Huye Capítulo 22. El coche
71%

Capítulo 22. El coche

EL COCHE

E l coche era un auténtico tanque. No lo recordaba así el día del accidente; ni siquiera se había fijado. En ese momento, su única preocupación había sido sacar a Sara de allí.

Ahora, viéndolo desde esa perspectiva, cuando el susto ya había pasado, tenía claro que esa máquina tan imponente y robusta le había salvado la vida.

No era de esos coches que, al primer golpe, se deforman como papel de aluminio y te dejan atrapado.

No. Era de los que aguantan, de los que resisten hasta el último aliento de metal solo para proteger a sus ocupantes. Un auténtico guerrero con escudo.

Daba gracias a Dios de que su estúpido marido le hubiese comprado un coche de esa clase. Era lo único que, el muy cabrón, había hecho bien. Al pensarlo, se aferró al volante con tanta rabia que las manos se le pusieron rojas.

Pisó el pedal con ganas y la respuesta fue inmediata: el coche salió disparado de forma silenciosa, con una fuerza que le lanzó contra el asiento.

—¡Uhuu! ¡Madre mía! —gritó de emoción.

El frenazo fue casi instintivo.

—Colega, me temo que estas carreteras de Ermella se nos quedan pequeñas. Tendremos que buscar un circuito donde te puedas desatar —dijo hablándole al coche con camaradería, deslizando su mano por el asiento de cuero.

El panel frontal lo tenía fascinado: se extendía de un extremo a otro, sin botones, todo táctil, y sabía que a través de la voz respondía a comandos, pero esa opción estaba configurada para el tono de Sara, de modo que no pudo probarlo.

—Esto no es un coche, es una nave espacial —dijo admirando el conjunto de leds que recorría todo el interior.

Bajo la consola central, donde estaba el reposabrazos, había una tapa deslizante.

Al abrirla encontró los portavasos y varios puertos de carga, entre otras cosas.

Pero lo que más le llamó la atención era el cacharro que había conectado a la toma de corriente de doce voltios.

A simple vista parecía un cargador rápido o algún tipo de adaptador Bluetooth.

—No sé —se dijo poco convencido—. Le preguntaré a Sara para qué sirve.

Cuando llegó a casa, David seguía eufórico. Sara continuaba con la contabilidad y ni se movió cuando escuchó girar la llave. Entró en la habitación y la besó en la mejilla.

—Estoy casi acabando —respondió cuando él preguntó cómo iba—. ¿Ha quedado bien el coche?

—Ha quedado perfecto, Sara. ¡Vaya pepino! ¡Cómo corre! —explicaba emocionado—. ¡Le rozas el acelerador y parece que va a despegar!

Ella le miraba divertida. Sabía muy bien cómo iba el coche.

—¿Le has dado el dinero a Paco?

—Claro.

—¿Y qué te ha dicho?

—Que muchas gracias. Se quedó petrificado cuando le di el sobre con los billetes —relató David—. Me dijo que con una transferencia habría valido, pero yo le respondí que mi novia acababa de atracar un banco —rio con ganas.

«Novia». En la mente de David, la palabra sonó prometedora. La había usado a propósito, con la intención de provocar una reacción en Sara, y ella se había puesto roja como un tomate.

—¿Cómo se te ocurre decir eso? A saber luego lo que se rumorea por el pueblo —repuso con resignación.

David sabía que no le molestaban aquellas bromas. Era una muestra más de lo fuerte que era y de que estaba decidida a que su pasado no la atrapara.

Le había contado, sin esconder nada, de dónde había salido aquel dinero y le mostró su pequeña cajita:

—Estas son las únicas joyas que me he quedado. Para mí son muy importantes —Y le había enseñado varias piezas modestas, como unos pendientes y una medalla de oro.

David estaba en la cocina, acabando de preparar una ensalada de espinacas con queso de cabra y pera, cuando de repente se acordó del cachivache que había conectado en el coche.

