Huye Capítulo 10. Amigos
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Capítulo 10. Amigos

AMIGOS

D avid se sentía eufórico ese día.

Le había pedido a Sara que le acompañara por la tarde a tomar unas cañas con sus amigos, y había aceptado.

No era una cita, pero para él era lo más parecido a eso que podía imaginar con ella.

Aparcó frente a la casa rural y se disponía a tocar el timbre cuando Sara se adelantó y abrió la puerta.

—Vaya, ya estás lista —dijo casi sorprendido.

Sara le miró, sonriendo abiertamente.

—¡Es que estoy muy nerviosa! —respondió caminando hacia el coche.

—¿Por qué? —él rio siguiendo sus pasos.

Era como una niña esperando a que la llevaran a la feria.

—Pues, porque voy a conocer a tus amigos y me asusta quedarme callada en un rincón, sin tener nada que decir. Que piensen que soy antipática.

Por unos segundos guardó silencio.

—¿Y si piensan que soy antipática aunque hable?

David no podía borrar la sonrisa de su cara, le parecía que era muy graciosa sin pretenderlo.

Cuando llegaron a La Taberna, Sara se quedó observando la fachada del bar, tratando de recordar cuándo fue la última vez que estuvo en un sitio así: tan cercano, tan auténtico.

David la miraba, entre confundido y divertido, sin entender qué veía en esas paredes.

—¿Entramos? ¿O prefieres quedarte toda la noche mirándolo como si fuera un monumento?

Ella sonrió pensando que David no tenía ni idea de cuánto echaba de menos esos ambientes.

Al abrir la puerta, el calor del local los golpeó en la cara. De fondo sonaba Breathless , de The Corrs, que se mezclaba con el ruido de las botellas, vasos chocando y el olor a hamburguesas.

David buscó con la mirada entre las mesas.

En una alargada, había tres personas sentadas; uno de ellos levantó la mano al verlos entrar y detuvieron la conversación.

Por un instante, todas las miradas se dirigieron hacia la desconocida.

Sara se sintió incómoda bajo tantos ojos y notó cómo las manos le empezaron a sudar.

Caminaron entre las sillas avanzando hacia la mesa. Ella iba a su lado con una sonrisa tímida pero segura, como quien ha atravesado esas circunstancias otras veces. Aunque en el fondo intentaba disimular que estaba nerviosa.

—Qué bien se te ve con compañía femenina —dijo un chico, con tono burlón.

—No hagas caso a este capullo —bromeó David—. Se llama Fermín, y lo más sensato que puedes hacer es mantenerte alejada de él.

—¡Qué exagerado! —respondió Fermín mientras le daba dos besos a Sara.

—A Silván ya le conoces, y la que está a su lado es su novia, Jara.

—¡Por fin te conocemos! —exclamó Jara, al tiempo que también chocaban las mejillas—. Hemos oído hablar mucho de ti.

—Espero que bien —dijo Sara, risueña, saludando a todos.

—Siéntate —dijo David, acercándole una silla—. Estás entre locos, pero son buena gente.

Entre bromas y risas, Sara fue soltándose poco a poco y participando de las charlas, hasta que hubo un momento, ya avanzada la noche, en que empezó a sentirse más relajada, más natural, sin tener que medir cada palabra o gesto por miedo a que la tacharan de algo que no era.

De vez en cuando, se quedaba en silencio observando a David reír con los chicos, y eso le traía el recuerdo de la época en la que ella también había formado parte de un grupo.

Pero ese momento se esfumó en cuanto él se levantó junto con Fermín a por más bebidas.

Desde la barra, David se volvió para mirarla con un gesto de complicidad, le guiñó un ojo y ella se ruborizó.

Entonces supo que todo iba bien y que quizás no sería una mala idea quedarse en el pueblo un tiempo y seguir encajando como una más.

Y nadie hizo preguntas.

—¿Lo has pasado bien? —preguntó David al dejarla en la puerta de casa.

—Lo he pasado genial —no mentía, lo decía el brillo de sus ojos.

—Entonces, ¿estás dispuesta a repetirlo?

—Por supuesto —contestó mostrando una sonrisa de oreja a oreja.

David se quedó durante unos segundos parado delante de ella. Se moría de ganas por besarla. Acercó su rostro tímidamente al suyo, tanteando la distancia, pero Sara contuvo el aliento y retrocedió un paso.

—Será mejor que entre —dijo—. Estoy muerta de frío. —Y se puso a rebuscar las llaves en su bolso para ocultar que le temblaban las manos—. Mañana nos vemos.

—Sí..., sí. Te pasaré a buscar para ir, a ver qué dicen del coche —contestó él pasándose la mano por la nuca, apurado por su atrevimiento.

Sara entró sin darse la vuelta. Giró la llave y apoyó la espalda contra la puerta. Al cerrar, se derrumbó en el suelo mientras las lágrimas le caían por las mejillas.

Se sentía despreciable, no por él, sino por no saber cerrar la herida que tenía abierta.

David regresó a su camioneta y se quedó allí sentado, con la cabeza hundida en el volante.

Encendió la radio.

Sonaba Someone Like You , de Adele, y entonces sintió ganas de llorar.