Huye Capítulo 13. Quédate
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Capítulo 13. Quédate

QUÉDATE

D omingo por la mañana. Tal y como estaba previsto, Sara se encontraba en el campo de fútbol.

David había quedado con sus amigos en un aparcamiento de tierra junto al campo y poco a poco fueron llegando; primero Fermín, después Silván y Jara. Se saludaron entre bromas.

—¡Os vamos a machacar! —se decían entre risas.

Al cabo de un rato apareció otra pareja que Sara había conocido unos días antes: Borja y Daniela, también muy agradables. Los chicos chocaron los puños y las chicas se dieron dos besos.

—¿Habéis traído la nevera? —preguntó Fermín.

—¡La nevera y el termo de café! —respondió Daniela, y todos rieron al unísono.

Hacía un frío intenso. Sara daba pequeños saltos sobre sus pies, echándose el aliento en las manos para entrar en calor. Llevaba un gorro de lana que Jara le había prestado.

—¡Qué frío! —murmuró.

—Toma, ponte esto; te vendrá bien —le dijo una chica ofreciéndole un par de guantes.

—Gracias —contestó Sara.

La chica jugaba en su mismo equipo, el de los mozos y mozas, junto con Fermín y otros del pueblo.

En el equipo contrario, el de los casados, estaban Silván, Jara, Borja y Daniela.

El campo, con más tierra que hierba, estaba rodeado de árboles y no tenía gradas ni asientos. Los más previsores habían traído sillas plegables, los afortunados estaban sentados sobre bancos de piedra y, los demás, en el suelo.

Pero en el ambiente se respiraba fútbol de verdad. No había focos, ni megafonía, ni repeticiones en pantalla. Solo ganas de jugar y disfrutar del domingo.

Poco a poco, el lugar se llenó de gente hablando, riendo, buscando su sitio o calentando antes de comenzar el partido.

—David, me tienes anonadada.

—¿Por qué?

—Me hiciste creer que era un partido entre amigos y resulta que ¡medio pueblo está aquí! ¡Como si se jugara una final del Mundial! —exclamó nerviosa—. ¡Me las vas a pagar!

Temía no estar a la altura, pero David, como siempre, se lo tomó a risa.

—Tú solo céntrate en disfrutar.

—Al menos, espero que sea un partido amistoso —dijo Sara alzando la voz detrás de él, que había empezado a estirar los músculos.

—Por supuesto, amistoso... hasta que comience —bromeó.

El árbitro, que era el panadero, tocó el silbato para reunir a los equipos.

—Esto empieza ya —gritó alguien desde un rincón.

Tras un largo pitido, el balón salió disparado hacia arriba; de inmediato alguien lo pateó con fuerza, lanzándolo a la otra punta del campo. Los jugadores corrieron tras él.

El juego había comenzado.

Sara corría como pollo sin cabeza detrás del balón. Cada vez que lograba acercarse, alguien gritaba:

—¡Pásamelo, pásamelo!

Y ella estiraba la pierna, con toda la potencia de la que era capaz, para lanzarlo.

Poco antes del descanso, un chaval del equipo de los mozos metió gol:

—¡¡Goool!!!

Todos corrieron a abrazarse. David rodeó a Sara por la cintura y la levantó del suelo; ella, entre la sorpresa y la emoción, no podía parar de reír.

—¡Ya os avisamos de que no íbamos a tener piedad! —bromearon.

—¡No cantéis victoria tan pronto! —replicó Silván.

A mitad del segundo tiempo, uno de los suplentes saltó al campo con un móvil en la mano.

—¡Daavid! —gritó mientras corría con el brazo extendido.

Desde el otro extremo del campo, David lo vio venir y se acercó hasta él.

—Lleva sonando un buen rato. Creo que es urgente —dijo el chico, jadeando, cuando estuvo frente a él.

David se secó el sudor con la camiseta y cogió el móvil. Vio diez llamadas perdidas.

—Vaya, esto no pinta bien —dijo con preocupación mientras devolvía la llamada.

