Huye Capítulo 24. Desesperado
76%

Capítulo 24. Desesperado

DESESPERADO

L a recepcionista, con una sonrisa amable que ya empezaba a desdibujarse, negó con la cabeza.

—Señorita, vuelva a comprobar si queda alguna habitación libre —insistió Jaime—. Estoy dispuesto a pagarle el doble si hace falta, pero necesito quedarme en esta zona.

La mujer lo observaba con curiosidad. No era habitual ver en la posada a este tipo de clientes: trajeados y sin compañía. La mayoría eran parejas buscando una escapada romántica o senderistas con botas de montaña cargados con abultadas mochilas.

—Lo siento mucho, señor —dijo con paciencia—. Tenemos todo reservado desde hace meses. Este sábado se celebra el festival A la Luz de las Leyendas, y la gente no quiere perdérselo.

—No me interesa el festival. Estoy aquí por otros asuntos.

—En ese caso, señor, insisto: no hay disponibilidad.

Jaime hizo una mueca de fastidio, se pasó la mano por el pelo, un gesto que repetía cuando empezaba a perder la paciencia, y miró a su alrededor como si buscase una solución.

—Perfecto. Festival, leyendas, cero habitaciones —murmuró con sarcasmo dejando escapar un suspiró de frustración. Al fin, dio media vuelta sin decir ni gracias.

Se dirigió hacia su coche aparcado en una zona alejada del centro. La puerta se abrió sola al detectar su presencia; se dejó caer en el asiento y cerró los ojos en cuanto su cabeza tocó el respaldo.

No quería regresar al hostal de carretera donde se alojaba desde hacía ya tres noches.

No soportaba el olor a gasolina de la estación de servicio que tenía a escasos metros, ni el ruido constante de los camiones maniobrando.

Además, tenía que hacerse con ropa nueva, no podía seguir con el mismo traje durante más tiempo.

Lo que debía ser una escapada de un par de días se estaba alargando demasiado.

El retumbar del móvil en la chaqueta lo sacó de sus pensamientos. Lo desbloqueó y vio una lista interminable de llamadas perdidas del trabajo. Se frotó los ojos en un gesto de desesperación.

«Esto se me está yendo de las manos y todo por culpa de ella. Solo quiero recuperar mi rutina, pero la muy... me lo está poniendo difícil», pensó apretando la mandíbula.

Sus manos se cerraron alrededor del volante y dejó caer la cabeza, harto de no conseguir resultados.

Abrió de nuevo la aplicación de Mercedes Me y marcó la solicitud para conocer la localización del coche.

Accedió con desgana, sin esperar novedades, aguardando a que la ubicación parpadeara fija en el taller.

Pero esta vez fue diferente: el coche se había movido. Apenas unos metros, un movimiento sutil, pero lo suficiente para helarle la sangre.

—¡No me lo puedo creer! —exclamó con un júbilo contenido.

Se irguió en el asiento como impulsado por un resorte y amplió el mapa con los dedos.

—Sigue estando en este pueblo.

Sin perder un segundo, pulsó el botón de arranque, dio marcha atrás de forma brusca, y el coche salió disparado, haciendo silbar las ruedas. Giró el volante con decisión y se lanzó en dirección hacia donde estaba el icono.

Durante el trayecto el paisaje fue cambiado poco a poco. Atrás habían quedado las calles estrechas del pueblo, que ahora se habían convertido en una zona de vegetación más frondosa, con casas aisladas entre árboles altos y la montaña alzándose imponente detrás.

Se inclinó, para ver mejor a través del parabrisas, con la vista fija en la ladera. A muchos les habría parecido un sitio idílico para desconectar, incluso para vivir. Para él, todo lo contrario.

—¿Pero qué mierda de sitio es este? —protestó chasqueando los labios cuando el navegador le indicó que entrara en un camino de tierra.

El deportivo avanzaba lento, esquivando los baches que se había formado con las últimas lluvias. Al girar la curva se encontró con otra casa más. Era grande, de una sola planta, rodeada por una amplia explanada de grava y tierra prensada que hacía las veces de aparcamiento.

El exterior estaba forrado de piedra y el tejado era de pizarra. Un amplio porche de madera rodeaba la parte delantera y unos amplios escalones conducían a la puerta principal.

Ni rastro de su coche. Sin embargo, volvió a conectar la aplicación y vio que el punto seguía parpadeando allí mismo. «¿Pero dónde?», pensó mirando a su alrededor.

Se bajó del coche y cerró la puerta despacio para no hacer ruido, solo el crujido de la grava al andar rompía esa calma. No había nadie.

Subió por las escaleras y se asomó por una de las ventanas que daba al porche. Dentro vio un gato que bebía agua junto a un comedero lleno de bolas de pienso.

