Capítulo 25. A lumbre d’as leyendas
A LUMbrE D’AS LEYENDAS
E l sábado, el pueblo amaneció irreconocible, parecía otro. Las calles estaban decoradas con cintas y banderines que se movían con el viento, dándole a todos los rincones un aire festivo y alegre.
En la plaza habían levantado un pequeño escenario de madera para dar los conciertos y otras actividades que se iban a celebrar.
A su alrededor, el mercadillo ya estaba en marcha, con varios puestos que ofrecían productos artesanales y que se extendían también hacia alguna de las calles paralelas, donde se podía ver alguna exposición de esculturas y cuadros con la temática de las leyendas.
Jara avanzaba entre la muchedumbre con Sara a su lado. Mientras se dirigían hacia uno donde vendían jabones naturales, los chicos se habían quedado haciendo cola en la barbacoa.
El aroma a incienso, aceites y cuero curtido que venía del puesto de bolsos se mezclaba con las risas de los niños que corrían por la plaza.
—No pensé que sería tan grande y que habría tanta gente —comentó Sara maravillada—. Y ese señor va disfrazado de... ¿cabra?
Jara soltó una risa.
—De rebeco, para ser más exacto —corrigió—. Es el Basajauru, el guardián ancestral con forma de rebeco que protege nuestros bosques y guía a los excursionistas perdidos. Aunque, sinceramente, si además patrullara para espantar a los imprudentes, ya sería perfecto —bromeó con ironía.
Sara rio.
—¿Y tú crees en esas cosas?
Jara se encogió de hombros.
—Me gusta creer que hay algo de verdad en las historias que cuentan, todas nacen de algo real. —Se acercó a un puesto a oler una vela aromática—. Y, sobre todo, forman parte de nuestra tierra.
Un sonido de gaitas interrumpió la conversación.
Bajando por la calle principal, una comparsa avanzaba con ritmo alegre.
Tras ellos, un hombre vestido con un traje negro y naranja y una máscara con forma de pico comenzó a relatar una historia en voz alta.
La gente se detuvo a su alrededor escuchando atentamente.
—Mira, Sara. Este es el Causamóns, protector de los cielos. Esta leyenda te va a encantar. Representa al Quebrantahuesos, un ave que se alimenta de huesos. Si ves uno, dicen que tendrás un buen año.
Sara la miró divertida.
—Vale, pero, si esta noche tengo pesadillas a causa de todas estas criaturas, te echaré la culpa.
Las dos rieron al tiempo que se arrimaban al grupo de espectadores.
Escucharon con atención como el Causamóns narraba su historia en voz baja, haciendo pausas para darle un aire misterioso y batía las alas para escenificar y dar más realismo a la leyenda.
Los niños lo miraban fascinados con la boca abierta.
Al acabar, la gente aplaudió con fuerza.
Poco a poco los aplausos cesaron y entonces las chicas continuaron su camino hacia el puesto de jabones que estaba al final del callejón.
Avanzaban, abriéndose camino entre la gente y curioseando en las diferentes casetas que iban encontrando. Se pararon en una de dulces y licores hechos con hierbas del campo.
—Espera, Sara. Quiero preguntar cuánto vale esa botella de hidromiel.
Su amiga intercambió unas palabras con el tendero y cuando acabó siguieron andando. Un poco más lejos, Sara vio otro puesto que atrajo su atención.
—Vamos a ver ese de allí —dijo señalando el que tenía un cartel en la parte superior: « el botiquín natural - infusiones, jarabes, cataplasmas ».
Al cuidado había una mujer, ya de avanzada edad, vestida acorde con la temática de la feria: falda larga y vaporosa a juego con la blusa, unos enormes pendientes de aro y los dedos llenos de anillos.
Solo le faltaba el pañuelo en la cabeza para que su apariencia fuese la de una auténtica gitana romaní.
Tenía los productos expuestos en una mesa plegable cubierta por una colorida tela. Varias cajas apiladas servían de mostrador para dar mayor visibilidad a todo.
Sara observaba detenidamente los frasquitos de cristal, etiquetados con letra rústica:
« Té de pasiflora - Para el descanso y el estrés ».
«Saúco - Alivia la fiebre».
«Regaliz - Suaviza la garganta. Mejora la tos».
—¡Vaya, qué interesante! —exclamó Sara sin apartar la vista de todo lo que tenía frente a ella.
La mujer las miró con un gesto de ternura.
—Chiquillas, ¿qué buscáis? ¿Un remedio para el cuerpo o para el alma?
Las dos amigas se miraron sonriendo.
—Nos vendría bien un poco de todo —contestó Jara con un suspiro—. Pero hoy me llevaré ese anillo con la piedra azul; el que tiene ahí —dijo señalando un expositor.
Sara seguía embobada recorriendo el puesto con la vista. Colgados del techo por una fina cuerda pendían varios atrapasueños, tejidos en forma de red. Las plumas de diferentes colores se mecían con el aire de un lado a otro.
