Huye Capítulo 6. Te vas a encontrar
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Capítulo 6. Te vas a encontrar

TE VOY A ENCONTRAR

T res días desde que ella se marchó y la desesperación lo devoraba. Tres malditos días de rabia contenida, de amarga decepción, de fingir que todo estaba bien.

Jaime había hecho el viaje relámpago a Ámsterdam y ya estaba de vuelta.

No quiso entretenerse con reuniones sociales fuera del trabajo.

Solo pensaba en regresar y, en cuanto terminó, inventó una excusa para poder coger el primer vuelo.

Estaba tan cegado por la ira que lo único que deseaba era encontrarla. Y para eso necesitaba «algo».

En la oficina fingía normalidad: sonreía, charlaba e incluso se tomaba alguna cerveza con los compañeros. Nadie debía sospechar que había problemas en su matrimonio.

Sentado en su despacho, repasaba una y otra vez los movimientos de su cuenta bancaria. Tenía que haber algún rastro: un cargo inusual, una transferencia, un depósito en efectivo...

—No creo que haya usado la tarjeta de crédito —murmuró—. No es tan estúpida.

Pero el dinero tenía que salir de algún sitio y ella no tenía ingresos propios.

Se inclinó sobre la pantalla del ordenador y revisó cada cifra, línea por línea.

Advirtió que, durante los últimos meses y casi cada semana, había ido retirando pequeñas cantidades de dinero en efectivo.

No eran sumas grandes, pero juntas formaban una cifra considerable, lo suficiente para generar sospechas.

Lo había hecho con tanta cautela que pasaba desapercibido.

Se reclinó en la silla, con la cabeza hacia atrás y la vista fija en el techo.

—Piensa, Jaime, piensa.

Sin precisar cuánto tiempo, se quedó absorto en sus pensamientos hasta que algo se encendió en su cabeza.

—¡El gimnasio!

Se levantó de golpe, cogió la chaqueta y salió hacia el ascensor. Sara hacía pilates en un gimnasio del centro; tal vez allí encontraría alguna pista.

Cuando llegó, una chica detrás del mostrador le sonrió amablemente.

—¿En qué puedo ayudarle?

—Mi mujer viene a clases de pilates los lunes y miércoles. Ha perdido las llaves y cree que pudo dejarlas aquí —explicó con naturalidad—. Trabajo cerca y me ha pedido que hable con su profesora, por si alguien las encontró.

La chica asintió.

—Claro, siga este pasillo todo recto. Cruce los vestuarios y suba las escaleras del fondo. A la izquierda está la sala donde imparten pilates.

Jaime agradeció la información y siguió las indicaciones. Llegó justo al final de la clase; la gente charlaba mientras recogían sus cosas. Cuando la sala se vació, solo quedó una mujer ordenando las colchonetas. Jaime dedujo que era la profesora.

Tocó la puerta con los nudillos.

—Adelante —respondió ella.

—Buenos días. Soy Jaime, el marido de Sara. Ella me ha pedido que venga a preguntar si han encontrado unas llaves. Cree que se las dejó en el centro.

La profesora lo miró confusa, con el ceño fruncido.

—Sara... hace al menos tres meses que no viene.

Jaime parpadeó. Por un instante creyó que la mujer no lo había entendido.

—Se equivoca. La semana pasada estuvo aquí. Es una chica como de su misma altura, pelo largo, ojos marrones...

—No me equivoco —interrumpió, aunque vaciló un instante antes de seguir—. Sé de quién me habla. Nos dijo que iban a operar a su madre y que debía ocuparse de ella. Incluso nos trajo una cajita de bombones para despedirse.

La profesora notó la tensión en Jaime y se arrepintió de hablar tanto. Él se quedó pálido, ¡eso sí que no lo esperaba! Había comprobado varias veces la ubicación de su móvil y siempre marcaba el gimnasio.

Sin decir una palabra, se dio media vuelta y se marchó conteniendo la ira. Ni siquiera se despidió. La profesora pensó que era un maleducado, pero ella tampoco le dijo adiós.