Sara, desde la banda lateral, se percató de que algo pasaba y fue tras él.

—¿Qué ocurre?

—Me acaban de llamar del centro hípico. Tienen una yegua de parto y parece que hay complicaciones.

Sara no lo dudó.

—Voy contigo.

—Quédate con los chicos, volveré en cuanto termine.

—No. Quiero acompañarte.

Sara insistió, esta vez con más firmeza.

Una parte de ella sabía que debía mantenerse al margen, pero otra, más fuerte, no podía permitir dejarlo solo en algo tan delicado; por la conversación, estaba claro que se trataba de algo serio.

Y, aunque el episodio del fútbol había sido divertido, ahora quería estar a su lado.

David la miró en silencio durante un segundo valorando la idea.

—Está bien. Vamos.

Salieron deprisa del campo, dejando atrás las risas y el bullicio, y cruzaron con paso rápido el aparcamiento hasta llegar al coche. Sara se detuvo de pronto.

—¡Tenemos que ir a la clínica a por tu maletín! —exclamó. Él se volvió para mirarla sin dejar de andar.

—Siempre llevo el maletín en la camioneta —respondió abriendo la puerta mientras ella se subía sin decir nada más.

Apenas cruzaron la entrada de la finca, dos perros enormes salieron a recibirlos, ladrando detrás del coche, como si anunciaran su llegada.

El acceso estaba presidido por un portón de hierro forjado, que en esos momentos estaba abierto de par en par, sujeto por dos pilares de piedra. En uno de ellos, había una placa con el nombre del centro hípico grabado.

Sara se acordó de las rutas a caballo del complejo rural y pensó que esa era la empresa que las organizaba.

Avanzaron por el camino de tierra compactada hasta llegar a las cuadras. David conducía con seguridad, sabiendo adónde tenía que ir.

Al bajar del coche, un hombre de edad avanzada y barba canosa los esperaba. Vestía una camisa a cuadros y unas botas de piel marrón que le llegaban hasta las rodillas. Se frotaba las manos visiblemente nervioso.

—Menos mal que has venido, David —dijo con alivio.

—En cuanto he visto la llamada, he salido volando. Siento haber tardado, hoy era el partido y...

—No pasa nada —le interrumpió—. Ya sabes que estas cosas no entienden de festivos ni días libres.

—Así es —asintió David.

El hombre los condujo hasta una zona del establo más tranquila y retirada del jaleo, donde las cuadras eran más grandes y espaciosas; eran las parideras.

Sara caminaba junto a ellos en silencio. El hombre la miró con una media sonrisa.

—Hoy te has traído ayudante —le dijo a David.

—Sí, mejor cuatro manos que dos —respondió mirándola con ternura.

—Por cierto, soy Germán —añadió el hombre tendiendo la mano a Sara—. Soy el dueño de la hípica.

—Encantada —respondió ella intentando seguirles el paso.

Al fondo se oían los relinchos de angustia de la yegua y los tres apretaron el paso.

—¿Cuánto lleva así? —preguntó David.

—Una hora más o menos, y el parto no avanza.

La yegua se movía inquieta dentro del box. Golpeaba con las patas traseras las paredes de la cuadra, se tumbaba y se levantaba constantemente. Había una cama de paja limpia esparcida por todo el suelo y olía a desinfectante.

—Tranquila, bonita —dijo David en voz baja pasando la mano por su crin.

Dejó el maletín en el suelo y sacó el estetoscopio y un par de paquetes de plástico.

—Toma, ábrelos y ponte uno —le pidió a Sara.

Ella extendió la mano, pero al ir a cogerlos se le resbalaron de los dedos. Con el pulso temblando lo desenrolló y se puso un guante largo que le cubría el brazo hasta llegar al hombro.

David auscultó a la yegua, moviendo el aparato por el tórax, escuchando atentamente los latidos cardíacos.

—¿Oyes también el corazón del potro? —preguntó Sara mordiéndose el labio.

Él asintió y ella respiró aliviada.

