Capítulo 20. ¡Por fin!
¡POR FIN!
S e agarraba al volante de su deportivo blanco mientras se alejaba de la ciudad a toda velocidad, cruzando los semáforos en lo que él llamaba un «rojo tierno»: ese instante exacto en que acaba de pasar del naranja al rojo y, aunque tu mente te diga que no pasa nada, la ley ya te multa.
Jaime pisó hasta el fondo el acelerador para no tener que frenar en el siguiente semáforo que acababa de cerrarse y cogió el desvío hacia la autovía.
Sintió cómo el coche respondía sin apenas esfuerzo, rodando sus más de cuatrocientos caballos sobre el asfalto, de cero a cien en poco más de tres segundos, indiferente a los radares.
Esperaba llegar de madrugada, sabía que a esas horas no encontraría por la zona ningún hostal donde caerse muerto, pero no le importaba. Prefería conducir a pasar otra noche sin pegar ojo. Dormir era una pérdida de tiempo, y no podía permitírselo.
Ahora que sabía dónde estaba el coche, era cuestión de horas saber dónde estaba Sara.
Tampoco tenía la certeza de que ella estuviera allí, pero su mente le decía que sí, por puro instinto.
—Estará allí, no tengo dudas.
Había introducido las coordenadas en el GPS, pero no por necesidad, las tenía grabadas a fuego en su cabeza:
42.670212, 0.072981.
El navegador marcaba un destino en algún punto perdido en el Pirineo aragonés.
—¿Qué cojones haces en medio de la nada, Sara? —escupió en voz baja.
Desde que recibió el informe técnico del área de seguridad, lo había leído tantas veces que podía recitar de memoria todos los datos.
Por supuesto, no fue a la comisaría; bastante carga tenía ya con la milonga que les contó acerca del robo. Tuvo que echarle imaginación para dar detalles de dónde fue, a qué hora y los mil datos que tuvo que improvisar.
Y total, los asuntos de pareja se arreglan en casa. Ya pondría todo en orden cuando la encontrase.
Jaime mantenía la vista fija en la carretera con las manos tensas sobre el volante. No sabía exactamente qué iba a decirle. Bueno..., sí.
—Te perdono, Sara.
Lo dijo en voz alta, imaginando la escena.
—Estoy dispuesto a olvidar todo lo ocurrido y empezar de cero.
Esa era la única idea que le rondaba por la cabeza mientras ponía la radio a todo volumen.
Condujo durante horas por la autopista hasta que el GPS le indicó que debía tomar la siguiente salida.
El deportivo recorrió unos cuantos kilómetros más antes de que la carretera se volviera más estrecha, casi sin arcén y con la línea divisoria borrada por los años y la falta de mantenimiento.
Jaime se percató de la señal de curva peligrosa:
«Precaución. Velocidad máxima: 30 km/h».
Miró de reojo el cuentakilómetros, marcaba ochenta. Redujo la velocidad justo al entrar en la curva.
Tarde. La rueda trasera pisó la tierra suelta del arcén. El coche se quejó y Jaime tuvo que corregir rápido la maniobra para no salirse. El corazón se le subió a la garganta.
—Ufff, por los pelos —exhaló, dejando escapar todo el aire de sus pulmones.
Continuó el camino, esta vez con más precaución. El coche avanzaba despacio, la oscuridad lo envolvía todo, las inmensas copas de los árboles apenas dejaban pasar la luz que proyectaba la luna.
—¡Maldita carretera! —gruñó entre dientes—. Ni un cartel, ni una señal. ¡Joder! ¿Dónde estoy?
La batería del Tesla ya empezaba a dar muestras de cansancio: un pitido agudo le avisó de que debía ir buscando un sitio para recargarla. Pero estaba ya cerca, según el GPS en cualquier momento debería encontrarse con algún cartel.
Justo al salir de la curva, el rótulo apareció, como salido de la nada:
« ermella de los valles - 3 km ».
—Por fin. Ya queda menos para encontrar algo de civilización —masculló.
Entró en el pueblo rodando despacio, tenía aspecto fantasmal; ni un alma, ni un ruido, tan solo la luz de las farolas formando charcos amarillos en el suelo. Todo estaba dormido.
Echo de nuevo un vistazo al navegador, estaba cerca.
—Según esto, tengo que continuar todo recto novecientos metros y luego girar a la izquierda. —Jaime hablaba en voz alta—. ¡Pero me saca otra vez fuera de la localidad! No lo entiendo.
Se quedó vacilando, sin saber si de verdad estaba en el camino correcto. Decidió hacer caso al aparato para ver adónde lo llevaba.
—«Ha llegado a su destino» —concluyó la voz del navegador al llegar a las afueras del pueblo.
Jaime detuvo el coche y se bajó. El motor se desconectó automáticamente al detectar que no había ocupantes. Durante unos segundos se quedó allí parado, contemplando lo que tenía enfrente.
Era un taller de coches, una nave industrial en hormigón gris con el tejado de chapa. Estaba rodeado por un patio cercado con una valla metálica, donde se amontonaban coches a medio arreglar. Todo tenía aspecto descuidado.
«Taller mecánico Ermella de los Valles».
—Muy original el nombre, no se han roto la cabeza.
Avanzó unos pasos hacia la entrada y se apoyó en los barrotes de acero de la puerta. Estaba cerrada con un candado. Tenía una chapa con el horario:
Lunes a viernes: 8:00 a 14:00 / 16:00 a 19:00
Sábados: 10:00 a 14:00
Domingos y festivos: Cerrado
—Aquí estaré mañana a las ocho —sentenció Jaime dando media vuelta y regresando a su flamante Tesla.
***
Como se prometió, a las ocho Jaime se presentó en el taller.