Jaime siguió el mismo camino de regreso, esta vez con paso rápido, rumiando la cólera que le reconcomía por dentro.

De pronto se detuvo. Había dejado atrás una puerta entreabierta; parecía la entrada a los vestuarios. Asomó la cabeza, no vio a nadie y se coló.

Era el vestuario femenino. En el aire húmedo todavía se respiraba el olor a jabón. Estaba lleno de taquillas metálicas que relucían bajo la luz de los fluorescentes; algunas estaban abiertas.

Entonces lo entendió de golpe. La muy zorra había estado dejando allí el móvil, dentro de una taquilla, para que él creyera que seguía en clase, cuando en realidad se marchaba. «¿Qué puñetas estaba haciendo en ese tiempo? ¿Dónde iba? ¿O con quién?».

Un calor intenso le recorrió el cuerpo. Por primera vez consideró una idea que no se le había pasado por la cabeza, y esa posibilidad aterradora cobró forma.

«¿Y si se me ha estado engañando con alguien? ¿Y si...?».

Las imágenes que le vinieron a la mente lo enfermaron. Sara riendo, desnuda, con otro.

Y, antes de poder reaccionar, lo invadió un flash, una intuición que le erizó la piel: supo cómo había conseguido el dinero para huir.

Salió casi corriendo del gimnasio, jadeando, presa del nerviosismo. Subió a su coche y marcó en el GPS la dirección de su casa.

Nada más llegar fue directo al dormitorio.

En una de las estanterías, Sara tenía un pequeño joyero donde guardaba sus piezas más especiales: esas que eran importantes para ella, aunque de poco valor económico.

Los pendientes que le regalaron sus padres el día de la boda o esa cadena de oro que era de su abuela.

Jaime buscó la cajita, pero no la encontró.

Fue al vestidor. Allí había un cajón destinado a joyero. Tenía compartimentos de diferentes tamaños, unos más grandes, otros más pequeños, forrados en fieltro gris y organizados en función de si guardaba anillos, collares o pulseras.

De un rápido vistazo comprobó que estaban todas las joyas. ¿Todas?

—Falta el brazalete —murmuró.

El brazalete de oro blanco de Cartier, regalo de su segundo aniversario de boda. La pulsera tenía dos arcos rígidos con un sistema de cierre especial: un diminuto tornillo. Él le había colocado la pulsera como si se tratase de una ceremonia y, al cerrarla, fue como sellar un pacto entre los dos.

La había desnudado y la había poseído dejando solo la joya. Le excitaba verla así, con el brazalete colgando de su muñeca, como una marca silenciosa de pertenencia. Cerró los ojos al recordar el momento.

«Si falta la pulsera, faltarán más cosas», pensó regresando a la realidad.

Con la precisión de un experto relojero, revisó uno por uno cada hueco, haciendo memoria de todos los regalos que le había hecho.

Sus manos fueron recorriendo cada centímetro del cajón buscando lo que ya no estaba.

Echó en falta varios anillos, entre ellos, uno de oro rosa con un pequeño rubí engastado.

Tampoco encontró la gargantilla con forma de cordón que Sara solía ponerse cuando llevaba un jersey de cuello alto. En cambio, estaban todos los relojes.

—¡Qué extraño!

Entonces lo entendió. Lo relojes tenían certificados de autenticidad y los guardaba él. Sin ellos, venderlos sería difícil. En cambio, las joyas podían desaparecer sin dejar rastro. El oro se funde y nadie hace preguntas, sobre todo en tiendas de dudosa reputación.

Cuando terminó el recuento, estaba hundido. No sabía con exactitud lo que faltaba, pero eran muchas piezas.

—¡Joder! —exclamó—. La muy hija de puta no ha tenido reparos en deshacerse de joyas que yo le regalé.

Se desplomó en el suelo de la habitación, derrotado, vencido por las circunstancias. Sentía que había perdido la batalla.

—Pero no la guerra —susurró.

Sin pensar cuál iba a ser su siguiente jugada, se puso en pie decidido a seguir adelante.

A partir de ese momento, comenzaba la caza.