Capítulo 12. Sin señal
SIN SEÑAL
S ara caminó alrededor del coche hasta la puerta del pasajero y la abrió. Se agachó disimuladamente buscando con la vista el aparato.
Ahí seguía. Suspiró aliviada al verlo.
Paco continuaba explicando a David todas las reparaciones necesarias en el Mercedes, como si él fuera el dueño, y David asentía tocándose la barbilla con la mano.
—He tenido que quitar la batería —dijo Paco volviéndose hacia Sara.
—Oh, no hay problema —respondió ella asomando la cabeza del coche.
«Mejor. Sin batería, tampoco hay señal GPS», pensó para sí misma.
Al ver el hueco bajo la consola, el recuerdo de aquel día con Dimitri en la trastienda del compra-venta de oro volvió con un impacto seco.
El almacén estaba cuidado y limpio; lejos de lo que uno podía imaginar, no era un lugar lúgubre y aterrador. Detrás de una estantería, se adivinaba una caja fuerte empotrada en la pared. Sara observaba a su alrededor, pero sin dejar de prestar atención al hombre que la miraba de arriba abajo.
—Me han dicho que tú puedes conseguirme ese aparato. ¿Cómo lo llamáis? ¿ Jammer ?
—Es caro —soltó sin rodeos, ignorando la pregunta. Su voz sonaba tosca, con un marcado acento extranjero—. ¿No serás de algún programa de investigación o algo así? Porque poli no pareces.
El tipo torció el gesto, desconfiando; le costaba creer que una mujer de aspecto tan refinado estuviera negociando en aquel barrio.
—Ni tú pareces tan bueno en esto como me dijeron —replicó ella en un esfuerzo por mantener la voz firme.
—¡Mira, guapa! Conseguir el jammer es la parte fácil. ¡Lo jodido es colocarlo sin que salte la alarma! —exclamó visiblemente ofendido.
Sara respiró hondo, dispuesta a zanjar el tira y afloja.
—Bueno, dejémonos de tonterías y hablemos de negocios, que para eso he venido —dijo obligándose a mantener la compostura.
El hombre le daba miedo: era tan grande y fuerte que con un pequeño empujón podría mandarla al otro extremo de la estancia. Sara tragó saliva, consciente del riesgo.
—¿Sabes que está prohibido? Nadie debe saber que lo llevas —insistió Dimitri—. Te va a costar caro.
Ella asintió con la cabeza; le sudaban las manos, pero no quería mostrar el más mínimo gesto de debilidad.
—He traído esto como pago.
Sacó del bolso una pulsera de oro blanco, rígida y con un curioso sistema de cierre con tornillo.
—Solo acepto dinero en efectivo.
—Es alta joyería —habló casi suplicando.
El tipo cogió la pulsera entre los dedos, la examinó acercándola a la luz y la pesó con la mano. Seguía dudando.
—Conozco la marca —gruñó entre dientes—. Tengo algún conocido que la tiene bien fichada. —Y rio.
—Es el modelo Love, tiene el logotipo grabado en el interior y está incluida la pieza para poder ponerla y quitarla.
Sara parecía una vendedora tratando de convencer a un cliente de que comprara la joya.
—¡No puedo pagarte de otra forma! —exclamó finalmente con desesperación—. Si no lo aceptas tendré que buscarme a otro.
Sara tragó saliva por la ansiedad, a eso se le llamaba «tirarse un órdago».
Él levantó la mirada despacio.
—¿Cuándo quieres que lo ponga?
—Ya mismo.
Dimitri consultó su reloj como si tuviese prisa o calculando cuánto tiempo le llevaría el trabajo antes de su siguiente cita.
—¿Dónde está el coche?
—Tus amigos del compra-venta me han dejado meterlo en su garaje, justo detrás.
—Vamos.
Dimitri salió con decisión por la puerta trasera del local. Sara supuso que ya había hecho negocios turbios en ese mismo garaje. Quizás demasiados.
Se trataba de un espacio pequeño, sin ventanas, con una puerta basculante que quedaba paralela al techo cuando se abría.
Sara se preguntó dónde estaría el objeto por el que acababa de intercambiar la maldita pulsera que Jaime le había regalado con «amor». ¡Qué ironía!
—Abre el coche.
Sara obedeció. Dimitri sacó del bolsillo una caja de cartón. De ella extrajo una antena y un pequeño aparato de color negro, con forma de cilindro. Se lo tendió a Sara, que lo sostuvo temblorosa entre las manos.
—No sabía cómo eran estos cacharros —dijo dándole vueltas ente los dedos.
Mientras ella lo examinaba, Dimitri ya había abierto un pequeño estuche y empezaba a desplegar las herramientas con movimientos precisos.
—Frecuencia ajustable, treinta metros de rango. Apaga GPS, GLONASS, Galileo y hasta el wifi si quieres. Batería autónoma, sin rastro digital. Una vez encendido, ni Dios sabe dónde estás.
