Huye Capítulo 8. David
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Capítulo 8. David

DAVID

A penas un débil resplandor se colaba por la ventana cuando David abrió los ojos.

No necesitaba despertador. Hacía años que su cuerpo se había acostumbrado a moverse al mismo ritmo que el campo.

Fuera, un gallo abrió el pico y dejó salir un grito largo y potente, que se extendió por el corral.

Entonces el despertador también estalló con su sonido metálico sobre la mesilla, como lo hacía todas las mañanas.

Eran las seis y media, aún no había amanecido del todo, pero tenía mucho trabajo.

Antes de salir revisó su maletín como si fuese un ritual: guantes, jeringuillas, antibióticos... En el campo cualquier olvido podía convertirse en una catástrofe.

Ese día tenía ronda por varias fincas: toma de muestras de heces y orina para los análisis rutinarios, control de la alimentación y, como si el día no pudiera ser más glamuroso, una inseminación artificial a una vaca, ¡lo mejor de la fiesta!

David sonrió para sus adentros: el campo tenía esa manera de recordarle que la vida tenía dos caras.

Pero le gustaba. Muy diferente a su vida anterior en la ciudad, rodeado de comodidades, aire acondicionado y calefacción. A veces, le costaba creer que había vivido así encerrado durante tanto tiempo, lejos de lo que tanto amaba.

A él le habían mordido, corneado, pisoteado. A menudo tenía que vérselas con bichos que pesaban toneladas y que no se dejaban convencer con golosinas.

Y, aun así, había elegido este camino por convicción. Aunque le hubiese costado perder a Ana.

Al acabar la carrera, enseguida encontró trabajo en un importante centro veterinario. No tardaron en hacerle un contrato fijo, un futuro asegurado. Pero los días cada vez le pesaban más, hasta que alguien, de forma casual, le habló de los veterinarios rurales y algo en su interior despertó.

Ana pensó que se había vuelto loco. Llevaban años viviendo juntos, pero se habían convertido en dos extraños que cada vez tenían menos cosas en común.

Discutieron durante meses. Lo intentaron y fracasaron.

Recordó la última tarde en su piso, viendo cómo empaquetaba las cosas. «Tú necesitas el campo y yo necesito respirar», había dicho ella. David ya había tomado la decisión de irse, era una carga que ya no soportaba.

Con ese espíritu aterrizó en Ermella de los Valles: arrastrado y roto por dentro.

***

Se pasó todo el día sin poder dejar de pensar en Sara. ¡Dios, no podía creerlo! No quería admitir que estaba rompiendo el juramento que se hizo tiempo atrás de no volver a fijarse en nadie y, de repente, esa mujer aparecía en su vida como un torbellino.

Circulaba por una carretera estrecha y sin arcén, cuando el manos libres de la camioneta interrumpió sus pensamientos.

—Tío, ¿por dónde andas?

—Hola, Silván —respondió riendo—. Me alegra oírte.

—Llevas días desaparecido. Jara dice que tiene algo que ver con esa chica de la que le hablé y que se muere de ganas por conocer. —Se calló por un segundo—. Porque sigue contigo, ¿no?

David soltó una carcajada.

—Sí y no. Está esperando a que reparen su coche y mientras ha alquilado una casa a Graciela.

—Chica lista. Salió espantada antes de morirse de aburrimiento contigo.

—¡Eh, que yo no soy aburrido! —protestó entre risas.

—Eso es lo que tú piensas. Nos vemos esta tarde en La Taberna. A las siete. Y prepárate para un interrogatorio.

—Vale, allí estaré. —David colgó, con la risa todavía en la cara. Sabía lo que le esperaba.

De vuelta a casa, se dedicó a ordenar los informes clínicos y todos los datos que había recopilado a lo largo del día. Para cuando terminó eran ya las siete.

Al llegar a La Taberna, los vio sentados con un par de botellas vacías sobre la mesa. Jara alzó la mano al verle.

