Huye Capítulo 17. En el taller
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Capítulo 17. En el taller

EN EL TALLER

P aco andaba liado con el Mercedes; quitaba y ponía tornillos, montaba una pieza, no encajaba, la desmontaba, y rebuscaba entre la montonera de cachivaches viejos que había quitado de otros coches, pensando en que podría aprovecharlos para otra ocasión.

—¿Quién me habrá mandado a mí meterme en este lío? —refunfuñaba cada vez que tenía que probar con otro recambio.

Llevaba más de un mes intentando reparar el coche. Claro, que la muchacha no le había metido caña; es más, ya no parecía tener prisa. Su mujer le había contado que, por lo visto, se había liado con el veterinario, o eso le habían dicho en el puesto de la verdura.

—Y luego está el tema de la electrónica de estos coches.

¡Que ya no sabes ni lo que llevan! ¡Son ordenadores con ruedas!

—gruñía Paco con la cabeza metida bajo el capó—.

Antes lo abrías y te encontrabas un motor de verdad, con sus tornillos y su carburador.

Recuerdo que cuando era joven tenía un Seat Ibiza rojo, de tercera mano por lo menos, con más kilómetros que un vendedor de enciclopedias de los ochenta.

Tenía que llevar en el asiento trasero una botella llena de agua, porque el muy cabrito se calentaba, y tenía que mojar continuamente el radiador para enfriarlo y que no me dejara tirado.

—¿Con quién hablas, Paco? —preguntó, desde el fondo del taller, Cholo, su empleado.

—Con nadie, hablo en voz alta —respondió haciendo un gesto como si espantara una mosca.

—¿Quieres que te eche una mano?

—No hace falta, ya me basto solo.

El coche, lleno de luces y sensores que no paraban de pitar, lo tenía frito; y al final, con tanto trasiego, la batería había muerto. Había tenido que pedir el modelo original de la marca al concesionario de Huesca, y justo esa misma mañana había llegado el repartidor con el paquete.

—No pienso montarla hasta la tarde. No quiero que me arruine la comida —Paco no dejaba de renegar—. Este coche me tiene ojeriza, seguro que pongo la batería y me salta algún otro fallo.

Paco no faltó a su palabra: se marchó a casa tranquilamente a comer, confiando en que la parienta le hubiera preparado un buen puchero de sopa. Después de ver el telediario, regresó a la faena.

Miró de reojo el paquete que contenía la batería y luego avanzó hacia el coche, que lo esperaba ocupando el mejor sitio del taller, en lo que ya era «su plaza».

—Ha llegado el momento, amigo —dijo hablándole al coche y dando unas palmaditas en la puerta—. Vamos a comprobar si soy tan bueno como dicen.

El capó estaba abierto y la batería vieja ya estaba en el contenedor de reciclaje, de modo que solo era cuestión de hacer lo que había hecho un millón de veces.

Sostuvo la batería entre las manos, comprobó los bornes y la posición, y la encajó con precisión en su sitio, asegurándose de que no se moviera.

Conectó los dos terminales —primero el positivo y luego el negativo— y los ajustó con una llave.

Cuando acabó, cortó un trozo de papel de celulosa y se limpió las manos.

—Ahora solo queda reiniciar la centralita —suspiró.

Paco se dirigió a su oficina y cogió la tablet que tenía encima de la mesa.

Cholo se había pasado semanas investigando en internet, consultando foros y viendo vídeos acerca de cómo había que poner en marcha el coche después del cambio de batería. Incluso se había hecho con un escáner de diagnóstico, específico de la marca Mercedes.

—¿Cómo lo has conseguido? —le había preguntado.

—Mejor no quieras saberlo, Paco —le contestó riendo.

Con cierto nerviosismo, el mecánico conectó el escáner al puerto del coche, en el lado del conductor.

Se secó el sudor con la palma de la mano y se subió la cremallera del mono antes de encender el aparato.

Tras un par de equivocaciones, accedió al menú principal, seleccionó «Configuración» y se desplazó hacia abajo.

Entre varias opciones pulsó «Restablecer equipo».

Esperó unos segundos a que la luz dejara de parpadear y...

— Voilà! —exclamó con una sonrisa de alivio.

En la consola apareció el logo de Mercedes-Benz seguido de un mensaje:

«Reconfigurando sistemas. Espere».

Cholo, que se había acercado para ver cómo iba el tema, miró por la ventanilla.

—Se está reseteando... Uff, esto va a tardar la pera —dijo inflando los carrillos al tiempo que se rascaba la cabeza.

—Mejor dejamos que trabaje solo y luego volvemos —propuso Paco.

Los dos mecánicos se alejaron del vehículo, que había comenzado a interactuar por sí solo, como si fuese Christine, el coche diabólico de Stephen King.

En su interior, todos los módulos electrónicos comenzaron a despertar uno tras otro; códigos, sensores, chips, y a recuperar de nuevo sus funciones.

Entonces, el bloqueador GPS, que había mantenido el coche en un apagón digital absoluto, emitió un clic, demasiado sutil para ser captado por el oído humano, y se desconectó.

Una luz se encendió en el panel del coche.

Sistema GPS reactivado.

Ubicación compartida con servidor remoto.

Silencio absoluto.

No hubo indicador externo de lo que acababa de activarse o, mejor dicho, de desactivarse. Pero en algún sitio, algo o alguien, recibió en ese instante la señal.