Capítulo 21. Papeles
PAPELES
D avid llevaba un rato despierto. La luz, aún débil, que entraba por la persiana a medio subir, apenas iluminaba la habitación.
Estaba en la cama desnudo, tumbado de lado junto a Sara, observando cómo dormía. Bajo la fina sábana, se dibujaba su silueta marcando cada curva de su cuerpo. El cabello le caía desordenado sobre la almohada y su respiración era lenta.
Estaba tranquila. Esa noche había vuelto a tener otra pesadilla; había comenzado a agitarse con nerviosismo y a murmurar palabras ininteligibles. Él se había limitado a abrazarla, y ella, dormida, se acurrucó en sus brazos.
Rozó con los labios uno de sus hombros desnudos y sintió un escalofrío de placer.
El recuerdo de esa noche todavía lo tenía intacto.
Sara moviéndose sobre sus caderas, con los pechos subiendo y bajando en cada movimiento, acompasado con su pelo que le caía hacia delante, como si fuera una diosa griega.
Había murmurado su nombre entre jadeos y un suspiro entrecortado que se le escapó al borde del delirio.
Ella le tomó de las manos, las entrelazó con las suyas y apretó los muslos, acelerando el movimiento, sin detenerse, con el aliento desbocado, con un vaivén constante, tan hipnótico que le hacía olvidar quién era.
Fuera de esa cama no había nada, solo ella sobre él, dentro de él, y la certeza de que le hacía perder la razón.
«No voy a seguir imaginando el resto o no podré salir de la cama», pensó sonriendo para sus adentros, sintiendo un calor por todo el cuerpo.
Se deslizó bajo las sábanas sin hacer ruido. No quería despertarla. No quería apartarse de su lado. Solo ansiaba recorrer su espalda desnuda, que lo llamaba como el canto de una sirena.
Tanteó con las manos el suelo, hasta que dio con su pantalón de deporte, y se fue al cuarto de al lado.
Mientras se dirigía a la habitación contigua, suspiró con resignación.
—Ahora me toca pelear con esa montaña de malditas facturas que me están esperando.
Encendió la luz del despacho y se quedó allí de pie, como si estuviera ante la habitación del terror con un ser maligno dispuesto a poseerle.
Tenía una mesa de escritorio contra la pared, que soportaba una torre inestable de carpetas y una pila de papeles, que él sospechaba que se reproducían como conejos cuando no miraba.
Se frotó la cara con las manos, dejando escapar un suspiro cargado de derrota, y avanzó hacia la mesa.
—Yo no soy contable —protestó dejándose caer en la silla—. Soy un simple veterinario. Lo mío es meter termómetros por el culo, evitar quedarme sin un ojo cuando tengo que vacunar a los gatos y convencer a los chihuahuas de que mi brazo no se come.
Cogió un puñado de recibos sujetos con un clip, absorto en sus cosas, cuando notó una mano en su espalda. Se giró despacio, encontrándose con la sonrisa cálida de Sara.
Se había puesto su vieja camiseta de Nirvana , esa que la noche anterior se había perdido debajo de la cama.
Le quedaba demasiado grande, las mangas casi le llegaban hasta los codos y era tan larga que le cubría parte de los muslos.
El cuello amplio dejaba entrever su hombro desnudo y, debajo, nada más.
El contraste entre su piel y el algodón gastado la hacía irresistible.
—¿Te he despertado? —preguntó David.
—Me pareció que te peleabas con alguien —respondió ella divertida.
—¡Oh! ¿He hablado en voz alta?
—Sí. Y has dejado claro que lo tuyo son los termómetros —respondió sin poder contener la risa.
David se rio medio avergonzado.
—Tengo que presentar los impuestos este mes y no sé por dónde empezar. ¡Todos los trimestres lo mismo!
Sara miró de lado la abultada carpeta de la que asomaban varios papeles. La cogió y, justo antes de abrirla, preguntó:
—¿Puedo?
David se encogió de hombros y le hizo un gesto con la mano, al tiempo que se recostaba en la silla.
—Adelante, si te atreves.
Sara echó un vistazo al contenido de la carpeta y después la cerró con decisión, dejándola de nuevo sobre la mesa.
—Puedo ayudarte —soltó con la mirada desafiante.
David levantó la vista y puso cara de «no me lo creo», con sonrisita incluida.
—Estudié Economía —dijo Sara, al fin—. Y tengo un máster en Contabilidad y Finanzas.
David estalló en una carcajada, no porque se estuviese burlando de ella, sino porque no se podía creer su suerte. Pero, de forma repentina, le asaltó la inseguridad: ¿y si era demasiado buena para él?, ¿y si algún día se cansaba de ese pueblo donde no podía crecer profesionalmente?
Ella volvió a besarle y el miedo se esfumó.
—Madre mía, qué buen partido eres —bromeó, al tiempo que la atraía hacia su torso desnudo—. Inteligente, maravillosa, guapísima...
—Tonto —susurró ella.
—Bésame —suplicó él.
Y Sara se inclinó sobre su boca, dejándolo sin aliento.
—¿Dónde trabajabas? —preguntó cuando al fin se separaron.
Él notó que desviaba la mirada con tristeza.
—No trabajaba. En cuanto acabé el master, Jaime y yo nos prometimos y después nos casamos.
David no quería presionar con preguntas; sabía que las heridas tenían que curar poco a poco. A él también le dolía saber cómo la había tratado: autoritario, frío, dominante; y la vena del cuello se le hinchaba al imaginarlo. Pero Sara siguió hablando con voz firme, como quien ya no teme a nada.
—Tuve una oferta muy buena, pero Jaime... Ya sabes. Necesitaba, una vez más, tener el control sobre mi vida.
Miró a David y se encogió de hombros. Él se frotó la nuca, como siempre hacía cuando estaba preocupado, esta vez conteniendo la rabia.
—Eres fuerte, Sara. Mucho más de lo que crees. No por todo lo que has soportado, sino por la valentía y el coraje de ponerle fin.
Ella habría seguido hablando sin parar, vomitando cómo había sido su vida de mierda y lujo a la vez, pero el móvil de David los interrumpió. Él se levantó y fue corriendo a cogerlo, no fuera a ser una urgencia.
—Era Paco —dijo David nada más colgar—. Ya tiene el coche listo, podemos pasar a recogerlo cuando queramos.
—Bien —respondió ella sin mucho entusiasmo.
—Si quieres, puedo encargarme yo cuando termine en la clínica. Aprovecho que tengo que ver a Silván y le digo que me acerque al taller.
—Por mi genial. Así podré dedicarme todo el día a tus papeles.
Se recogió el pelo en una coleta y cogió un taco de facturas para empezar a ordenarlas por fecha.
—Trato hecho.
David sonrió y sus ojos se encontraron con los de ella en una chispa de complicidad.
Fuera todo estaba en calma, o eso parecía.