Huye Capítulo 7. Arréglalo
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Capítulo 7. Arréglalo

ARRÉGLALO

P aco observaba el coche, dando vueltas a su alrededor, frustrado, sin saber por dónde empezar. El Mercedes parecía un rompecabezas imposible.

Había conseguido sacarlo del barranco y remolcarlo con la grúa hasta el taller, no sin grandes esfuerzos.

—No sé si voy a poder arreglarlo —murmuró mirando el desastre que había bajo el capó.

Sara y David permanecían de pie en una esquina, mirándose de reojo de vez en cuando, a la espera del diagnóstico final del paciente.

El taller era un sitio destartalado, en una nave antigua a las afueras del pueblo, un lugar modesto pero imprescindible para la gente del lugar. Había coches viejos apostados allí desde hacía años, marcados por la corrosión del viento y la lluvia.

—Estos coches son pura electrónica —dijo Paco, con la cabeza metida entre el motor—. Habría que llevarlo a un concesionario oficial.

Hurgaba los cables con sus robustas manos, apartándolos de un lado a otro.

Sara miró a David suplicándole en silencio que dijera algo.

—Tranquila —le dijo él con voz suave—. Paco es el mejor. Hará todo lo que pueda.

Ella asintió y salió un momento hacia la puerta del taller. Al cabo de unos instantes, regresó con su bolso y un fajo de billetes que extendió al mecánico.

—Tenga esto, por favor, para que empiece a trabajar. Si no es suficiente, puedo darle más.

Paco miró el dinero y, como si se tratase de algo demoníaco, levantó las palmas de las manos en señal de rechazo.

—No. No es necesario.

Entonces se limpió las manos en su mono de mecánico y comenzó a hablar despacio, como si fuera un cirujano que acaba de salir de una intervención y tuviera que explicar a los familiares cómo ha ido la operación.

—El coche ha sufrido daños importantes. La chapa tiene arreglo, eso es lo de menos —dijo mirándolos—.

Pero voy a necesitar más tiempo para ver qué otras averías tiene.

A simple vista, la suspensión está tocada y la transmisión puede que también.

Habrá que cambiar ruedas, comprobar frenos...

Pero, como os he dicho, necesito unos días.

—¿Cuántos exactamente? —preguntó Sara.

—Te digo algo la semana que viene.

—¿La semana que viene? —repitió ella sin poder ocultar el fastidio.

—Es lo que hay, muchacha —contestó Paco encogiéndose de hombros.

David dio un paso adelante.

—No te preocupes, Sara. Paco nos avisará en cuanto lo tenga.

Aunque las palabras de David eran tranquilizadoras, ella no pudo evitar pensar en los problemas que podía causarle ese imprevisto.

Se despidieron acordando que hablarían en los próximos días. Cruzaron el patio del taller, con el cemento agrietado y manchado de aceite, hasta llegar a la entrada principal, donde habían dejado aparcada la camioneta.

David abrió la puerta de la pick up y ambos subieron sin decir una palabra.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó él, al fin.

—¿A qué te refieres?

—Lo del dinero.

Ella se encogió de hombros.

—Quería asegurarme de que empiece cuanto antes.

—Sara —dijo él sin levantar la voz, aunque con firmeza—. No deberías enseñarlo así. Este es un pueblo tranquilo, pero no conoces a todos. No sabes a qué persona tienes delante, y no es buena idea que te vean con todo ese dinero. Puede ser peligroso.

Ella se recostó en el asiento del coche, pensativa.

—Sí, debería ser más precavida.

Los dos se quedaron en silencio. David no insistió, permaneció atento a la carretera, pero siguió mirándola de reojo, intuyendo que ocultaba algo.

—Paco me ha dado buena impresión —dijo Sara, al cabo de un rato—. Le he explicado mi caso con el tema del seguro y la reparación y no ha puesto objeciones. Tampoco me ha hecho preguntas.

—Claro. Aquí la gente ayuda si ve que alguien lo necesita mientras seas buena persona —respondió David, como si fuese lo normal.

—No sé si soy una buena persona —respondió bajando la mirada.

Él sonrió.

—¿Has matado a alguien?

—¡Nooo! —exclamó ella.

—¿Has maltratado ancianos, niños o animales?

—¡Por supuesto que no! —respondió muy seria.

—Entonces, eres una buena persona —dijo David riendo mientras soltaba una mano del volante y le alborotaba el pelo.

Pero Sara no lo tenía tan claro. Había mandado a la mierda a su marido, con quien llevaba cinco años.

Cinco años de castigo: de estar atrapada, de ceder ante sus obsesiones, de estar sometida sin poder rebelarse.

Intentó que no se le escaparan las lágrimas, pero tuvo que girar la cabeza y fingir que miraba por la ventanilla para poder limpiarse los ojos con disimulo.

—David.

—¿Qué? —sintió un cosquilleo al oír su nombre.

—Me temo que voy a tener que quedarme una temporada en el pueblo —dijo como si eso fuera una mala noticia—. Tendré que alquilar una habitación en un hotel.

—Puedes quedarte en mi casa el tiempo que necesites.

—No. No quiero molestarte.

—No es molestia.

Casi le fastidiaba que viniera con ese cuento; en el fondo, le gustaba tenerla cerca, pero no se atrevía a decirlo.

—David, te lo ruego, no insistas. ¿Me ayudarás a encontrar dónde alojarme?