—Me hace falta uno de estos —murmuró pensando en las pesadillas que aún la despertaban algunas noches.
Al fondo, en una cesta de mimbre, había varios saquitos de tela de yute sin etiquetar y que ocultaban su contenido.
—¿Alguno sirve para alejar las malas vibras? —preguntó Sara apuntando a la cesta.
—Tengo varios —contestó la mujer—. Deja que busque.
La mujer rebuscó entre los saquitos y sacó uno.
—Llévate este; contiene ruda y romero. La ruda es una planta protectora muy potente y el romero protege de las malas energías.
Sara extendió la mano y la mujer le entregó el saquito, cerrándole los dedos con firmeza alrededor del pequeño bulto. Al contacto, la mujer entrecerró los ojos y sintió una corriente helada que le trepó por el brazo. Fue tan rápido que ni siquiera tuvo tiempo de apartarse.
—Niña, ten cuidado —susurró mirando a Sara fijamente—. Hay presencias que no se ven, pero que acechan. —La mujer se quedó callada un momento—. Esto te lo regalo.
Sara sintió un vuelco en el estómago, no pudo evitar pensar en Jaime.
—No, por favor. Dígame cuánto le debo —pidió, algo incómoda con la situación.
—No es nada —respondió la mujer—. Ahora, marchaos y disfrutad de la fiesta.
Sara guardó con cuidado el saquito y se alejaron poco a poco del puesto.
—¿Qué habrá querido decir? —preguntó Sara.
Una punzada le atravesó el pecho al recordar de nuevo a Jaime.
—Bah, no hagas caso —contestó Jara restándole importancia—. Está interpretando el papel de hechicera misteriosa.
Sara no estaba tan segura. Quizás para Jara era parte de la diversión, pero para ella la intuición rara vez le fallaba y, aunque no lo dijera, ella creía en esas cosas de brujas. Giró la cabeza una vez más hacia el puesto y vio que la falsa romaní continuaba mirándola.
—Puede que tengas razón —dijo Sara encogiéndose de hombros.
Jara le dio un pequeño codazo para desviar sus pensamientos.
—Venga, vamos a buscar a los chicos.
Sara esbozó una tímida sonrisa, intentando disimular su preocupación, y volvieron a colarse entre el bullicio de la gente.
Los encontraron apoyados en la barra del chiringuito sujetando unos platos de cartón en una mano y, en la otra, unas cervezas. Habían pillado unos montaditos de chorizo y lomo a la brasa que olían deliciosamente.
—¿Dónde os habíais metido? —preguntó Silván.
—Venimos de buscar suerte —dijo Sara arqueando los labios.
—O de espantar la mala —añadió Jara.
Ellas intercambiaron una mirada de complicidad.
—¿Y los jabones? —preguntó Silván.
Ambas compartieron una sonrisa.
—Nos hemos olvidado por completo —respondieron casi al unísono estallando en risas.
Los dos hombres se miraron entre sí, sin articular palabra, en un gesto de «¿tú entiendes algo?». Pero desviaron la conversación hacia otro asunto.
Al fondo se escuchaba la música de un grupo folk que tocaba en la plaza.
Las voces y las risas se mezclaban con las canciones y el humo de la brasa.
El ambiente era divertido y Sara se relajó pensando que nada malo podía pasar estando rodeada de sus amigos, aunque no conseguía quitarse esa pequeña presión en el pecho, constante, como una alerta.
Era ya de noche y la plaza estaba abarrotada de gente.
Se habían encendido las bombillas y los banderines de colores brillaban con más intensidad.
Los niños se movían en corro, vigilados por sus padres, que bailaban cerca de ellos, mientras un grupo de abuelos observaban, sentados en el banco de piedra, cómo se divertía la gente.
—¡Aaarriba esas manoooos! —gritó el cantante, y la gente empezó a dar palmas saltando sobre sus pies.
La banda acabó su cuarta canción y esta vez el ritmo se volvió más lento.
David rodeó la cintura de Sara desde atrás y ella dejó que su cabeza descansara sobre su hombro. Él respondió acercándose más, besándola en el cuello y dejándose seducir por su perfume. La temperatura subió entre sus cuerpos. Cada roce con la piel, cada caricia, era una mecha encendida.
Comenzaron a bailar despacio. David la giró con suavidad y apoyó las manos en sus caderas. Sara se dejó llevar con pasos lentos y le rodeó el cuello con los brazos.
El mundo pareció detenerse en ese instante y dejó de pensar en todo lo demás. Solo estaban ellos y la música, que en sus oídos ni siquiera sonaba fuerte; como si alguien hubiese bajado el volumen al pueblo entero.
La canción terminó. Los aplausos estallaron a su alrededor, de fondo. Pero no se movieron. Siguieron abrazados, como si el grupo siguiera tocando.
Sara se puso de puntillas y acercó su rostro al de David, que se inclinó hacia ella, sin prisa. Sus labios se rozaron con cierta timidez antes de fundirse en un beso profundo.