Enumeró todas las bondades que ofrecía el aparatito sin levantar la vista, concentrado en ordenar cada componente antes de instalarlo.
—¿Cómo funciona? —peguntó Sara devolviéndoselo.
—Imagina un altavoz a todo volumen y yo gritando al lado, pero por muy fuerte que lo haga no me oirías. Eso hace el jammer : mucho ruido ante una frecuencia. Bloquea las señales de cualquier dispositivo que emita una señal.
Dimitri acarició el cilindro negro como si fuera una pieza única, girándolo entre los dedos, embelesado.
—Este es el mejor. —Se mostraba orgulloso de su trabajo—.
Se usa para robar camiones con mercancía valiosa.
Los asaltan en medio de la carretera y se quedan «a ciegas», sin poder emitir una señal de socorro ni poder llamar a la policía.
—Levantó los ojos y clavó la mirada en Sara—.
Pero tú no lo quieres para eso, ¿verdad? —le preguntó con rostro serio.
—No, no —titubeó.
—¡Te estoy tomando el pelo! —Y soltó una carcajada—. No hago preguntas ni quiero saber para qué lo vas a utilizar.
Dimitri se coló dentro del coche y buscó la toma del mechero. Lo encontró justo bajo la consola central.
Sabía que tenía que colocarlo rápidamente y sin errores. Insertó un extremo del jammer al adaptador de 12V, en el otro extremó conectó la antena y, al hacerlo, sonó un clic.
Sara contuvo la respiración.
—Listo —murmuró pasado un rato—. Sin luces parpadeando ni señales que llamen la atención.
Ella respiró aliviada cuando terminó el trabajo.
—¿Cómo sé que está activado?
—Dame tu teléfono.
Sara se lo entregó; él abrió la app de geolocalización del vehículo y en la pantalla apareció: «Sin señal GPS».
—¿Ves? Ahora llevas un escudo invisible alrededor del coche.
—¿Me aseguras que no ha enviado una señal de alarma? ¿Ni a los servidores centrales?
—¿Acaso dudas de mi trabajo? —La intensidad de su mirada la dejó paralizada—. Te he dicho que soy el mejor. No pagas por el aparato, sino por la habilidad del instalador.
Dimitri sacó el pecho hacia fuera, con confianza y seguro de sí mismo, pavoneándose de lo bueno que era.
—Hay mucho chapuza por ahí; te engañan y luego cuando conectas el inhibidor y... ¡Nino, nino, nino! ¡La pasma! ¡Cazado! —Dimitri hizo aspavientos con las manos en señal de que era lo peor que podía pasarte.
Ella no dejaba de mirarle, casi casi con admiración. Si era cierto que el dispositivo funcionaba, le debía la vida.
—Bien, en ese caso, buen trabajo. Un placer hacer negocios contigo —dijo estrechándole la mano.
No quedaba más remedio que confiar en él.
—¡Sara!
La voz de David la trajo de nuevo a la realidad. Estaba tan absorta en ese recuerdo que había permanecido ajena a todo lo ocurrido a su alrededor.
—Paco dice que pedirá las piezas de recambio, pero, como no es un concesionario oficial, le llevará tiempo conseguirlas.
Él asentía con la cabeza mientras se limpiaba las manos con un trapo viejo.
—Si lo prefieres, puedo llevarlo a un taller más grande en Huesca —ofreció Paco—. Puede que tarden menos.
—No, da lo mismo. Has hecho un gran esfuerzo y no me importa esperar un poco más —respondió Sara—. Mil gracias, de verdad.
David hizo lo posible por aparentar calma, pero sintió un vuelco de entusiasmo al oír esas palabras. Podría disfrutar de su compañía un tiempo más.
De camino a la camioneta, improvisó unos pasos de baile, feliz de que ella no se fuera.
Sara lo miró boquiabierta.
—¿Por qué estás tan contento?
—No te vas a librar —respondió con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Librarme de qué?
—Del partido del domingo —Sara no entendía nada, pero él siguió hablando—, entre «mozos y casados». Es un partido de fútbol donde compiten el equipo de las personas sin pareja contra las que tienen pareja. Y tú vas a jugar.
David estaba emocionadísimo.
—Ni de coña. ¡Ni siquiera sé jugar al fútbol!
—No importa. Ya conoces el dicho: «Lo importante es participar».
—Te digo que no. ¡Paso de hacer el ridículo! Ya me imagino a la gente cuchicheando. —Pero se cortó a mitad de la frase—. No, espera, mejor dicho, gritándome para que me largue del campo, de lo mal que juego.
David estalló en carcajadas al tiempo que giraba la llave del contacto.
—Te lo vas a pasar genial.
Sara sonrió con resignación. No había nada más que decir: la suerte estaba echada.