Luego se desinfectó las manos y se colocó el guante.

—Sara, ven. Te necesito aquí. Tienes que ponerte a un lado, nunca detrás. Podría darnos una coz —le explicó sin dudar, demostrando que había hecho eso mismo muchas veces.

Ella obedeció, tropezando con un rastrillo que había apoyado en la pared. Se oía la respiración agitada de la yegua que no paraba de moverse. David le administró un relajante uterino y el animal comenzó a calmarse.

—Voy a palpar el canal del parto. Necesito saber cuál es el problema.

Con precisión, introdujo la mano y exploró el interior.

—El potro viene grande. —Lo había sentido de inmediato—. Va a necesitar ayuda para nacer. Voy al coche a por el extractor.

Un aire tenso envolvía la cuadra. Germán se frotaba la nuca de forma compulsiva, mientras que Sara movía los pies sin parar, como si no encontrara dónde apoyarlos. A su lado los relinchos nerviosos del animal levantaban el polvo de la paja.

No pasaron ni dos minutos antes de que David regresara.

Entró de nuevo en el box con un instrumento metálico en la mano que brillaba al reflejar la luz.

Con una determinación urgente colocó las cinchas alrededor de las patas delanteras, que ya asomaban, y se preparó para comenzar a tirar.

La yegua resoplaba tendida en el lecho de paja.

—Hay que aprovechar las contracciones para sacarlo —dijo David agarrando con fuerza el extractor, al tiempo que tiraba con cuidado.

Poco a poco las patas del potro fueron saliendo mientras él apretaba la mandíbula y una gota de sudor le corría por la sien.

—¡Vamos, ya casi está!

Sara se había arrodillado junto a la madre, acariciándola. Germán observaba desde un rincón, en silencio, con las manos entrelazadas como si estuviera rezando.

—Ánimo, bonita. Ya falta poco para que salga tu bebé —dijo Sara en un susurro.

La yegua dio un último empujón y David aprovechó para tirar con ambas manos. Por fin, la cabeza del potro asomó recubierta en una fina membrana y cayó en el lecho de paja, todavía inmóvil.

David retiró con rapidez el tejido que le cubría la nariz y, segundos después, la cría respiró por primera vez. La yegua se giró y comenzó a lamerlo.

David, sudoroso, se pasó la mano por la frente y vio que Sara tenía los ojos llenos de lágrimas.

—¡Lo has conseguido! —exclamó.

—Lo hemos conseguido —corrigió él—. Ha sido un trabajo en equipo.

Sara resopló, soltando todo el aire que había estado conteniendo sin darse cuenta.

—No he sido de gran ayuda —dijo—. Más bien creo que he sido un estorbo cuando no sabía dónde ponerme.

David sonrió pellizcándole la mejilla.

—No digas eso. Me has ayudado más de lo que imaginas.

Germán, aún con el susto en el cuerpo y un ligero temblor en las piernas, le palmeó varias veces la espalda.

—Hijo, somos afortunados de tenerte cerca. Te felicito por tu trabajo.

David miró al suelo, casi avergonzado por el halago. El hombre, con una mano en el pecho, pasó junto a Sara.

—Un día de estos me va a dar un infarto —dijo entre dientes, al tiempo que salía de la cuadra—. Ahora, necesito un trago.

Ellos se contemplaron aliviados, sin decirse nada; la tensión del momento empezaba a desvanecerse.

—Otro final feliz —dijo David, rompiendo el silencio.

Sara se quedó mirándolo. Lo vio con la camisa arremangada, el pelo revuelto, sudoroso, y sintió un vuelco en el pecho.

Durante todo el parto se había esforzado en ayudarle y en no entorpecer su trabajo y, ahora que todo había pasado, la emoción la invadía.

No sabía qué le atraía más de él: si la ternura con la que trataba a los animales, cómo había controlado la situación o su manera de sonreír.

Intentó apartar esa sensación porque no podría soportar otro fracaso. Quería mantener la distancia, pero cada vez le resultaba más difícil. No debería sentir algo tan fuerte.

