Capítulo 11. GPS
GPS
V oces.
Jaime, sentado en su despacho, hablaba por el móvil golpeando la mesa.
—¡Las ventas no van como esperábamos! ¿Qué cojones está pasando?
¡Quiero una reunión de urgencia con el equipo!
¡Ya! —Al otro lado de la puerta, solo se oían gritos—.
Convoca a todos esos inútiles para esta tarde.
Y ponte las pilas, porque, si esto no se arregla, la primera cabeza que rodará será la tuya.
Su secretaria, hacía unos garabatos en unas hojas, disimulando que estaba con algún asunto, pero en realidad quería prestar atención a lo que sucedía, no fuera que la siguiente bronca le cayera a ella.
Jaime arrojó el móvil sobre la mesa y se llevó las manos a las sienes. Ese maldito dolor no le dejaba ni de noche ni de día. Cerró los ojos.
—Se está pasando —masculló—. Ha sido una rabieta. Una simple rabieta de niña consentida y tarde o temprano volverá.
Pero los latigazos dentro de su cabeza no paraban.
Se levantó dando un empujón a la silla, que se desplazó varios centímetros.
—No volveré hasta la tarde. Tengo que hacer varias gestiones —le dijo a su secretaria, cruzando delante de su mesa, camino al ascensor.
La mujer suspiró aliviada. Al menos, la mañana estaría tranquila.
***
El coche descendió hasta la planta baja del garaje y Jaime lo aparcó en una plaza privada.
El edificio estaba en uno de los ejes empresariales de Barcelona. Aquí no alquilaba cualquiera, se mezclaban oficinas de alto nivel, con bancos, despachos y tiendas de lujo a pie de calle.
Llamó al ascensor y subió hasta la quinta planta, sede de una prestigiosa firma de coches de lujo.
Esperó con paciencia en el vestíbulo a que su amigo, un alto directivo, lo recibiese. Mientras, la administrativa le ofreció agua, que él rechazó.
—Jaime, ¿cómo estás?
Ramón, apareció con una sonrisa, extendiéndole la mano para saludarle. Jaime la estrechó.
—Loco, estoy loco con tanto trabajo.
Él tenía el privilegio de poder tratarle sin formalismo, sin tener que dirigirse a él como don Ramón.
—Pues ten cuidado, que estas cosas pasan factura, y tú eres todavía demasiado joven —dijo el hombre palmeándole la espalda.
Entraron en el despacho.
—Dime, ¿en qué puedo ayudarte? —le preguntó mientras tomaba asiento en su silla de gran jefe.
—Me han robado el coche —dijo Jaime tras una breve pausa.
Ramón se reclinó en su silla de respaldo alto, cruzando las manos sobre el pecho, escuchando con atención.
—Ya me lo habían comentado.
—La policía no consigue recuperarlo.
—¿Y el GPS? Sabes que nuestros coches van equipados con un sistema de rastreo y envían la ubicación en tiempo real. Muy útil en caso de robo.
Jaime apretó los dientes. Sabía lo que Ramón quería decir, pero le empezaba a irritar que le preguntara por cosas tan obvias. ¡Como si no fuera lo primero que hizo!
—Sí, el maldito GPS. No me preguntes por qué, pero no está emitiendo señal.
Ramón se incorporó pensativo.
—¡Joder! ¡Qué raro!
—He denunciado el robo. La policía está haciendo todo lo posible, pero lo ven difícil. Hay bandas organizadas que se dedican a esto; creen que ya estará fuera España.
La mentira iba cobrando forma, inventándola sobre la marcha, con tantos detalles que parecía cierta.
—¿Y dónde está?
—En Marruecos quizás. Es el centro neurálgico de los coches robados en Europa. —Él continuaba perfeccionando su relato con base en las noticas que veía en el telediario—. Los desmontan y luego las piezas de más valor se las llevan en camiones hasta Marruecos para venderlas allí.
—¡Madre mía! ¡Es increíble cómo se mueven las bandas criminales! —Ramón no podía creer la mala suerte de su amigo.
Jaime lo miró fijamente, inclinándose sobre la mesa del despacho.
—Ramón, tienes que encontrarlo. Eres mi única esperanza. Necesito que alguno de tus ingenieros vea esto. Es posible que puedan rastrear la señal de algún modo, usando una aplicación que esté en desarrollo, o una versión beta del software .
Él asintió mostrando tensión en el rostro.
—Desde luego haré todo lo que esté en mi mano para ayudarte.
Jaime suspiró aliviado.
—Gracias, Ramón. Confío en ti y en tu equipo.
—No es el momento de dar gracias. Ahora debemos solucionar esto y espero darte pronto buenas noticias.
Se despidieron con un apretón de manos.
Jaime salió del despacho con el ceño fruncido, dándole vueltas a la conversación con Ramón.
En el ascensor, se presionó los párpados en un intento de aliviar la tensión. Cuando los abrió, vio su reflejo cansado y ojeroso en las paredes metálicas.
Sin darse cuenta, empezó a girar la alianza que llevaba en su dedo.
—Estoy un poco más cerca, Sara —susurró.