Capítulo 18. Lo tenemos
LO TENEMOS
E ra demasiado temprano para que sonase el móvil; no podía ser alguien del trabajo, todavía no. Faltaba más de una hora para que la gente se pusiera en marcha y, ya se sabe, cuando uno es asalariado, si no pagan las horas extras, no se trabaja.
Jaime se levantó a tientas del sofá, con una resaca que resonaba en su cabeza como las campanas de la catedral.
Atinó a ponerse de pie, tropezando con los zapatos tirados por el suelo.
Tenía la boca seca y una sed que le quemaba la garganta; necesitaba beber algo con urgencia.
«¡Pero basta de alcohol!», le gritó su mente, tratando de recuperar un poco de coherencia.
—Otra noche como la de ayer y mi cuerpo no lo aguantará —se quejó llevándose una mano a la frente y frotándose los ojos, en un esfuerzo por aclarar la mente mientras rebuscaba el teléfono entre los cojines.
Recordaba haberlo soltado nada más entrar en casa, aunque aquel recuerdo le llegaba borroso.
Llevaba toda la semana trasnochando; justo ahora empezaba a arrepentirse de eso de tomarse «solo una copa» después del trabajo.
Y el móvil que no paraba.
Recorrió el suelo con las manos, palpando debajo del sillón; el pitido seguía, cada vez más cerca, hasta que lo encontró tirado debajo de la mesita auxiliar.
Se quedó mirando la pantalla para ver quién era el desgraciado que lo estaba molestando a esas horas. Por un momento se quedó extrañado al ver el contacto.
—«Ramón Duarte, director financiero Mercedes» —leyó en voz baja, entrecerrando los ojos.
Antes de descolgar, tragó saliva y carraspeó para aclararse la voz intentando sonar sobrio.
—¡Buenos días, Ramón! —contestó.
—¡Jaime, no te lo vas a creer! ¡Hemos encontrado el coche!
—¿Qué? —La cogorza se le pasó de golpe y la sorpresa le hizo tambalearse.
—¡Que hemos encontrado el coche! —repitió el hombre, eufórico.
—¿Dónde?
Jaime contuvo la respiración.
—Pfff..., ni idea. Lo que tenemos son coordenadas.
—¿Pero está entero? Quiero decir, ¿no lo han desguazado?
Hubo un breve silencio al otro lado. Ramón dudó un segundo, antes de responder, como eligiendo bien las palabras.
—Parece que está, al menos, en una sola pieza. ¿En qué condiciones? Eso no lo sabemos, Jaime. Lo importante es que ya está localizado.
—¿Cómo lo habéis conseguido?
—No lo sé con detalle —respondió Ramón encogiéndose de hombros—. Me llamaron del Departamento de Seguridad Informática; teníamos activado el servicio de localización remota, tras tu consentimiento.
—¿Y...?
—Nuestros informáticos tenían indicaciones de revisar todos los días el servidor.
Uno de esos que ni nosotros sabemos dónde está, pero seguro que en algún lugar entre Stuttgart y la nube —rio—.
Por alguna razón, el módulo del GPS estaba desconectado.
Y no sabemos por qué, pero ha empezado a transmitir su ubicación.
La estamos interceptando desde aquí, mediante la cuenta del concesionario.
—¿Y estáis seguros de que es el mío?
—Sí, sí —afirmó con rotundidad—. La información que nos enviaron lo confirma.
—Perfecto —susurró con una sonrisa torcida dibujándose en su cara.
Jaime apretó el móvil con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos y por un momento sintió crujir el plástico entre los dedos.
—Ahora le digo al informático que te pase todos los datos. Así puedes hablar directamente con la policía.
—Vale. Que me los mande cuanto antes. Te estoy muy agradecido, Ramón.
—No tienes nada que agradecer. Solo mantenme informado.
—Así lo haré.
Colgó. Se quedó inmóvil mirando al teléfono, intentado procesar la noticia. Era demasiado bueno para ser vedad.
Jaime apretó la mandíbula, pensando en todo el tiempo que llevaba buscándolo sin esperanzas. Y ahora, como si nada, volvía a estar en el mapa.
Algo no encajaba.