jaime levantó las manos para tratar de calmarlo, pero el padre avanzó hacia él desafiante.

—No he dicho eso —respondió bajando la voz.

Algunos cuchicheaban a sus espaldas y Jaime supo que iba a meterse en un tremendo lío.

Reculó.

Entre sus planes no estaba el enzarzarse en una pelea con un desconocido. Su objetivo era otro.

Se le pasó por la mente disculparse, pero lo desechó al momento. Él nunca había sido bueno cediendo y la soberbia era más fuerte.

Alzó la vista y vio más allá que Sara seguía colgada de los brazos de aquel mamón.

Dudó entre correr hacia ellos y liarse a golpes o dar media vuelta y preparar un contraataque.

Eligió lo segundo. Nadie allí iba a ponerse de su parte.

Su abuelo solía repetirle una frase atribuida a Bonaparte: «Una retirada a tiempo es una victoria». Y esa idea le pareció la mejor opción. No era huir, era estrategia.

Dio unos pasos hacia atrás, sintiendo cómo la tensión le contraía los tendones, y las manos todavía le temblaban.

Se volvió, empujando a los que tenía alrededor, y desapareció por un callejón oscuro.

Había encontrado a Sara.

En un instante, la reconciliación que había imaginado se esfumó, arrastrando consigo la última esperanza de que regresara.

Ahora ella era un objetivo y nada lo detendría.