Huye Capítulo 15. No tengas miedo #2
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Capítulo 15. No tengas miedo #2

—Tengo miedo a no poder ser libre —confesó finalmente, muy bajito.

David puso su mano sobre la de Sara.

—No sé qué te atormenta, pero te prometo que haré todo lo posible para espantarlo.

El camarero llegó en ese instante con la carta de postres.

—El momento más dulce —dijo Sara suspirando aliviada por la interrupción. La situación comenzaba a ser delicada.

—Os recomiendo la tarta de nuez. Es casera.

—Pues no se diga más —dijo David un poco fastidiado. Estaba seguro de que Sara había estado a punto de sincerarse.

Compartieron el postre y conversaron sobre asuntos más superficiales hasta que solo quedaron ellos.

Toñi se acercó a la mesa esbozando una sonrisa. Llevaba su chaquetilla de cocinera remangada hasta los codos, con algunas manchas visibles, fruto del barullo en la cocina.

—¿Qué tal la cena, chicos? —Y le guiñó un ojo a David, que sonrió con un gesto de complicidad.

—Estaba todo delicioso —contestó él.

David se levantó de la mesa para saludarla con un par de besos, luego mirando a Sara hizo las presentaciones.

—Sara, te presento a Toñi. Es la dueña del restaurante y la responsable de que la comida esté a otro nivel.

—Me alegro de conocerte —dijo poniéndose de pie y dejando la servilleta sobre la mesa—. Me gusta mucho cómo está decorado tu local y ¡la tarta estaba espectacular!

Toñi sonrió aún más, satisfecha por los cumplidos.

Se entretuvieron un rato hablando de cosas del restaurante: desde los platos que más éxito tenían hasta anécdotas detrás de la cocina. Poco a poco la conversación fue llegando a su fin.

—Será mejor que nos vayamos —propuso Sara con una sonrisa amable—. Imagino que esta gente quiere cerrar ya y descansar.

Sin mucha prisa, se levantaron arrastrando las sillas hacia atrás, que resonaran por todo el comedor.

—Me alegro de que hayáis venido —dijo Toñi.

—Volveremos pronto —prometió David.

Con un último gesto de despedida, Toñi les abrió la puerta y con paso tranquilo ellos salieron hacia la calle.

Llegaron a la casa rural riéndose como locos por algo que habían recordado durante la cena, cuando Sara tropezó de repente con el bordillo de la acera, justo al salir del coche.

—¡Cuidado! —David la sujetó de un brazo antes de que se cayera.

—¡Uuups! A esto se le llama una salida triunfal.

—Y eso que no has probado ni una gota de vino.

Los dos rieron.

—Gracias por la cena... y por salvarme —le dijo ella.

—Es un pack todo incluido. —Él mostró una gran sonrisa y se acercó un poco más.

Esta vez Sara no se apartó.

David inclinó su rostro hasta rozarle los labios y la besó despacio, lentamente, sabiendo que estaba atravesando un campo de minas.

Sara ya no pudo contenerse. Le pasó la mano por detrás de la nuca acariciándolo, y él la atrajo contra su pecho.

Sus besos se volvieron más intensos, sus manos...

Lo deseaba con todas sus fuerzas, pero estaba rota por dentro.

Tenía tanto miedo de volver a confiar en alguien y que le volviera a destrozar el corazón, o lo que era peor: a privarla de la libertad que tanto anhelaba.

«¿Qué estoy haciendo?», la pregunta le atravesó como una flecha y ella se separó.

—Para, para, por favor.

David se quedó paralizado.

—¿Qué ocurre? ¿He hecho algo mal?

Se produjo un silencio muy denso en el ambiente.

—No has hecho nada, el problema soy yo. No quiero que me odies —susurró muy bajito. Se le habían llenado los ojos de lágrimas—. Tú no.

—¿Odiarte? —David no comprendía nada.

—Mi vida es muy complicada y no...

—Sara. No. —Impidió que siguiera hablando—. Soy lo suficientemente mayor para tomar mis propias decisiones. Tú eres mi elección, me da igual todo lo demás.

—No entiendes nada, David. ¡No soy buena para ti! —alzó la voz, rompiendo a llorar.

David la miraba con los ojos vidriosos, se negaba a aceptar una derrota.

—La que no entiende nada eres tú —respondió con determinación, secándole las lágrimas—. Eres lo único que me importa, con eso me basta. Te quiero a ti.

Y entonces la tomó del rostro con firmeza y la besó de nuevo, lleno de deseo contenido. Sus labios se buscaron y sus lenguas se rozaron sutilmente. Ella respondió con la misma intensidad, aferrándose a su cuello y atrayéndolo más cerca.

Se separaron despacio y se miraron como si algo entre ellos, al fin, hubiese hecho clic.

Sara giró el pestillo de la casa y entraron sin parar de besarse. Lanzó su blazer al suelo, David le quitó la parte superior y ella le sacó la camiseta por encima de la cabeza.

El torso de David quedó al descubierto, firme, fuerte. Los músculos se le marcaban con naturalidad bajo la piel; nada de músculos esculpidos a golpe de gimnasio, no creía que tuviese tiempo para esas cosas, y deslizó sus manos por sus brazos, acariciándolos.

Él le besó el cuello, siguió su recorrido más abajo hasta que hundió la cara entre sus pechos.

Entonces la tomó en brazos y la levantó sin ningún esfuerzo, directo a la habitación; ella apoyó la cabeza en su hombro.

La dejó caer con suavidad en la cama, sin soltarla del todo, sin poder parar de desearla.

Se tendió sobre ella cubriendo todo su cuerpo; podía sentir su respiración jadeante, su aliento tembloroso contra su piel.

¡Cuántas veces había soñado con ese momento!

Los dedos de Sara se entrelazaban en el pelo de David, atrayéndolo hacia ella, como si lo necesitara para respirar.

David se apretó más contra su cuerpo y el sutil roce de sus pezones lo hizo gemir de placer.

Deslizó su mano hasta el interior de sus muslos y el deseo de Sara aumentó hasta convertirse en ansia, necesitaba a David.

Arqueó su espalda para recibirlo, pero él siguió recorriéndola suavemente con las manos y la boca. Sus labios se buscaron otra vez y entonces, con un movimiento firme, la envolvió con su cuerpo y entró en ella con lentitud, como si el mundo se detuviera. Sara se entregó por completo a él.

Durante un instante que pareció una eternidad, se quedó quieto, mirándola; luego comenzó a moverse sobre ella con un ritmo lento, constante, sensual, que los llevó directos al placer.

Las manos de Sara se aferraron a su espalda, casi arañándola, al sentir cómo todo su ser se estremecía, uno dentro del otro, respirando al unísono.

Él lo sintió y la abrazó con más fuerza, no se apartó de inmediato, se quedó apoyado sobre los codos, con la frente tocando la de ella, mientras ambos recuperaban la respiración.

David la miró perdidamente enamorado, deslizó una mano por su mejilla y apartó un mechón de su cabello húmedo de sudor.

—Te quiero —le susurró al oído.

Sara le dedicó una sonrisa y le besó. Entonces David se tumbó a su lado, rodeándola con un brazo, y ella se acomodó enredando una pierna entre las suyas, sintiéndose protegida, segura de que nada malo podía ocurrir.