—¡Por fin apareces! —exclamó dándole un par de besos. Silván le palmeó el hombro.

Tras unos minutos de conversación sin más trascendencia que ponerse al día, Jara entró al trapo en el tema.

—Sara. Se llama Sara. Y ya os lo he contado todo.

David sonrió, no estaba acostumbrado a dar tantos detalles y había cosas que ni pensaba explicar.

Pero no pudo evitar recordar la forma en que Sara movía las manos cuando hablaba y como se recogía el pelo en un moño improvisado, dejando mechones sueltos alrededor de su cara.

No quería reconocer lo que empezaba a sentir por ella porque le aceleraba el corazón.

—Espera. —Jara hizo un gesto con las palmas de las manos para que no continuase—. A ver si lo he entendido. ¿Pagará la reparación del coche porque su padre no puede enterarse de que ha tenido un accidente?

—Eso ha dicho.

Jara abrió los ojos e intercambió una mirada de incredulidad con Silván.

—¿En serio? —preguntó Silván arqueando las cejas—. Menuda historia.

—¡Vaya tontería! —exclamó Jara—. Te ha contado una película de indios.

Él se encogió de hombros sin saber qué responder. En el fondo la historia le resultaba tan increíble como a ellos.

—Y lo mejor de todo es que va por ahí con el bolsillo de Doraemon, sacando billetes en lugar de objetos —añadió Silván.

—Chicos, así explicado suena... —David torció el gesto sin atinar a encontrar la palabra— ¿peculiar?

—Mira, David, ten cuidado —le aconsejó Jara llevándose el botellín de cerveza a los labios.

Los tres hablaban en voz baja, con las cabezas juntas, como si estuvieran planeando un atraco.

—Igual es una estafadora —dijo Silván metiéndose en la boca un puñado de cacahuetes—. O traficante. ¿Y si lo ha robado?

—Seguro que está metida en alguna actividad ilegal.

David levantó las manos.

—Chicos, no digáis tonterías.

—¿Y por qué no puede serlo?

David esperó a que el camarero, un chavalillo joven que trabajaba los fines de semana para pagarse los estudios, les dejara otra ronda.

—Bueno, por... —Y entonces David recordó un principio de simplicidad usado en muchos ámbitos y que él aprendió en la facultad—. Por el principio de la navaja de Ockham —respondió de súbito.

Sus amigos se miraron entre sí pensando que al chico se le estaba yendo la pinza.

—Dice que, ante varias explicaciones posibles para un mismo fenómeno, la más simple suele ser la correcta. De modo que no tenemos que montar una teoría conspiranoica sin necesidad. En lenguaje coloquial y para que lo entendáis: no podemos hacer de un pedo una cagada.

Jara y Silván se miraron con gesto serio y luego estallaron en una sonora carcajada que se oyó por todo el bar. Algunos de los que estaban en las mesas cercanas se giraron, contagiados por las risas.

—Dicho esto, tema zanjado —dijo David dando un trago.

Jara refunfuñó un rato, quería más. Pero él desvió la conversación hacia otros temas que nada tenían que ver con Sara, y la charla se volvió más animada.

Más tarde se despidieron, con el compromiso de que se verían el próximo viernes.

De regreso a casa los pensamientos lo asaltaron uno tras otro y su cabeza le martilleaba con interrogantes para los que no tenía respuesta. Las dudas de sus amigos tenían sentido. Su historia era rocambolesca, llena de sombras: lo del dinero, el coche, el móvil que no aparecía.

Pero de una cosa estaba convencido: no era una delincuente. No podía serlo.

Cuando estaba con Sara, el corazón le latía más deprisa, las palabras se le atropellaban en la boca y se volvía un completo idiota con un cerebro limitado.

Hablar con ella le hacía reír, sentirse en paz; otras veces, le dejaba pensando más de la cuenta.

Tenía que aprovechar el tiempo al máximo, antes de que ella desapareciera. Porque esa era la sensación que le atormentaba: igual que había venido, se iría.