Capítulo 14. Sin ti
SIN TI
E l antro en el que estaba metido Jaime olía a sudor seco, mezclado con restos de alcohol derramado por el suelo y pisoteado.
Apenas tenía iluminación: unas cuantas luces tenues que pretendían crear un ambiente relajante.
La música, un poco alta, casi rozaba lo molesto y obligaba a que la gente levantara la voz para oírse.
Jaime no recordaba la última vez que había bebido simplemente por placer, y no para intentar olvidar.
Sentado en un taburete alto, contemplaba las botellas alineadas detrás del mostrador.
No es que el sitio estuviera mal, pero no tenía el nivel de los locales que acostumbraba a frecuentar.
Detrás de la barra, una pantalla retransmitía, sin sonido, un partido de fútbol que debía de ser de segunda categoría, ya que nadie prestaba atención.
A esas horas ya no quedaban muchos clientes. Los solitarios, como él, sujetaban su vaso medio vacío, con la espalda encorvada y los brazos apoyados en el mostrador, mirando a la nada.
Había sido un día de mierda. No. De mierda no: de pu-ta mier-da.
Por la mañana le había llamado su padre.
—Jaime, hijo. ¿Qué tal todo? Tu madre y yo hemos pensado que, como es domingo, podríamos comer los cuatro en el restaurante de la rambla. Tenemos que hacer reserva, ya sabes que siempre está lleno.
—No puede ser, papá. Ya te dije que Sara está en Madrid, cuidando a su madre.
—¿Cómo es posible que no haya vuelto todavía? ¿Tan grave es? ¿Cuánto lleva ya?, ¿un mes?
—No, pero casi —masculló entre dientes. Llevaba perfectamente la cuenta: veinticinco días, doce horas.
—No entiendo por qué no se hace cargo el servicio. Deberías haber contratado una enfermera que se ocupe de tu suegra. —Su padre tenía ese tono que siempre sonada a orden.
—Sara ha insistido en cuidarla ella misma.
—¿Cómo que ha insistido? ¡Una mujer no puede dejar tanto tiempo solo a su marido! —el tono se elevó, seco, autoritario.
—¡Papá! ¡Qué lo dejes ya! —alzó la voz.
—¡No grites a tu padre!
—Tengo que colgar, papá, me pillas en mal momento. —Jaime se apresuró a cortar la llamada antes de que terminaran discutiendo—. Os llamaré pronto, dale un beso a mamá.
Colgó resentido, sin darle opción a que siguiera hablando. Una parte de sí lo odiaba.
Él era el reflejo de su padre.
Casi sin querer, se había convertido en una versión de él, pero no de la noche a la mañana, sino poco a poco copiando sus gestos, su forma de hablar, su rigidez. Recordó a su madre obedeciendo en silencio.
Le culpaba de su propia frialdad, de ser tan calculador, y con ese punto de codicia.
Lo había juzgado durante años.
—¿Puedes ponerme otro ron? —pidió al camarero.
—Enseguida —respondió el chico de la barra, que tendría unos veintitantos y que en ese momento servía un par de copas a una pareja que acababa de sentarse.
Jaime jugaba con el vaso entre los dedos, escuchando el tintineo de los hielos al agitarlos. El chico se acercó a servirle la copa.
—Amigo, ¿qué harías si tu novia te dijera que está harta y que ya no quiere seguir contigo?
El camarero arqueó las cejas y encogió ligeramente los hombros.
—Aceptaría y haría un intento de quedar como amigos.
—¿Sin más? —le dijo buscando una reacción.
—Evidente, bro.
—¿Pero no intentarías que se quedara? ¿No harías nada por retenerla? —preguntó dando un trago.
—No. —El muchacho decidió no invertir más tiempo con otro de los borrachos que frecuentaban el local todas las noches.
Jaime hizo un vago ademán de indiferencia y apuró el vaso. A pesar de que debían tener casi la misma edad, no compartían las mismas ideas.
Los fines de semana le resultaban devastadores porque tenía más tiempo para darle vueltas a la cabeza e inventar historias acerca de dónde o con quién andaba su mujer, y eso le enervaba.
Pensar que estaba haciendo lo que le daba la gana le hacía hervir la sangre y no podía evitar recrearse en la violencia.
Su mente regresó de nuevo al momento en que había hablado con su padre.
Le había dolido colgar de esa manera, pero no tenía fuerzas para abrir un nuevo frente de batalla, estaba demasiado hecho polvo.
Había llamado en el momento más inoportuno, cuando estaba en casa, con un zumbido constante que le taladraba el cráneo.
Otra vez ese maldito dolor de cabeza. Necesitaba las aspirinas.
—¿Dónde estarán? —masculló sujetándose las sienes—. En el baño seguro que no, dicen que los medicamentos hay que alejarnos de los sitios húmedos.
Fue hasta la cocina porque recordaba haber visto allí un pequeño botiquín, en la zona de la despensa.
—¡Aja! Gracias, señor. —Y elevó los ojos hacia arriba al encontrarlo.