Volvió a salir de la app . Tal vez necesitaba actualizarse para mostrar la ubicación en tiempo real.

—Nada. Sigue igual —murmuró frunciendo el ceño sin dejar de mirar la pantalla.

Bajó de nuevo por la escalera para inspeccionar el exterior.

Se acercó al lateral de la casa deslizando los dedos por la pared de piedra, fría, áspera, y caminó hasta la parte trasera, donde el terreno descendía hacia un pequeño arroyo, apenas visible entre la maraña de árboles.

El murmullo del agua no lograba ocultar el ruido de las ramas y hojas a su paso.

Al rodear la esquina trasera, un brillo metálico captó su atención. Se detuvo en seco.

Allí estaba. Su coche. Lo habían aparcado bajo un tejado de chapa como si quisieran ocultarlo.

Jaime se quedó en el sitio, intentando controlar la respiración, recorriendo con la vista la zona que había a su alrededor y buscando cualquier indicio de actividad.

De Sara, ni rastro.

No debía permanecer allí más tiempo, alguien podría llegar y darse una situación muy incómoda. Él era de los que preferían tener un plan. Tenía que marcharse, al menos por ahora. Después ya vería.

Se incorporó para sacudirse el polvo y estirarse la camisa arrugada. Era consciente de que después de tres días con la misma ropa mostraba un aspecto desaliñado y lo que buscaba era pasar desapercibido.

De modo que regresó hasta su coche y condujo por el mismo camino de tierra por el que había venido. Pasó junto a los mismos árboles, las mismas casas dispersas, pero ahora le parecía todo diferente.

Llegó hasta una zona comercial. El bullicio de la gente yendo de un lado a otro, que caminaban distraídos cargados con bolsas, mientras él avanzaba esquivándolos, le suponía una molestia.

Tuvo que atravesar varios pasillos hasta dar con una tienda de ropa deportiva. No era su estilo, pero precisamente era lo que buscaba: discreción. Cogió unos pantalones cargo, una sudadera oversize con capucha y unas zapatillas Nike. Entró al probador y corrió la cortina.

Se estudió frente al espejo con su nuevo atuendo, mirándose de arriba abajo, girando el torso.

«Fantástico. He pasado de ser un ejecutivo de alto nivel a parecer un delincuente de barrio», ironizó.

Cuando salió era otra persona.

***

El camino estaba igual que antes, todo seguía en su sitio; sin embargo, para él, el ambiente se había vuelto hostil.

Antes de llegar a la pista de tierra que conducía a la vivienda, se desvió en un cruce y avanzó por un sendero poco transitado, casi oculto por la maleza.

«Bordearé la zona a pie. Tardaré unos minutos, aunque no estoy lejos».

Se abrió paso con dificultad entre los arbustos, esquivando ramas que se le enganchaban en la ropa y le arañaban la cara.

Al fin llegó a un claro desde el que divisaba la construcción casi en su totalidad: el porche entero y un lateral.

Se sentó junto a un árbol enorme que debía de tener al menos doscientos años.

Y esperó. No tenía prisa.

Esperó una hora, o dos; el tiempo apenas transcurría.

Y entonces escuchó algo: el ruido de un motor que se aproximaba.

Era una pick up , una Toyota de esas que están hechas para atravesar cualquier terreno y responder en todo tipo de situaciones.

De gran tamaño, algo tosca, con la parte trasera oculta por una lona que protegía la zona de carga.

Estaba cubierta de polvo y, en los laterales, se apreciaban varios arañazos.

Un tío que tendría su misma edad se bajó, cruzó el porche y desapareció tras la puerta, con un maletín en la mano.

Jaime sacó el móvil y, con un ligero temblor en los dedos, activó el zoom de la cámara para captar los detalles del hombre, pero no tuvo tiempo, enseguida se esfumó.

Continuó moviendo la cámara del teléfono de un lado a otro. Enfocó a la matrícula de la camioneta y mantuvo el zoom fijo hasta memorizarla.

El tipo no tardó mucho en volver a salir. Se montó de nuevo en el coche y se alejó.

Jaime permaneció atento a cualquier movimiento, ansioso por ver a Sara aparecer de un momento a otro. Estaba convencido de que el coche no estaba allí aparcado por azar. Sin embargo, la casa continuó vacía.

Estaba anocheciendo y el frío le calaba los huesos, pero no se movió hasta que empezó a tiritar y a sentir los músculos entumecidos.

Se puso de pie sacudiéndose la tierra de los pantalones y echó un último vistazo hacia el porche.

—Será mejor que regrese antes de que me congele —susurró—. No quiero perderme en estos bosques.

Lejos de desanimarse se alejó satisfecho del lugar.

Iba por buen camino.

Ahora solo tenía que localizar esa camioneta.