Huye Capítulo 15. No tengas miedo
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Capítulo 15. No tengas miedo

NO TENGAS MIEDO

D avid estaba al teléfono cuando Jara llegó a la consulta con Platón metido en el transportín. El gato maullaba bajito, como si supiera que le tocaba, entre otras cosas, el corte de uñas que tanto odiaba.

—Toñi, hazme hueco en una de las mesas del fondo —dijo David sentado de espaldas a la puerta. Ni siquiera oyó entrar a Jara—. Ni se te ocurra ponerme en el centro del comedor ni al lado de una familia celebrando un cumpleaños.

—¿Pero es una cita? —preguntaron al otro lado de la línea.

—Ya te he dicho que no, ¡cotilla! —respondió él. Se escucharon risas.

—¿Vendrás con esa chica nueva del pueblo?

—No te importa, Toñi —dijo lanzando un suspiro, con infinita paciencia. Sonaba a la típica conversación con alguien que te quiere demasiado: como cuando tu madre te está interrogando acerca de esa chica que le has presentado.

—Dicen que se la ve mucho por el pueblo. Que casi todas las mañanas va al obrador nada más abrir. Y que es muy guapa.

Más risitas.

—Sois todos unos chismosos. No preguntes más y guárdame la mesa para cenar mañana.

—Como usted mande, señor —se burló Toñi.

David colgó el teléfono meneando la cabeza con expresión sonriente, una mezcla entre cariño y «no puedo con esta gente».

Jara, que había escuchado toda la conversación desde una esquina, soltó un gritito tapándose la boca.

—¡No me lo puedo creer! ¿La vas a llevar a cenar? —exclamó dejando el transportín en el suelo.

—¿Desde cuándo estás ahí?

—Una cita... —murmuró Jara entrelazando las manos frente al pecho, como si rezara—. ¡Por fin!

—Y dale. ¡Qué no es una cita!

—¿Ah, no? Entonces, ¿qué es?

—Unos amigos que quedan para cenar, charlar, pasar un buen rato. Esas cosas —explicó sacando a Platón del transportín.

David colocó al gato sobre la mesa. El animal, cosa rara, estaba tranquilo.

—Claro, claro, igualito que cuando quedamos con todo el grupo —ironizó Jara.

—Además, yo no la he invitado —dijo rápido—. Ha sido ella.

—¿Ella? —Jara abrió los ojos con incredulidad.

—¿Te sorprende? —rio él—. Me ha dicho que quiere darme las gracias por toda mi ayuda.

David cogió el otoscopio para revisar los oídos de Platón. Jara, que estaba junto a la mesa sujetando al gato, cambió el tono de voz.

—David, ahora te hablo en serio. Sara me cae genial, conecto con ella y sé que podemos llegar a ser amigas, pero —lanzó un suspiro— me preocupa que te encariñes demasiado. Ella no quiere quedarse aquí, tú también lo sabes, y no quiero que te rompa el corazón.

David siguió a lo suyo, tratando de disimular. «Ya tarde», pensó.

—Eso no va a ocurrir —respondió mientras examinaba los dientes y las encías de Platón.

—Deja al gato y mírame.

David detuvo por un momento la exploración.

—No te preocupes —respondió él.

—Te conozco desde hace demasiado tiempo. Eres más blando de lo que aparentas, aunque no quieras reconocerlo.

David elevó las cejas, como diciendo «es inútil seguir».

—Vale, mamá. Haré lo que digas —bromeó.

—No te burles de mí —le reprochó dándole un manotazo inocente.

David acabó de atender a Platón y dio por concluida la visita, pero no consiguió echar a Jara de la consulta hasta que le prometió que iría paso a paso.

—Y mándame un whatsapp.

—Que síííí —respondió, a la vez que le ponía una mano en el hombro para guiarla hacia la salida.

Cuando se marchó, David resopló: «Hostia, qué persuasiva puede llegar a ser», pensó mientras se sentaba en su silla.

***

—No es una cita —repetía Sara mientras buscaba su bolso, que había dejado por ahí tirado. Pero la verdad es que estaba tan nerviosa como si lo fuera.

Llamaron a la puerta y al abrir encontró a David sonriendo con cierto nerviosismo.

—¿Lista?

Ella asintió, se sentía contenta. No iba especialmente arreglada, sobre todo porque nunca imaginó que necesitaría ropa «especial para salir con alguien», y en su maleta, más allá de unos vaqueros, camisetas y algún jersey, solo encontró un top de tirantes y un blazer .

A David le pareció que estaba guapísima. Se había dejado el pelo suelto y sus ondas naturales le caían sobre los hombros; un mechón le rozó la cara cuando pasó a su lado.

—Adelante, sube —dijo él.

David pensó que la maltrecha Toyota, con un montón de trastos en la parte trasera, no era lo mejor para llevar a una chica a cenar por primera vez. «Que no es una cita», repitió mentalmente.

—Gracias —respondió Sara y se subió de un salto al asiento. Ella miró a los lados, encontró algo diferente en el interior.

—¡Has limpiado el coche! —exclamó de pronto, divertida.

—Qué va —dijo él haciendo un gesto con la mano mientras lo ponía en marcha.

—Claro que sí, embustero —rio.

En la radio sonaba Bed of Roses .

—Me encanta Bon Jovi —dijo Sara subiendo el volumen.

—¡A mí también! —exclamó David con grata sorpresa.

—¿Sabías que esta canción es la confesión y el posterior arrepentimiento de su infidelidad? —comentó Sara.