—Sara, una pregunta —gritó desde la cocina—. Es simple curiosidad, es que no lo había visto nunca. ¿Para qué sirve una especie de cargador que llevas conectado a la toma de doce voltios? El que está en el reposabrazos.

La reacción de ella fue inmediata. Se incorporó de golpe, arrastrando la silla, y fue corriendo hacia la cocina. Desde el marco de la puerta le preguntó alterada.

—No lo habrás tocado, ¿verdad?

Él negó con la cabeza, sorprendido por ese tono que no era habitual en ella.

—¿Seguro que no lo has desenchufado por error? ¿Lo has manipulado? —Seguía acosándolo a preguntas. No parecía enfadada, sino asustada.

—No. Solo lo vi. Ya está.

Sara salió corriendo a la calle, hacia donde estaba el coche aparcado. Él fue tras ella, con las manos pegajosas de pera limpiándoselas en el pantalón sin darse cuenta.

—Sara, ¿qué pasa?

Ella abrió la puerta del conductor, deslizó la tapa y suspiró aliviada al ver que el jammer seguía allí conectado.

David se acercó despacio y, al fijarse mejor, se dio cuenta de que aquel aparato no era un simple cargador de móvil. La alegría que sentía por el coche se esfumó de golpe reemplazada por una inquietante señal de alarma.

—¿Qué es esto? —preguntó serio.

Tardó unos segundos en responder.

—Esto... es mi salvavidas —contestó mientras señalaba el dispositivo.

—¿Cómo que tu salvavidas? —dijo David con la sospecha de que, una vez más, aquello tenía algo que ver con Jaime.

Ella le sostuvo la mirada un segundo, se apartó el pelo de la cara y luego miró hacia otro lado.

—Es para para que él no sepa dónde estoy.

Aquello le golpeó. Levantó las cejas, sin poder ocultar su cara de sorpresa mientras se pasaba la mano por la nuca.

—Qué hijo de puta —murmuró—. Otra vez él.

Cada vez que su nombre aparecía en una conversación, salía a la luz una nueva atrocidad sobre su carácter.

—Lo siento. Tendría que habértelo contado antes, pero me daba miedo que pensaras que exagero o que estoy loca. —Se retorcía las manos sin darse cuenta con una ansiedad difícil de disimular, con la sombra de David pensando que le ocultaba más secretos.

—No, no. Después de todo lo que te ha hecho no creo que exageres. Es que..., joder. —Tragó saliva sin saber qué más decir.

Se inclinó dentro del coche, acercándose esta vez, para examinar mejor los detalles del extraño cacharro.

—¿Qué hace exactamente?

Sara se tomó unos segundos antes de responder. ¡A ver cómo se lo explicaba sin que sonara a película de James Bond!

—Bloquea señales de GPS, móviles, ¡qué sé yo!

—Se encogió de hombros, hablando con calma, sin dejar de tocar el borde de la tapa deslizante del coche, abriéndola y cerrándola—.

Es un inhibidor. El tipo que me lo vendió dijo que era el mejor, pero solo lo tengo configurado para bloquear la señal del navegador del coche.

David parpadeó intentando procesar la información.

—¿De dónde lo has sacado?

Ella se mordió el labio. ¿Cuánto más iba a durar el interrogatorio? En realidad, no le molestaba que David la friera a preguntas; le daba miedo imaginar lo que estaría pensando.

—Si quieres saber dónde se compra... —respondió Sara al fin—. No se adquiere en el sentido tradicional; se consigue en el mercado negro. Es ilegal, está prohibido —hablaba en voz baja, como si estuviese revelando un secreto.

La frase le atravesó. David tensó la mandíbula, apretando los dientes, y se pasó la mano por el rostro desencajado. La simple imagen de verla moviéndose por barrios sórdidos y haciendo tratos con tipos peligrosos le puso la piel de gallina. Podía haberle pasado cualquier cosa.

