Capítulo 19. No estás sola
NO ESTÁS SOLA
S ara estaba en la cocina, enredada con el cajón de los cubiertos. David lo tenía hecho un desastre: había mezclado las cucharillas de postre con las cucharas grandes, los tenedores revueltos con algunos cuchillos, y no daba con el abridor.
Se encontraba en su propio mundo, ordenando todo de forma casi compulsiva, cuando David apareció sin hacer ruido. Se acercó por detrás y, sin previo aviso, la rodeó por la cintura y le besó el cuello.
—¿Qué haces? —preguntó deteniéndose en seco, un poco sorprendido al ver el lío de cacharros en el que andaba metida.
Sara soltó de golpe los cubiertos, dándose la vuelta con una mezcla de sorpresa y culpa.
—Perdón. No quería... —murmuró—. Lo siento, no es mi casa, no debería de tocar tus cosas.
David la tomó de las manos con dulzura, notando un leve temblor en sus dedos.
—No es eso —repuso—. Esta también es tu casa, pero no tienes que tener todo bajo control.
Se le endureció la mirada y percibió que había algo más en ese gesto de necesitar el orden. Luego en voz baja, casi tensa, añadió:
—¿Qué te ha hecho? —preguntó con rabia contenida.
—A él no le gusta el desorden —respondió casi en un susurro—. Si algo no está donde debe, lo nota. Siempre lo notaba.
—Ya no estás con él, no tienes que seguir cargando con ese peso.
Sara se dejó caer en sus brazos buscando refugio y él la recibió con cariño. Lentamente se incorporó, con los ojos vidriosos, intentando sonreír, pero le temblaron las comisuras.
—Lo sé —respondió ella—. Pero a veces mi mente se olvida.
—Entonces, te lo recordaré cada día —dijo David acariciando suavemente su pelo.
—Es enfermizo, lo hago de forma inconsciente y no sé cómo pararlo.
—Ahora, yo voy a curarte, aunque me lleve la eternidad —murmuró tomándola de la barbilla para darle un beso largo y profundo—. Pero tengo miedo de que no llegues a confiar en mí.
—No digas eso —murmuró cuando se separaron—. Sabes que sí lo hago.
Ella se mostró sorprendida por sus dudas, él tenía que entender que necesitaba tiempo para ir curando poco a poco. Respiró hondo y le cogió de la mano.
—Te he preparado algo de comer —dijo recuperando cierta calma mientras lo llevaba al salón.
El fuego de la chimenea estaba vivo, las llamas soltaban un agradable calor y olía a madera quemada.
Quería darle una sorpresa a David antes de que llegara a casa y, a duras penas, había encendido la chimenea usando los troncos que se guardaban apilados en el jardín.
Con unas piñas secas había hecho la base y, encima, los palos más finos, sin apilarlos, para que prendiesen mejor.
«Soy de ciudad», pensó orgullosa de haberlo conseguido.
Los ojos de David se desviaron hacia la chimenea un segundo antes de volver a fijarse en ella, muerto de amor.
—Tengo hambre —le dijo él arrugando la nariz con una sonrisa pícara—, pero de ti.
Sara soltó una risita. Se puso de puntillas, tomándolo del rostro con firmeza, y lo besó, sin reservas, con calma. Su lengua buscó la de él, jugó, provocó. Sus labios se encontraron de nuevo, con más necesidad.
—Pues comamos —contestó ella.
David la sujetó por la cintura, acercándola más, y volvió a besarla con intensidad.
Sara deslizó la camiseta hacia arriba y la dejó caer al suelo mientras él la desnudaba, despacio, recorriéndola con la mirada sin apartarse de sus ojos.
Con los labios fue descendiendo por su abdomen, explorando con precisión cada centímetro de su piel.
Se detuvo en la herida de su costado, trazando con la yema de los dedos la delgada línea de la cicatriz y la tocó con rabia contenida.
Desnudos ante el resplandor de las llamas, David la contempló un instante, luego se inclinó, besándola en la clavícula, en los pechos, en el vientre; el roce le arrancó un suspiro, mitad placer, mitad rendición.
—Sara —susurró—, no sabes cuánto he deseado estar aquí contigo.
La leña crepitaba y el calor que desprendía el fuego no era comparable con el que sentían por dentro. Sara recorrió su cuerpo despacio con la lengua y luego lo besó profundamente, un beso largo, húmedo, que dejaba claro que no le importaban las consecuencias de sus actos.