David, sin soltar las manos del volante, se giró hacia ella.

—Yo nunca podría hacer algo así a una persona que me importa de verdad —dijo con firmeza.

—Ni yo. No merece la pena romper con el amor de tu vida por echar un polvo. Es mandar a la mierda todo por un instante de debilidad.

Los dos se miraron a los ojos en silencio mientras la Toyota recorría las últimas curvas antes de entrar en el pueblo.

El restaurante estaba en una céntrica calle y aparcar en la puerta era bastante complicado, de modo que optaron por dejar el coche más lejos e ir dando un paseo.

Al doblar la esquina, Sara enseguida supo cuál era el restaurante.

Por fuera imitaba una cabaña en los Alpes.

Tenía dos plantas; las ventanas y los dinteles eran de madera y de la fachada colgaban maceteros hechos con troncos viejos en los que había unas flores de Pascua de un rojo intenso.

Un letrero de madera sobre la puerta anunciaba el nombre: « le caquelon ».

Nada más entrar, Sara recorrió con la vista todo el interior, entusiasmada con lo que veía.

Era como estar dentro de un refugio de montaña.

Las paredes estaban decoradas con antiguos objetos de alpinismo, como si fueran piezas de museo: piolets oxidados, crampones a los que les faltaba algún diente, alguna cuerda roída...

—¡Qué sitio tan encantador! Mira —dijo ella señalando unas raquetas de nieve—. ¡Y fíjate en estos cuadros! Están pintados al más puro estilo de Chamonix.

—¿Has visto los esquís? —preguntó David.

Sara negó con la cabeza.

—Ven.

Le puso suavemente la mano en la espalda y la condujo hasta una de las paredes del fondo, donde colgaban unos esquís de otra época, hechos en madera. Justo encima de ellos, el nombre del local coronaba la pared.

—« le caquelon » —Sara leyó en alto—. ¿Sabías que ese es el nombre del recipiente donde se cocina la fondue ?

—No tenía ni idea —respondió David.

A Sara se lo habían explicado cuando estuvo comiendo en un famoso restaurante de fondues en Suiza, pero no entró en más detalles.

Un camarero los acompañó hasta la mesa que tenían reservada y les ofreció la carta. Las especialidades eran las fondues y las brasseries . Sara empezó a leer:

—«Fondue Bourguignonne con ternera y cuatro salsas —pronunció en un perfecto francés—, Fondue de lomo de buey, Brasserie de ternera, Brasserie de solomillo...». ¡Qué rico todo! Escoge tú que conoces el sitio —dijo cerrando la carta de golpe.

—De acuerdo, lo tengo claro —repuso David, al tiempo que hacía un gesto con la mano al camarero.

Enseguida llevaron a la mesa una plancha de piedra para que se fuese calentando y no tardó en llegar la comida.

Charlaban en un ambiente distendido mientras fundían el queso y lo combinaban con las patatas y los embutidos o iban cocinando la carne a la piedra.

—¿Cómo acabaste aquí? —preguntó Sara poniendo más queso a derretir.

—Es una larga historia. —Él suspiró para dar más dramatismo al relato—.

No. Es broma —rio—. Es simple y aburrido.

De niño pasaba todos los veranos con mis abuelos y crecí rodeado de animales.

Se puede decir que tengo una conexión especial con la naturaleza, necesito estar cerca de ella, me mantiene en contacto con mis raíces.

—Partió un trozo de patata y se lo llevó a la boca masticando despacio—.

Vivir en una ciudad me privaba de todo eso, de modo que cambié el ruido de la ciudad por el ruido del gallo, que me despierta de madrugada. —David soltó una risa.

Ella también se rio, imaginando al gallo cantando cuando aún no había amanecido.

—¿Y viniste solo? Me refiero a si estabas con otra persona.

Sara tenía curiosidad, le costaba imaginar que un chico tan especial no tuviese pareja.

—Perdona —dijo haciendo un gesto con la mano como si quisiera borrar la pregunta—. No quiero ser entrometida, es que —estaba escogiendo las palabras— me resulta difícil imaginar que alguien como tú no comparta su vida con nadie.

David se limpió con la servilleta antes de responder.

—Rompí con mi novia, con la que llevaba desde el instituto, por culpa de esto. No quiso dejar la vida urbana. Yo creí que teníamos más cosas en común de lo que luego resultó. Y ya ves. Me equivoqué.

Su voz no reflejaba tristeza ni rencor, se notaba que había pasado página y era feliz con su vida.

—Vaya, lo siento.

—Pues, yo no. —David sonrió y se inclinó un poco hacia adelante—. ¿Y tú?

—¿Yo?

—¿A qué le tienes miedo?

David no dio ningún rodeo, fue directo a la yugular. Sara desvió la mirada hacia la ventana.

—A muchas cosas —respondió tras un breve silencio—. ¿Por qué me haces esa pregunta?

—Prácticamente no sé nada de ti y es evidente que tampoco quieres hablar de ello.

—David dejó a un lado el cubierto y apoyó los codos sobre la mesa—.

Después de darle vueltas, he llegado a la conclusión de que quieres romper con tu pasado, solo que no de la misma manera que lo hice yo.

Tengo la sensación de que quieres, pero no puedes.

Ella bajo la mirada hasta el plato, sin responder de inmediato, jugueteó con el tenedor dando vueltas a un trozo de carne y lo apartó a un lado antes de volver a levantar la cabeza.