Al separase, se miraron a los ojos, sonriendo. Y solo entonces se unieron a los aplausos con un leve retardo.
Los músicos parecían a punto de hacer un descanso; dejaron a un lado los instrumentos y se dispersaron para beber agua. En un arrebato, David se escabulló del grupo y trepó hasta el escenario.
Se acercó al cantante e intercambió unas palabras con él, que divertido asentía con la cabeza.
—¡Escuchad todos un momento! —gritó con micrófono en mano—. Aquí, mi amigo —dijo señalando a David con sonrisa pícara— quiere dedicar una canción a una persona muy especial.
Desde el público, se oyeron murmullos, risas y silbidos, expectantes ante lo que iba a ocurrir.
—Será mejor que hable él mismo.
El vocalista le palmeó la espalda y le pasó el micrófono.
Sara, que hasta ese momento no había prestado atención al escenario, se giró para ver qué se estaba cociendo. Y en ese instante lo vio allí arriba, con el micrófono temblando en su mano.
Jara y Silván estaban desternillándose de risa a su lado.
—¿Pero qué hace ahí? —preguntó Sara en voz alta.
David empezó a sudar y a pasarse la mano por la cabeza.
Ella lo miró con una ternura repentina; siempre se mostraba tan seguro que verlo así, tan vulnerable, la descolocó.
—Yo... esto se me da fatal. Pero si no lo digo reviento.
—¡Ánimo, suéltalo ya! —Se escucharon gritos al fondo.
David resopló y el ruido sonó amplificado por mil, como una ráfaga de aire tan fuerte que algunos se taparon los oídos.
—¡Perdón! Yo... —volvió de nuevo a la carga y respiró hondo— he conocido a una mujer especial que me ha cambiado la vida —dijo al fin—. Estar con ella me hace mejor persona. Quiero que sepa lo mucho que me importa.
La gente rompió en aplausos. Sara se llevó las manos a la cara, muerta de la vergüenza, pero conmovida a la vez. Algunas miradas se volvieron hacia ella y notó cómo se convertía en el centro de atención.
David continuaba sujetando el micrófono, animado por los gritos.
—La próxima canción es para ti, Sara —anunció—. Te quiero.
Un foco recorrió las caras buscando entre el público a la afortunada, hasta que se detuvo en Sara. Y entonces David entregó el micrófono al guitarrista, que lo observaba sonriendo. Saltó fuera del escenario y corrió hacia ella, que lo esperaba con ojos vidriosos, desbordada por la emoción.
—Te quiero —volvió a repetir David en voz baja cuando estuvo frente a ella.
—Te quiero —le respondió arrojándose a su cuello.
David estalló de alegría y sin poder contenerse empezó a gritar.
—¿Lo habéis oído? ¡Me quiere!
Sin pensarlo, en un arrebato de emoción, la levantó del suelo; ella, sorprendida, soltó un pequeño gritito y los dos estallaron en una risa descontrolada mientras giraban.
—Es la primera vez que te escucho decir que me quieres —le susurró David al oído, tan bajito que solo ella pudo oírlo.
—Hace tanto tiempo que no siento algo así que había olvidado que existía esa palabra.
Decirlo en voz alta le resultó liberador y lleno de esperanza, como si una parte de ella volviera a despertar. Y las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas.
David la observó en silencio, un instante, y sin decir nada deslizó sus dedos con suavidad para secar las lágrimas. Luego, con una inmensa ternura, la tomó del rostro con ambas manos y la besó.
Se separó, la miró fijamente, como si estuviera intentando transmitir todo lo que sentía a través de sus ojos, y volvió a besarla.
Sabían que esa noche iba a ser mágica.
Pero, mientras reían, una figura se movía entre la gente, casi invisible. Sin acercarse, solo observando.
Ya avanzada la noche, el grupo se fue alejando de la plaza, ahora casi vacía, en dirección al aparcamiento. La mayoría de los puestos habían echado las cortinas y todo estaba recogido. En un banco cercano, una pareja se hacía carantoñas, ajenos a su alrededor.
Sara se quedó unos pasos por detrás de sus amigos, distraída leyendo un panfleto que había recogido del suelo.
De pronto, tuvo una sensación extraña, como si alguien la observara entre la oscuridad del callejón. Una corriente fría le recorrió el cuerpo y el corazón se le aceleró. Se giró, pero no vio a nadie, aunque juraría que algo se movió entre las sombras.
—¿Estás bien? —preguntó David retrocediendo para alcanzarla.
Ella asintió y reanudaron el camino, pero Sara no pudo evitar volver la vista atrás. Nada. Pese a ello, la sensación de que tenía unos ojos pegados a su espalda no desapareció.
Metió la mano en el bolsillo y apretó con fuerza el saquito de ruda y romero, deseando que desatara su magia. Nunca antes había necesitado creer tanto en una superstición.