David respondió con hambre y necesidad. La tomó por la cintura haciéndola girar hasta quedar debajo de él, sobre la alfombra mullida y cálida por la cercanía del fuego.
Ella cerró los ojos, apoyó la cabeza en su hombro mientras su cuerpo se curvaba sutilmente hacia él, dándole paso con un suave gemir.
Comenzó a moverse, primero con lentitud, sus caderas marcaban un ritmo pausado y sensual, deliberado, buscando el punto exacto donde el placer nacía y crecía.
David la observaba desde arriba, los labios entreabiertos, sin prisa por detenerla.
Cada movimiento era profundo, despacio al principio, luego más intenso, más salvaje.
Sus cuerpos se buscaban con deseo, con respiraciones entrecortadas.
Él jadeó contra su cuello mientras Sara se aferraba a sus brazos.
El placer la envolvió como un terremoto.
Primero en su vientre, después en su pecho, luego en todo su cuerpo.
Lo sintió dentro de ella, latiendo, tenso, entregado.
Sus alientos se mezclaron, sus bocas se buscaron entre gemidos suaves, temblando juntos.
Él cayó sobre su pecho, aún jadeante. La rodeó con ambos brazos y cerró los ojos, hundiendo la cara en su pelo, respirando su olor, su calor, sin querer soltarla.
Se tumbó junto a ella, todavía sudando y con el pecho agitado, mirando al techo con los ojos abiertos. En el aire todavía se palpaba el deseo consumado. Poco a poco sus respiraciones fueron recobrando su ritmo natural.
Sara se giró hacia David, sus muslos seguían entreabiertos, rozándole la cadera, piel con piel.
—Hace mucho tiempo que no me sentía así —dijo Sara apoyando su cabeza sobre el torso desnudo.
—Yo tampoco —respondió él besándola con ternura.
Permanecieron así, enredados y silenciosos, durante una eternidad.
***
Esa noche, David había organizado una cena en su casa para Fermín, Jara y Silván, a quienes consideraba sus mejores amigos.
Sara había insistido en preparar ella misma la comida a base de picoteo: platos sencillos, pero ricos.
Se había pasado toda la tarde en la cocina y, aunque cansada, estaba feliz.
Ahora que lo suyo con David era oficial, la cena no era solo una reunión de amigos; para ella, era el inicio de una nueva etapa: ser uno más en esa pequeña familia que habían formado todos ellos.
El timbre sonó y Sara se quedó petrificada, como si Medusa la hubiese atravesado con sus ojos.
—¿Son las nueve ya? —preguntó.
—Ocho y cuarenta —contestó David, con tranquilidad mientras se dirigía a abrir la puerta.
Fermín llegó primero, con una botella de vino espumoso, de esas que él guardaba para las «ocasiones». Y esa ocasión había decidido que era hoy.
David le saludó con unos golpecitos en el hombro.
—¡No me lo puedo creer! —exclamó—. No te he visto ser puntual en la vida.
—Bueno, hoy es un día histórico: mi mejor amigo tiene novia —respondió Fermín mientras le daba una colleja en la nuca.
Al poco rato llegaron Jara y Silván cargando una tarta de queso que ellos mismos habían preparado.
Esta vez fue Sara la que salió a recibirlos. Los tres se abrazaron en la entrada como si no se hubiesen visto en mucho tiempo, aunque apenas habían pasado unos días desde la última vez.
Media hora después estaban todos enfrascados en una absurda conversación acerca de si los gatos entendían el leguaje humano. Sócrates, que dormitaba plácidamente junto a la chimenea, pareció oírlos, abrió los ojos y tras un suave ronroneo se volvió a dormir. «¡Estúpidos humanos!».
La cena resultó divertida, con bromas, anécdotas y recuerdos de algunos momentos que habían vivido. La mesa se había quedado con restos de comida, copas a medio beber y alguna servilleta arrugada tirada por el suelo. Hacía rato que habían cenado, pero nadie hizo amago de irse.
Reían.
Y entonces, sin venir a cuento, Silván abrió la boca:
—¿Os acordáis cuando pensábamos que Sara andaba metida en algo raro?
Todos se callaron. Jara le lanzó una mirada que, de haber sido cuchillos, lo habrían degollado en el acto.
—¡Silván! —Ella le dio una patada por debajo de la mesa para que se callara.