La puerta metálica estaba abierta del todo para recibir a los clientes. Con paso decidido, se adentró entre la maraña de coches viejos y chatarra hasta llegar a la entrada principal.
No vio a nadie.
—¡Hola! —gritó.
Estaba nervioso porque no sabía con qué se iba a encontrar y eso le inquietaba. De momento, solo estaba allí para tantear el terreno.
El taller por dentro era amplio y diáfano, en el centro había un foso para revisar los bajos de los coches, y de las paredes colgaban calendarios ya antiguos, con chicas en bikini posando de forma sugerente, alguna dejando ver más de la cuenta.
Olía a gasolina mezclada con aceite de motor y uno de los fluorescentes que colgaban del techo se había fundido.
—¿Hay alguien? —gritó de nuevo, esta vez más alto.
Un chaval joven salió de una modesta oficina construida con paneles de pladur, que se habían quedado cortos antes de tocar el techo.
—¿En qué le puedo ayudar?
Jaime se dirigió hacia él, evitando pisar los charcos de grasa. «Solo falta que se me manchen mis zapatos Oxford de cuero», pensó.
—Estoy de paso y ando apurado con la batería del Tesla. Me preguntaba si tienen algún cargador donde pueda enchufarlo —dijo Jaime en tono amable—. Llevo ya varios kilómetros intentando encontrar una estación de carga y me temo que al final voy a quedarme sin batería.
Cholo sonrió de oreja a oreja. Por fin podría decirle a Paco que el cargador Wallbox, ese que instalaron el año pasado y cogía polvo, iba a usarse.
—Paco, no podemos darle la espalda a la tecnología. De aquí a nada, todos los coches acabarán enchufados en lugar de repostando. Tener un cargador en la parte trasera nos traerá clientes. Ya lo verás —le insistía una y otra vez.
Y Paco, que era reacio a cualquier cambio, al final cedió, y para más inri el Estado le dio una subvención.
—Claro, amigo. Tenemos un cargador en la pared de fuera. ¿Qué coche tiene?
—Un Tesla.
Cholo alzó las cejas. ¡Vaya nivel estaba cogiendo el taller! En menos de dos meses ya habían pasado por allí dos auténticos cochazos. Miró de reojo al Mercedes GLS aparcado y sonrió satisfecho.
Ese gesto fue suficiente. Jaime se percató de que el chico había girado la vista hacia el fondo de la nave.
Entonces lo vio.
Allí estaba.
El corazón le dio un vuelco y las manos le empezaron a sudar. Toda la rabia, el miedo y la ansiedad se concentraron en un solo punto: su Mercedes.
Sus proporciones lo convertían en un auténtico gigante, con presencia y carácter, en medio de la mediocre flota que abundaba por allí.
En la parrilla frontal, la estrella de tres puntas, bien centrada, brillaba bajo la luz del fluorescente.
No hacía falta saber mucho de coches para notar que costaba más que todo el taller junto.
—¡Uau, vaya cochazo! —exclamó Jaime caminando apresuradamente hacia donde estaba.
—Sí —repuso Cholo—. Impone, ¿verdad? Tiene una bestia por motor, casi quinientos caballos de potencia, acelera de cero a cien en cinco segundos.
—¡Increíble! ¡Con lo que debe de pesar! —Jaime le pasó la mano por el capó, como si saludara a un amigo que no ve desde hace años—. ¿Está averiado?
—Ya no —dijo Cholo, con una media sonrisa.
—¿Qué le pasa? —Jaime seguía insistiendo. Cómo odiaba a la gente que le tienes que sacar la información con sacacorchos.
—La dueña tuvo un accidente.
—¿Un accidente? —Jaime arqueó las cejas, sorprendido.
—No, no, pero está bien —le tranquilizó Cholo, al ver que se alteraba—. Se salió de la carretera la noche que tuvimos la dana, justo en la Curva del Susurro. La verdad es que el coche quedó hecho un cristo.
A Jaime se le amontonaban las imágenes de aquel día en la cabeza. Como un flashback recordó la pelea que habían tenido, cómo ella se había largado y cómo le perdió la pista.
—Ah, o sea que lo habéis arreglado —dijo aliviado.
—Sí, mi jefe y yo —hablaba con orgullo y con la satisfacción de alguien que ha hecho un gran trabajo—.
Hemos conseguido dejarlo como recién salido de fábrica.
Le dijimos que era mejor llevarlo en la grúa al concesionario de la marca, pero ella dijo que no, que se fiaba de nosotros y que no le importaba esperar.
Jaime daba vueltas alrededor del coche, buscando algún detalle que le pudiera dar algo de información.
—¿Y cuándo vendrá a recogerlo? Si el coche fuera mío no lo dejo ni loco. ¿O es que no vive por aquí?
—Haces muchas preguntas, amigo, y yo tengo que volver al trabajo —respondió Cholo, ya cansado de dar tantas explicaciones—. Será mejor que te diga dónde está el cargador.
Jaime torció la comisura de los labios, pero se dio por satisfecho con los datos que había conseguido. No era mucho, pero suficiente para hacerse una idea.
Aunque no podía asegurarlo, algo le decía que Sara estaba cerca.
Quizás no allí mismo, pero sí por los alrededores.
Se había quedado sin coche y en un pueblucho como ese, donde apenas pasaba el autobús, sin ruedas no se iba a ningún lado.
Como mucho, habría conseguido que alguien la llevara a algún sitio cercano. Pero no podía haberse esfumado.
«No puede haber ido muy lejos —murmuró para sus adentros con una rabia contenida—. Si cree que puede esconderse es que no me conoce».
Estaba cada vez más cerca de encontrarla.