Huye Capítulo 9. Sola
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Capítulo 9. Sola

SOLA

S e oía a lo lejos el ladrido de un perro, probablemente el de algún vecino que lo había dejado en el jardín. Sin tardar, otro respondió.

Sara estaba inquieta. Se asomó por la ventana, pero a través del cristal no se veía nada, estaba muy oscuro.

Las luces solares que flanqueaban el camino de piedra apenas iluminaban una diminuta sombra en el suelo. No se atrevía a salir. Estaba convencida de que alguien se escondía entre los arbustos, no eran imaginaciones suyas, ¿o acaso sí?

Se hundió de nuevo en el sofá, incapaz de calmar la tensión y encendió el televisor.

Estaban emitiendo un estúpido programa de Tacaños extremos .

La señal era mala y apenas se veían unos pocos canales con algo de nitidez.

Necesitaba ruido en el salón, algo que le permitiera tener la mente distraída.

Se levantó otra vez. Esta vez sí había escuchado algo, un golpe seco, como si algo se cayera al suelo. Entreabrió la puerta de la casa asomando media cabeza. Nada. Silencio absoluto. El perro del vecino ya se había callado.

Sintió un pinchazo en el estómago. Seguro que Jaime ya había dado con ella. Tenía sus contactos, con una llamada podía mover hilos, conectar y crear una red que lo llevara hasta ella.

Había sido cuidadosa. O eso creía.

En su cabeza había previsto diversas hipótesis y escenarios, calculando cada paso que debía seguir y cuáles eran un peligro.

Incluso tuvo la precaución de desactivar el GPS del coche, lo más complicado de todo.

Se las ingenió para bloquear la señal y mantener su ubicación en secreto.

Así que recurrió a «ayuda profesional», aunque no del todo lícita.

«Si me encuentra... —Reprimió ese pensamiento de inmediato—.

Pero si lo hace... —repitió en su cabeza—.

Si lo hace, me matará. No. Eso sería liberarme.

Me obligará a volver, a someterme a su control.

Un hombre así no está acostumbrado a perder, mucho menos a que le dejen y que no haya consecuencias».

El ladrido del perro estalló de nuevo y lo sintió como una advertencia. Los perros no ladran porque sí. ¿Y si había alguien rondando por los alrededores?

Apartó la idea.

—¿Y si lo denuncias para que deje de perseguirte?

La pregunta la sacudió como una bofetada y la devolvió a aquel día en que su mundo se vino abajo y supo realmente quién era Jaime.

—Las mujeres de los ricos no tenemos derecho a quejarnos.

En su memoria la voz de aquella mujer tan elegante que acababa de conocer se presentó de golpe.

—Llevamos una vida de lujo y sin complicaciones. ¿Has oído que alguna de nosotras haya denunciado a su marido?

Era el centro de la conversación de un reducido grupo de esposas y Sara permanecía al margen, pero atenta a la conversación.

—Todos son iguales: codiciosos, despiadados y, a medida que se vuelven viejos, puteros. ¿Por qué crees que han llegado a donde están?

Las risas retumbaron en la sala. La mujer bebió un trago de champán y volvió de nuevo a la carga:

—Míralos. Todos ahí juntitos, planeando cuál será la siguiente cabeza que cortar.

Las palabras resonaban en su mente: ¿despiadados?, ¿puteros? ¿Era Jaime también uno de ellos? Se le revolvió el estómago solo de imaginarlo, pero ella también sonrió para guardar las apariencias.

El círculo de damas miró hacia donde estaban los hombres, entre los que se encontraba Jaime. Él giró su rostro hacia Sara y esta sintió que sus ojos se le clavaban como dagas. El aire se volvió pesado; la observaba con una intensidad implacable, pero ella le dedicó una sonrisa quebrada.

Así fue su «puesta de largo». Una cena relevante del trabajo de su marido, con un grupo selecto de personas que dirigían grandes empresas y donde las decisiones importantes se tomaban fuera de la oficina.

Gente con clase, refinada, acostumbrada a moverse en esos ambientes.

Pero Sara nunca se sintió parte de ese mundo.

—Vas a brillar, cariño —le había dicho Jaime, antes de salir, con esa sonrisa fría que mostraba cuando todo salía según sus planes.

Llevaba un vestido negro palabra de honor, discreto pero a la vez elegante. Temía no estar a la altura.

Cuando se disponía a abrir la puerta para salir, él la detuvo. La abrazó por detrás, empezó a besarla por el cuello, le puso las manos en los pechos, sus besos se volvieron más ardientes, más ansiosos. Le subió el vestido hasta la cintura y sus manos se deslizaron bajo su ropa interior.

—Vamos a llegar tarde —dijo ella con una media sonrisa.

Pero él no escuchó. La giró con brusquedad hacia adelante, haciendo que chocara contra el mueble recibidor.

Sin mediar palabra, se colocó detrás de ella y se bajó los pantalones. Sara sabía que era inútil seguir hablando, resistirse solo haría que fuera peor. Intentó mantener el equilibrio, apoyándose con las palmas de las manos en la consola, mientras él empujaba, y... le dejó hacer.

Sara cerró los ojos, respiró hondo. ¿Qué más tenía que soportar?

Cuando terminó, él se apartó sin decir nada. Se subió de nuevo los pantalones, se abrochó el cinturón y cogió la chaqueta que había dejado colgada en el perchero de la entrada.

Ella se quedó quieta durante un instante, luego se alisó el vestido, despacio.

—Date prisa —dijo él fríamente—. No quiero llegar tarde.

Y salió por la puerta hacia el coche.

Unas risas en el televisor la trajeron de vuelta al salón. Un maratón de anuncios dio paso a la Teletienda, pero Sara apenas prestaba atención.

Se abrazó las rodillas intentando convencerse de que estaba a salvo.

Afuera el perro volvió a ladrar.