—¿Qué? ¡Si todos lo pensamos! —protestó Silván.
Sara se quedó quieta, con una sonrisa a medias.
—¿Algo raro cómo qué? —preguntó mordiéndose el labio sin darse cuenta.
David se removió en la silla, un poco irritado por lo bocazas que podía llegar a ser su amigo.
—Yo qué sé... —Silván se quedó cortado, con la sensación de haber metido la pata—, un mal rollo, asunto de drogas o dinero.
Nadie rio. En el aire flotaba esa sensación de incomodidad de la que ninguno sabía cómo salir. Entonces Sara inspiró profundamente para tranquilizarse.
—Bueno... —comenzó—. Ya que sacáis el tema..., quizás es el momento de contaros la verdad.
Soltó su vaso y apoyó la mano en su mejilla mirándolos en silencio, esperando que alguno reaccionara. Todos la miraron atentos.
—Acabo de salir de una relación complicada —dijo al fin.
«Demasiado complicada para soportarlo», pensó.
Jara se inclinó sobre la mesa, con gesto preocupado:
—¿Cómo de complicada? ¿Del tipo «lo dejamos y seguimos siendo amigos» o de «vete a la mierda y no vuelvas a llamarme»?
Sara se movía nerviosa en la silla, cruzando y descruzando las piernas mientras se tocaba el pelo una y otra vez.
—Del tipo... «o conmigo o con nadie» —dijo bajando la mirada.
Percibió que se miraban entre sí, intentando disimular la sorpresa, y David notó una punzada, mezcla de celos y cólera, al pensar en Jaime.
—Qué cabrón —murmuró Fermín.
David acarició suavemente la pierna de Sara bajo la mesa y ella le devolvió la mirada. Tenía un nudo en la garganta, pero estaban todos callados, esperando a que continuara, de modo que Sara respiró hondo y siguió hablando con determinación:
—Al principio caí en una dependencia emocional; me decía que no podía dejarle, que no podía vivir sin mí, pero me controlaba todo, y yo sabía que no era un amor sano.
Ella sintió un momento de debilidad y bajó la mirada.
—Después vino la culpa: «si me dejas, vas a arruinar mi carrera y todo lo que he hecho por ti».
Eso fue casi lo peor —apretó los labios antes de continuar—: Luego te das cuenta de que no puedes iniciar un proceso de divorcio porque no tienes dinero ni acceso a los papeles.
No es solo una razón la que te impide marcharte, es una combinación de aislamiento, desgaste, miedo. Y al final lo que te queda es huir.
Notó que el estómago se le cerraba como si alguien lo apretara hasta dejarla sin aliento, y ella se estremeció al sentir que David le cogía la mano.
Jara, que había escuchado sin interrumpir, se levantó y rodeó la mesa para abrazarla. Unos gruesos lagrimones le corrían por las mejillas.
—Sara, es horrible. Eso no es querer a alguien. Es una prisión.
—Lo sé —susurró con la voz quebrada—. Pero no va a poder conmigo.
—Gracias por confiar en nosotros. Ya no estás sola —dijo Fermín.
—Y, si en algún momento necesitas algo, nos lo dices, ¿vale? —añadió Silván—. Tampoco queremos agobiarte ni ser de esos que están todo el día dando consejos de mierda.
Sara sonrió realmente agradecida. Algunos ojos se posaron en David, que, sin poder evitarlo, apretaba la mandíbula con fuerza en un intento de contener su cólera.
—No os he contado esto para daros lástima —dijo Sara—, sino para que entendáis por qué actué como lo hice—. Su voz era ahora más firme, más directa—. Y por qué insistí en marcharme.
Se volvió hacia David, lo miró con ternura, y le dedicó una media sonrisa.
—Sé lo mucho que lo queréis —dijo apretándole la mano—. Y sé que no queríais que sufriera por mi culpa.
Los cuatro la miraban con una mezcla de respeto y admiración.
No era fácil decir todo lo que estaba diciendo y, sin embargo, seguía entera, sin derrumbarse en un mar de lágrimas, sin dramatismos.
Lo había hecho de forma natural, como alguien que ya se ha cansado de huir y está dispuesta a afrontar lo que se le venga encima.
—Te queremos, Sara —dijo Fermín.
—Yo también os quiero, chicos. Espero que me perdonéis.
Se dieron un abrazo todos juntos, emocionados y con la promesa de ayudarla a recuperar su vida.