Huye Capítulo 23. Al completo
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Capítulo 23. Al completo

AL COMPLETO

J ara estaba de pie frente a la puerta del ayuntamiento.

A su lado, Sara, con los brazos cruzados e inclinada sobre el tablón de anuncios, lo observaba en silencio.

Habían quedado para tomar un café aprovechando la hora de descanso de Jara, que trabajaba como administrativa cerca de allí.

Las dos contemplaban con curiosidad un cartel colgado en el tablón.

—« festival a lumbre d’as leyendas » —Jara leyó en voz alta, acercándose un poco para ver mejor; se había dejado las gafas encima de la mesa.

Sara ladeó la cabeza.

—¿Qué significa?

—«A la luz de las leyendas» —respondió Jara, sin apartar la vista del cartel—. Es un festival que organiza el ayuntamiento desde hace años. Trata sobre las leyendas locales, esas que siempre nos han contado desde niños: criaturas mitológicas, espíritus del bosque, brujas.

Levantó los brazos y empezó a dibujar en el aire líneas y curvas, haciendo figuras invisibles.

Sara la observaba divertida, contagiada de su entusiasmo.

—Durante unos días, el pueblo se transforma —prosiguió—. Hay talleres, representaciones teatrales, música en la plaza y rutas nocturnas. Incluso algunos vecinos se disfrazan para contar historias por las calles.

—¡Ah, qué chulo! Apuesto a que el pueblo se pondrá hasta arriba de gente.

—Ni te lo imaginas. —Jara hizo un gesto exagerado con la mano—. Sobre todo familias. Es una forma de mantener vivas las tradiciones populares, pero también supone un empujón económico para el pueblo.

Sara sonrió intrigada.

—Pues ya sabes; este año no me lo pierdo.

—Y yo me encargaré de que tengas sitio en primera fila —dijo guiñándole el ojo.

Sara señaló de nuevo el cartel apuntando con el dedo unas letras.

—¡Mira! A las diez, « inauguración del mercado mágico y rincón gastronómico ». Y luego pasacalles y una ruta teatralizada por el bosque.

—Podemos quedar por la tarde —propuso Jara entusiasmada—. Vamos al concierto de música celta-aragonesa y después vemos la Danza de las Bruxas.

—¿En qué consiste?

Jara puso voz misteriosa y alzó las manos moviendo los dedos como si diera forma a un hechizo.

—Es un ritual ancestral. Las bruxas del Pirineo hacen una danza mágica para invocar a la primavera. Bailan en círculo, rodeadas de humo y sonidos del bosque. El fuego no es real, claro —añadió—, solo luces y niebla, pero te envuelve tanto que parece de verdad.

—Uauu —exclamó Sara, sin poder ocultar la euforia—. Me muero de ganas de verlo.

Las dos se quedaron unos segundos en silencio, contemplando la ilustración central, que mostraba a varias figuras encapuchadas entre la niebla, danzando bajo una luna de color naranja en un bosque oscuro.

Sin decir nada más, sonrieron y reanudaron el camino hacia la cafetería.

De repente, Jara se detuvo al pasar frente a un pequeño local con un letrero que decía «Se alquila».

—¡Mira, Sara! —exclamó tirando de su mano con entusiasmo.

Ella parpadeó desconcertada.

—¿Qué pasa?

Jara trataba de buscar un huequito entre el papel que tapaba los cristales para ver el interior.

—¿No te lo imaginas? —dijo yendo de un lado a otro del escaparate—. Una oficina perfecta para ti. ¡Tu despacho de contabilidad aquí mismo!

Sara se tapó la boca con los dedos para no dejar escapar una risita. Sintió un cosquilleo de duda y emoción a la vez: la idea era tentadora, pero al mismo tiempo le producía vértigo.

—¿Tú crees que un negocio así funcionaría? ¿Aquí?

—No te van a faltar clientes —aseguró rotunda—. Este es un pueblo turístico y la mayoría tienen negocios. Todos se quejan de lo mismo: son incapaces de llevar ellos solos los impuestos.

Sara se pellizcó el labio mientras la idea empezaba a cuajar en su cabeza, aunque le provocase la sensación de estar saltando al vacío.

—¿Te imaginas lo que supondría para ellos tener una oficina aquí mismo, al lado de casa? Comodidad, confianza, cercanía.

—Nunca se me habría ocurrido —murmuró Sara alzando las cejas.

Jara continuaba hablando, con la nariz pegada a la ventana y las manos alrededor de los ojos formando un túnel para ver mejor.

—Mira a David. Está como niño con zapatos nuevos desde que te ocupas de sus papeles.

—Es verdad —rio Sara con una mezcla de orgullo y satisfacción.

David se había encargado de gritar a los cuatro vientos que ella era licenciada en Economía y experta en contabilidad, así, resumiendo con sus propias palabras.

Y lo cierto es que la propuesta de Jara resultaba coherente. ¿Por qué no? Podría montar su propio negocio, empezar desde cero, en el sentido más amplio de la palabra, y ser, de una vez por todas, independiente. El corazón le latió un poquito más rápido.

—Piénsalo —susurró Jara como si pudiera leerle la mente.

Se alejaron de allí caminando sin prisa mientras seguían charlando animadamente de sus cosas.

Al doblar la esquina pasaron junto a la posada del pueblo.

Era una casona antigua de piedra, restaurada hacía unos años, aunque fiel a su historia.

Tenía pocas habitaciones, pero todas con encanto: suelos de madera natural, cortinas bordadas a mano y balcones estrechos con apenas espacio para asomar los pies.

Dentro, un hombre frente a la recepción, de espaldas a la calle, captó la atención de Jara. Era joven y estaba bien vestido; su sola presencia desentonaba con el ambiente rural de la zona. Llevaba un traje a medida y sus zapatos Oxford de piel relucían sin una mota de polvo.

En la mano sostenía la llave del coche con el logotipo de la marca: una T plateada incrustada sobre el fondo negro brillante.

No era la típica llave cuadrada de otras marcas; de hecho, ni siquiera parecía una llave.

Era una réplica en miniatura del propio vehículo.

Un niño la habría confundido con un juguete si no fuera porque era demasiado elegante y minimalista.

Las chicas pasaron por delante del ventanal y Jara volvió a mirar de reojo al hombre, que discutía con la recepcionista.

Parecía insistir en alquilar una habitación, pero desde fuera se veía cómo la mujer negaba moviendo la cabeza y gesticulando con las manos para dejar claro que estaba todo al completo.

Jara pensó que, si aquel tipo buscaba alojamiento para ese fin de semana, lo iba a tener complicado.