Rebuscó en uno de los dos cajones destinados a las medicinas.
De forma desordenada fue sacando varios envases, solo tenía que encontrar el que pusiera «aspirinas».
Lejos de ser un botiquín convencional, con pastillas caducadas o jarabes pegajosos, estaba todo perfectamente colocado: nada de envases arrugados ni prospectos sueltos. Estaba como él exigía: todo en orden.
Entonces tropezó con una caja pequeña que habría pasado desapercibida de no ser por el nombre impreso: «Progestelle».
—No habrá sido capaz —Empezó a sudar al comprender que sí había sido capaz.
Rasgó la tapa de la caja sin cuidado y buscó en el prospecto:
Qué es Progestelle y para qué se utiliza.
Progestelle se utiliza para evitar el embarazo. Contiene una pequeña cantidad de un tipo...
No tuvo que leer más. Dejó caer la caja, sin poder articular palabra, hasta que soltó un grito que retumbó en toda la cocina. ¿Cómo había sido tan estúpido?
La muy zorra lo había engañado todo este tiempo haciéndole creer que le costaba quedarse embarazada. Pero acababa de descubrir que no era cierto.
Hacía unos meses se lo había dicho:
—No quiero esperar más. Ya es hora de que los tengamos. No hay excusas.
En su entorno, tener hijos se había convertido en una especie de símbolo de madurez que permitía escalar a otros puestos de mayor responsabilidad. Las parejas con hijos estaban mejor valoradas.
Y, sin darse cuenta, empezó a pensar en ellos, no con un deseo auténtico, sino como una estrategia laboral, una forma rápida de escalar. Pero Sara le pidió esperar un poco, no se sentía preparada para ser madre, lo que suponía un obstáculo para sus planes de futuro.
Para él no era una opción. La decisión estaba tomada y ella debía acatarla. Y, aunque sabía que no estaba lista, quería cumplir con esas expectativas.
Estrujó con ira el paquete entre las manos hasta que se rompió y todas las pastillas rodaron por el suelo. Preso de la furia las pisoteó y de un manotazo todas volaron por los aires.
—¿Qué será lo siguiente? —chilló con fuerza.
Dio un golpe a la pared y los nudillos se le tornaron rojos. No sintió dolor, solo la ira quemándole por dentro.
De repente, el sonido de los hielos al caer en un vaso lo sacó del trance.
—¿Eh? ¿Qué? —murmuró Jaime, desorientado, como cuando suena el despertador a las seis de la mañana y estás profundamente dormido.
Miró al camarero, que estaba sirviendo la bebida, y reanudó su interrogatorio:
—¿Y si ella jugara sucio?
—¿Cómo? —El chico frunció el ceño.
Jaime apretó el vaso con fuerza.
—Me refiero a que quieras algo y ella haga lo imposible para que no lo tengas.
El chico no entendía nada, pero tenía que ser amable con los clientes si no quería perder el trabajo. Hizo una mueca, como si estuviera pensando. Desde la otra punta del mostrador alguien lo llamó:
—Perdona, ¿puedes darme un whisky?
El camarero suspiró aliviado.
La puerta del bar se abrió de nuevo. Esta vez entraron dos hombres apoyándose el uno en el otro. Caminaban dando pasos cortos, procurando no tambalearse demasiado para no acabar en el suelo. Llevaban una risa tonta en la boca, que se cortó en seco cuando uno de los tipos miró hacia la barra.
—¡Joder, tío! ¡Mi jefe!
El otro empezó a reír a carcajadas.
—Hay que ser pringao para acabar en el mismo garito que tu jefe.
—¡Cállate! Mañana tengo que verle el careto al muy capullo. Mejor vámonos —dijo en voz baja.
Tarde. Jaime ladeó la cabeza hacia donde estaban y alzó la mano en un gesto vago, una especie de saludo. No tuvieron más remedio que acercarse.
—Jaime.
—¡Hombre, Sánchez, qué pequeño es el mundo!
—Sí —asintió, incómodo por la situación—. Qué casualidad, ¿no?
Su expresión era la de «no esperaba encontrarme con mi jefe, y menos en un sitio como este».
—Pues ya ves. ¿Vosotros venís mucho por aquí? —preguntó Jaime.
—No.
—Sí.
Respondieron los dos amigos al unísono, contradiciéndose.
Jaime estalló en risas.
—Anda, venga, sentaos conmigo y hacedme compañía. ¡Tú, chaval! Ponles algo de beber, yo invito; y para mí otro de esto que estoy tomando.
A Sánchez se le había pasado de golpe la borrachera. Miró a su amigo, que estaba encantado de que le pagaran las copas. Él no lo tenía tan claro.
—Por cierto, me llamó Jesús —dijo el amigo de Sánchez mientras se sentaba torpemente junto a Jaime.
—Me alegro —respondió él sin dirigirle la mirada.
Sánchez observó a Jesús, que seguía con la risilla floja, y supo con seguridad que se les había jodido la diversión.
Se puso a rezar para que no fuese «una mala noche que siempre se olvida», como canta DePol.