—Mira, David —ella continuó hablando al observar que sus gestos pedían detalles, aunque no los expresara con palabras—, cuando estás en una situación límite, una de verdad —dijo con rotundidad, marcando las palabras para no dejar dudas—, y tu vida depende de encontrar una salida, buscas hasta que la encuentras.

Hizo una pausa y respiró hondo. Por un nanosegundo, fue como si retrocediera en su propio DeLorean , directa al instante en que cerró el trato.

—¿Que no llamas a las puertas más deseables? Vale. Ni siquiera sabes quién está al otro lado. Pero créeme, cuando no tienes alternativas acabas haciendo lo que sea.

David no pudo evitar pensar que Sara había adquirido los conocimientos de un auténtico delincuente. Se apoyó en una piedra que había junto a él, pensativo. Demasiada información para asimilar de golpe.

—Entonces, ahora mismo solo funciona para fastidiar el GPS, ¿no?

—Exacto —respondió ella sin dudar—. No llevo ningún dispositivo rastreable: ni móvil, ni reloj inteligente, ni tablet, ¡ni siquiera tarjetas de crédito! Me aseguré de dejar todo en casa. Bueno, todo menos el coche.

—¿Y por qué justo el coche? Me refiero a ¿por qué no valoraste otras opciones?

—¿Te has parado a pensar lo complicado que es desaparecer usando otro medio de transporte?

—Sara lo miró fijamente, para ella todo era más claro—.

Un billete de avión o de tren se rastrea en segundos.

Todo queda registrado: nombre, pago, destino, cámaras.

Con el coche tengo control, me da independencia, no dependo de horarios o rutas marcadas.

Si necesito irme ahora, me voy y listo. El único problema era la señal de GPS, y sabía que Jaime la usaría para seguirme.

David escuchaba con atención, como si le hablaran en otro idioma, intentado cuadrar todas las piezas.

—¡Ah! —exclamó—. Creo que ahora lo entiendo. Así que no hackea ni se mete en sistemas, ¿no?

Sara negó con la cabeza, paciente.

—No, solo interfiere las señales.

David seguía perplejo.

—Vale, entonces... —estaba buscando las palabras para describirlo—, es como si alguien pusiera la radio a todo volumen y no puedes hablar porque nadie te escucha.

—Eso es, se trata de un ruido digital —sonrió. Por fin, David lo había pillado.

Él se quedó un segundo en silencio, impresionado y alarmado de que existieran herramientas tecnológicas capaces de hacer eso.

—Ni tan siquiera sabía que se fabricaban cosas como esta —murmuró aún incrédulo.

—Ni yo —respondió en voz baja—. Hasta que lo necesité.

David permaneció callado, repasando los detalles en su cabeza.

Se levantó para mirar de nuevo el aparato a través del asiento del conductor, con una mezcla extraña de respeto y recelo.

Era pequeño, ridículo a simple vista, y escondía un poder más grande de lo que podía imaginar.

Intentó tocarlo, por instinto, pero Sara le atrapó la mano al instante.

—No lo toques —su voz tembló—. Es que... tengo miedo a que se desconecte y que el navegador comparta nuestra ubicación. Y eso es malo. Muy malo.

El silencio se volvió tenso. Sus palabras revelaban un profundo temor que la hacía vulnerable, y eso lo desarmó.

—Estoy asustada —confesó al fin, bajando la cabeza.

—Ey..., mírame.

—Estoy aquí —dijo posando una mano en su mejilla—. Y no voy a dejar que te encuentre. Te prometo que no te volverá a hacer daño.

Cerró los ojos con fuerza y él la atrajo hacia sí.

—¿Y si me encuentra?

—Entonces me tendrá a mi delante, esperándole.

La abrazó y la besó con tanta fuerza que se le cortó la respiración.

Pero lo que David no sabía era que Jaime ya estaba allí.