De repente y sin pensarlo, Sara se abalanzó sobre David y lo abrazó con tanto ímpetu que le hizo dar un paso hacia atrás. Él, sorprendido, tardó un instante en reaccionar, pero de inmediato la rodeó con sus brazos, sujetándola un poco más fuerte para sentirla más cerca.

Sara, apoyada en su pecho, notaba su respiración, su corazón acelerado. Le asaltó el impulso de separarse, pero no podía, necesitaba ese refugio. Solo un segundo más. Solo uno.

—Quédate —le susurró al oído, en voz baja, casi imperceptible.

Ella se separó apenas unos centímetros.

—¿Qué?

—Quédate —repitió mirándola a los ojos.

Sara sintió cómo el calor le subía hasta la cara y le ardían las mejillas. Había captado el mensaje, pero el miedo la frenó. No quería volver a caerse y sabía que caminaba por tierras movedizas.

—Bueno, técnicamente estoy aquí —bromeó nerviosa.

—Me refiero a que no te vayas nunca.

Las palabras se quedaron en el aire.

—David...

Él todavía la tenía sujeta y entonces empezó a hablar, como si todo lo que había estado callando ya no pudiese guardarlo por más tiempo.

—Tú estás aquí por alguna razón. ¿No te das cuenta? Incluso nos encontramos aquella noche cuando nadie debía estar en la calle.

David hablaba sin parar, sin poder controlarse. Las palabras le salían a borbotones, desordenadas, como si tuviera una gran acumulación interna.

Sara no supo qué responder, porque en el fondo sabía que tenía razón.

—Una casualidad.

—Las casualidades no existen —replicó—. Todo ocurre por algo.

Ella quería dar media vuelta, salir corriendo sin mirar atrás. Su plan, el que creía tener bajo control, se desmoronaba. ¿Y si de verdad estaba destinada a quedarse en Ermella?

—Bueno, aunque quisiera irme, ya sabes que no tengo coche —intentó reducir la tensión.

—Sara, por favor, no sigas por ese camino —David la interrumpió—. Sabes a lo que me refiero.

—Es que no es tan sencillo.

Ahora ella ya no estaba entre sus brazos, pero él sujetaba una de sus manos implorando que se quedara.

—Solo dime que lo vas a pensar —él continuó hablando, esta vez con la voz un poco temblorosa—. No tomes decisiones precipitadas.

Sara había vuelto a mentir: le había contado que se había tomado un año sabático para aclarar la mente y cambiar de aires. Él se lo creyó y eso le animaba a seguir insistiendo.

—Podrías buscar trabajo por la zona. Si no te gusta siempre puedes irte.

Tras un largo silencio ella movió la cabeza despacio. Sabía que aceptar suponía un giro de 180 grados, pero también deseaba, con todas sus fuerzas, quedarse.

—Deja que lo piense. Quiero organizar mis ideas.

David asintió aliviado. Era una pequeña tregua en medio de una batalla.

—Con eso me basta.

Entonces respiró hondo, tragó saliva y la miró fijamente. El corazón le latía rápido, sabiendo que estaba a punto de saltar al vacío. Quería confesarlo todo de golpe, pero se contuvo, solo dijo lo importante.

—Cuando estoy contigo todo es más sencillo —admitió sin rodeos—. No me había sentido así con nadie.

Sara lo miró sorprendida por la forma en que se lo había soltado, así, tan directa, sin adornos.

—David...

—No digas nada, por favor —la interrumpió—. Tenía que sacármelo, ya lo he dicho. Ahora ya lo sabes, prefiero que lo sepas a seguir fingiendo que no pasa nada.

David se había puesto colorado. Sara lo miró con ternura. Le puso una mano en la mejilla y él atrapó sus dedos con la suya. No hubo palabras; con ese pequeño contacto se dijeron todo.

Detrás de ellos, la yegua relinchó.

Ambos se giraron para ver al potro, que se había puesto en pie y ya estaba ya mamando.

Se miraron y esbozaron una sonrisa.