Él asintió, resignado, temiendo que, si se ponía demasiado pesado, Sara acabaría marchándose y buscándose la vida por su cuenta.

—Está bien. Deja que haga unas llamadas.

Esa mañana, mientras David atendía en la clínica, Sara se dedicó a pasear por el pueblo.

Se dejó atrapar por su encanto, caminando por las calles empedradas que serpenteaban hacia arriba y abajo. Anduvo mirando los escaparates de las tiendecitas y los vecinos la saludaban con familiaridad, como si ya la conocieran.

El olor a pan recién hecho la detuvo frente a un obrador. ¡Qué delicioso! Llevaba tanto tiempo viviendo en la ciudad que había olvidado el olor del pan de verdad.

Por un instante se sintió parte de aquel lugar, pero esa sensación no duró, no debía encariñarse de nada, ni de nadie. Ni siquiera de David. Su imagen le asaltó y la apartó de inmediato. ¿Qué pasaría si se quedaba demasiado tiempo?

Siguió caminando hasta la plaza. Las casas estaban pegadas unas a otras y de los balcones de madera colgaban macetas. Se notaba un ir y venir de camiones descargando mercancía frente a los comercios, preparándose, quizá, para los turistas del fin de semana.

Hacía frío, se abrochó la parka. Por fin había recuperado el bolso con su ropa. Era el primer día que no llevaba la cazadora prestada, esa que le llegaba hasta las rodillas. Recordó cómo David le había dicho que le quedaba bien.

Otra vez David.

Una puerta se cerró de golpe detrás de ella y se giró sobresaltada. Sintió un temblor por el cuerpo.

¿Y si Jaime ya sabía dónde estaba?

Respiró hondo y siguió su camino pensando que se estaba volviendo paranoica. Pero el corazón todavía le latía rápido.

Cuando regresó a la clínica, encontró a David recogiendo la consulta. El último cliente acababa de salir arrastrando un perro enorme, que no dejaba de olfatear cada rincón.

—Tengo buenas noticias —dijo al verla—. Hablé con Graciela, la dueña de las casas rurales. —David continuó mientras guardaba botes en un armario—. Me ha dicho que tiene una libre, pequeña, de una habitación, pero perfecta para ti.

—¡Genial!

—Comemos algo rápido y la vemos, ¿te parece?

—Me parece perfecto —respondió Sara.

Comieron en el bar de la esquina, en un rincón junto a la ventana.

Disfrutaron de un delicioso plato de carne estofada con verduras a la brasa y Sara habló más animada de lo habitual mientras David la escuchaba sin interrumpir.

Ella no entendía por qué se sentía tan cómoda, pero evitaba mirarlo demasiado tiempo e intimar con él.

Después fueron a ver la vivienda.

El complejo estaba rodeado por un bosque, con cuatro construcciones independientes y una piscina comunitaria en el centro, que ahora no funcionaba por estar fuera de temporada. Estaban lo bastante cerca del pueblo como para ir paseando hasta la calle principal.

Un cartel a la entrada anunciaba rutas en bicicleta, senderismo y paseos a caballo. El ambiente era tranquilo, familiar y resultaba acogedor.

Graciela les hizo un breve recorrido por el lugar.

—Bueno, pues esto es lo que te puedo ofrecer —concluyó cuando acabó de enseñar el sitio—. Piénsalo y si te encaja me llamas.

La casa tenía un dormitorio principal con el techo de madera y vigas a la vista, un baño completo y una cocina abierta al salón. A Sara le pareció perfecta.

—Me la quedo —dijo sin vacilar—. Voy a alquilarla durante dos semanas. Creo que bastará para que Paco pueda reparar el coche.

—Estupendo. Te mando la factura y el número de cuenta para que...

—Prefiero pagar en efectivo —interrumpió.

David levantó la vista y Sara notó un leve reproche en sus ojos. Graciela, ajena a la tensión, sonrió.

—Por mí está bien —dijo entregándole las llaves.

Cuando Graciela se marchó, David, que había dejado a las dos mujeres solas, volvió a entrar. Encontró a Sara pletórica, como una adolescente a punto de pasar sus primeras vacaciones sin sus padres.

—Me alegro de que estés tan contenta —le dijo apoyado en el marco de la puerta.

—Sí. Aquí voy a estar bien.

Él consultó la hora en el teléfono. Odiaba tener que marcharse, pero tenía una revisión rutinaria en una granja cercana.

—Tengo que irme. Ya sabes, una cita importante: revisión de vacas —bromeó—. Si necesitas algo, llámame.

Sara asintió.

—Claro.

Ya salía, cuando se percató de lo que acababa de decir.

—Por cierto, ¿apareció tu móvil?

Sara aguantó un momento la respiración.

—No —respondió—. Tendré que comprar otro.

David le sostuvo la mirada, como si dudara, pero finalmente movió la cabeza.

—Vale. Luego paso a verte.

—Bien —dijo ella acompañándolo a la salida.

Cuando se marchó, Sara permaneció inmóvil frente a la puerta cerrada, con la mano aún en el picaporte. Se dio cuenta de que era la primera vez que estaba sola desde que se había ido de casa.

Sola significaba libre, sin ataduras, sin tener que dar explicaciones de adónde iba, o con quién.

Pero no iba a ser fácil.

Apoyó la frente en la madera, respiró hondo y cerró los ojos.

Sabía que Jaime no iba a rendirse.

Un escalofrío de miedo le recorrió la espalda.