Huye Capítulo 16. Confesiones
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Capítulo 16. Confesiones

CONFESIONES

O lía a café recién hecho, café de verdad, no de esos que se preparan con cápsulas y cuyo contenido es de dudosa calidad.

Sara estaba sentada en un banco de madera apoyado contra la pared, envuelta en una mantita de lana y con una taza caliente en las manos. Era temprano y, aunque el sol ya había salido, la temperatura todavía era baja, y lo sería durante todo el día.

Se la llevó a los labios y cerró los ojos para disfrutar de ese sabor amargo y dulce al mismo tiempo.

—¿Ya te has levantado? —preguntó una voz a sus espaldas.

—Me gusta madrugar, pero no quería despertarte —respondió ella con una sonrisa—. ¿Quieres un poco?

Le tendió el café sin esperar respuesta. David se acercó despacio, tomó la taza y se sentó frente a ella.

Se miraron, cada uno recordando cómo habían pasado la noche abrazados.

Sara cogió todo el aire que pudo y lo soltó despacio intentando que él no notara que los nervios la comían por dentro. Tenía que ser sincera, los secretos no sirven para protegerte, te hacen más vulnerable.

—Tengo algo que contarte —dijo ella.

David apretó el asa con tanta fuerza que los dedos se le entumecieron.

Había deseado este momento con toda su alma: que le contase qué había detrás de sus pesadillas o de los sobresaltos cuando escuchaba un ruido.

Pero de pronto le asaltó un pensamiento aterrador: ¿y si me dice que se va? , ¿qué esto se acaba aquí?

—No necesito saber nada, ¿recuerdas?

Pero ella no pareció oírlo. Lo miró con infinita ternura y suspiró profundamente.

—No sé por dónde empezar. Tú... solo escúchame.

—Está bien. —David se inclinó hacia adelante—. Empieza por cualquier parte, soy todo oídos.

Sara se quedó callada, escogiendo la mejor forma de decirlo.

Se frotó las manos una contra otra, entrelazando y apretando lo dedos con nerviosismo mientras una de sus rodillas empezaba a rebotar inquieta, sin que pudiera controlarlo.

David le posó la mano con suavidad, en un gesto silencioso para que se calmara. Ella respiró hondo antes de hablar.

—Estoy casada —murmuró.

Las palabras lo golpearon dejándolo sin aire. Sus ojos se abrieron de par en par y sacudió la cabeza en un gesto de incredulidad.

—Eso no... no esperaba oírlo —dijo con la voz quebrada por la sorpresa.

—Estoy casada con una persona horrible —prosiguió ella apretando los labios—. Obsesiva, controladora, incapaz de aceptar el final de una relación.

Hablaba acelerada, como si tuviera que decirlo todo antes de arrepentirse, y las palabras se atropellaban unas a otras, fruto de la ansiedad. Estaba temblando.

David la observó en silencio, con la boca abierta, incapaz de articular sonido. Frunció el ceño y entrecerró los ojos, como si intentara asimilar lo que acababa de escuchar. Entonces, por primera vez, algo empezó a tener sentido y las piezas del rompecabezas encajaron.

—Dios mío, ahora lo entiendo. ¡Estás huyendo!

Sara bajó la mirada, avergonzada, o culpable, o las dos cosas. No por lo que había hecho, sino por no haber sido capaz de haber dado ese paso antes.

—Sí —reconoció con un hilo de voz.

Él le cogió las manos con firmeza, sin apretar, entrelazando sus dedos con los suyos.

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

—No podía, David, yo... no contaba con esto..., contigo. —Bajó la cabeza.

Él se tocó el cuello, nervioso, y tragó saliva. Ahora sí quería estar al tanto, no por curiosidad, tenía que saber a qué se enfrentaba.

—¿Estás en peligro? —preguntó con la voz contenida.

—No lo sé —respondió ella al momento—. Imagino que me estará buscando, que me encuentre es solo cuestión de tiempo.

—Entonces, aquí estaré yo para protegerte. No vas a poder evitarlo, por mucho que lo intentes. —Y la estrechó con fuerza entre sus brazos.

Se quedaron así durante un buen rato, en silencio, abrazados. David tenía otra pregunta:

—¿Te ha hecho daño? —Solo de pensarlo hacía que la sangre le hirviera a borbotones.

Sara se separó y lo miró fijamente a los ojos.

—El día que me marché de casa... —De forma inconsciente se llevó la mano al costado—.

No me hice esta herida en el accidente. Antes de irme, tuvimos una fuerte discusión, una jarra de cristal rota acabó en mi cuerpo.

—Terminó por admitir la verdad—. No sé si fue intencionado, pero lo cierto es que ya no importa.

El rostro de David se endureció al instante, la boca le tembló y cerró los puños sin advertirlo. Sintió cómo la rabia le subía por la garganta y se imaginó rompiéndole la cara al imbécil de su marido.

—Pero no solo existe el daño físico, hay un tipo de violencia emocional que se te mete aquí —dijo Sara apoyando un dedo entre las cejas—, que te bloquea, que te anula como persona. Jaime...

—¿Se llama Jaime?

Ella asintió.

—Jaime no entiende el «no». Para él amar implica posesión, control disfrazado de protección: «lo hago por tu seguridad», «por tu bien» —ella seguía hablando—.

No necesita gritar, con un solo gesto sabes que hiciste algo que le disgustó, aunque no sepas qué.

Tardé demasiado en darme cuenta y cuando dije basta se lo tomó como una provocación.

David se pasó una mano por la frente, intentando ordenar lo que sentía.

—Pero ¿por qué no te largaste sin más? —preguntó con la voz quebrada.

—Es lo que he hecho. —Ella lo miró con una media sonrisa antes de seguir hablando—. Pero, cuando un tipo así decide que le perteneces, no basta con irte, tienes que desaparecer como si nunca hubieras formado parte de su vida. Por tu bien.

Sara sintió que, por fin, podía respirar de nuevo, sin esa opresión en el pecho.

Con dedos temblorosos le acarició la mejilla y se inclinó hacia él con lentitud, rozando apenas sus labios, fundiéndose en un beso lento.

Cuando se separaron, con solo un pequeño espacio entre ellos, David apoyó su frente contra la de ella.

—Estoy aquí, contigo —susurró él, con los ojos cerrados—. No voy a dejar que te vuelva a tocar.

Ella le atrajo hacia sí y le volvió a besar.

Ya no tenía miedo.