Huye Capítulo 5. ¿Quién es ella?
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Capítulo 5. ¿Quién es ella?

¿QUIÉN ES ELLA?

D avid estaba en el porche de la casa hablando con alguien. Era un chico de unos treinta y pico, de su misma edad, y parecían amigos.

—Tío, no me puedo creer lo que estás contando. ¿Por qué no me llamaste?

—Era tardísimo y en ese momento ni yo sabía qué hacer —dijo David—. Llamé a emergencias, pero me dijeron que era imposible acceder a la zona por los desprendimientos de tierra causados por las lluvias torrenciales. ¿Qué podía hacer?

—Está claro que hiciste lo correcto. Cualquiera de nosotros habría hecho lo mismo. No podías dejarla allí.

—¡Joder, Silván! Ahora lo pienso fríamente... La chica podría haber tenido algún daño interno y yo, sin querer, haberlo empeorado.

El recuerdo de haberla sacado con torpeza del coche y arrastrarla por aquel terreno abrupto le provocaba un nudo en el estómago.

—No lo pensé, actué con el instinto de salvar a alguien que estaba en peligro.

—Y también podría haber muerto desangrada si no hubieras llegado a tiempo. No te tortures más. —Silván le palmeó la espalda—. Lo importante es que está bien, ¿verdad?

—Sí. Lleva durmiendo horas. Esta mañana temprano me asomé a la habitación y ni se movió. Debe llevar días sin pegar ojo. —David frunció el ceño—. Espero que cuando despierte quiera contarme con más detalle qué ocurrió.

—Oye, ¿puedo verla un momento? —dijo Silván guiñándole un ojo.

David levantó la mirada, sonriendo, y le dio un ligero empujón.

—¡Claro que no! —exclamó—. ¡Déjala en paz! Ya la verás.

—Jo, macho, es que me pica la curiosidad. ¿Es guapa?

—Ni siquiera me he fijado —contestó David, aunque por dentro se moría de ganas por admitir que era preciosa—. Además, tú ya tienes novia.

—Pero tú no, y me preocupo por ti —rio a carcajadas.

***

Algo húmedo y áspero recorrió la mejilla de Sara. Tenía los ojos cerrados, pero era consciente de esa sensación, difícil de identificar, entre agradable y extraña. Sintió sobre su regazo un ronroneo y la presión de unas patitas como si amasaran pan. Cuando abrió los ojos, un gato saltó al suelo.

No sabía cuánto tiempo había dormido, pero se sentía mejor. Recorrió la habitación en penumbras y vio su ropa doblada en un sillón junto a la pared.

Se incorporó despacio y, al ponerse en pie, notó una ligera tensión en la piel donde tenía la sutura.

Sus pies descalzos se hundieron en una mullida alfombra y debajo de ella el suelo de madera se sentía acogedor.

Anduvo unos pasos hasta llegar al salón.

El suelo crujía mientras se acercaba a la puerta.

Afuera se oía una charla animada, aunque no lograba entender lo que decían. Luego risas. La puerta estaba entreabierta y se animó a salir. Al verla, los dos chicos se giraron y dejaron de hablar.

—Sara, ¿qué haces levantada? —preguntó David.

No respondió. Estaba embelesada por el paisaje que la oscuridad de la noche le había impedido ver. Era... ¿Cómo describirlo en una palabra? Abrumador.

Frente a ella, se alzaba una hilera de montañas formando una muralla irregular de riscos y laderas cubiertas de densa vegetación. Las nubes, que amenazaban lluvia, ocultaban las cumbres, y Sara imaginó que aún quedarían restos de nieve.

Un bosque de árboles frondosos rodeaba la casa; entre ellos se colaba el murmullo constante de un arroyo cercano.

—¿Te encuentras mejor? —preguntó David.

—Sí —contestó—. ¿Dónde estoy?

Silván la observaba con detenimiento.

—Bienvenida a Ermella de los Valles —dijo con una sonrisa—. Estás a las puertas del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido. Soy Silván, amiguete de este chaval tan majo.

Le dio una colleja cariñosa a David. Ella esbozó una tímida sonrisa y se quedó en silencio, pensando cómo había acabado allí. Según sus cálculos, tenía que haber seguido la nacional y luego desviarse por la carretera comarcal. Seguro que en algún momento había tomado mal la salida.

—Hola, me llamo Sara —dijo extendiendo la mano.

Silván se la estrechó manteniendo el contacto visual.

—David ya me ha puesto al día. Me alegro de que estés bien.

Sara se volvió hacia David, con una chispa de aprecio en los ojos.

—Tengo mucho que agradecerle —dijo llevándose la mano al costado de forma inconsciente—. Si no fuera por él, estaría muerta.

—No tiene importancia —repuso David haciendo un leve gesto, como si le pesara ese reconocimiento.

Hubo un silencio que se prolongó hasta que Silván se puso en pie.

—Bueno, yo os dejo.

—¿Te vas ya? —preguntó David.

—Sip, tengo que irme a trabajar.

—Vale, tío, te acompaño al coche.

Silván se despidió de Sara con dos besos en la mejilla.

—Espero que volvamos a vernos.

Ella mostró una media sonrisa, pero no contestó. Observó cómo los dos amigos bajaban las escaleras en dirección al coche aparcado frente a la casa.

—Eres un mamón, hermano —dijo Silván, ya lejos de Sara—. ¡Casi me haces creer que has salvado a una anciana! Y resulta que es una princesita. —Soltó una carcajada—. Ya verás cuando se lo cuente a Jara.

Sentado al volante, Silván intentaba meter las llaves en el contacto, todavía riendo. David sujetaba la puerta abierta del coche.

—Oye, no seas capullo. Sé discreto, ¿vale? Todavía no se nada de esta chica y no quiero que todo el pueblo se entere.

—Tranquilo, amigo. Soy una tumba —dijo Silván marchándose con una sonrisa.

Sara los observaba desde el porche. Desde allí no podía oírlos, pero intuía que cuchicheaban sobre ella. Solo oyó las risas de Silván.

David no tardó en regresar. Subió los peldaños de dos en dos y, cuando llegó arriba, le preguntó:

—¿Cuánto tiempo he dormido?

—No lo suficiente —respondió él—. Vamos dentro, quiero ver cómo van esos puntos.

Sara lo siguió.

—Tu gato ha venido a saludarme.

—¿Sócrates?

—¿Se llama Sócrates?

—Sí. El muy bribón aprovecha cualquier descuido para que le hagas carantoñas.

David palmeó el sofá para que Sara se sentara.

—Venga, túmbate, que voy a revisar esos puntos.

Se recostó mientras él desinfectaba la herida, pero ella le rozó la mano para llamar su atención.

—David, te estaré eternamente agradecida —susurró sosteniéndole la mirada antes de seguir—. No puedo explicarte lo que esto significa, pero créeme, es mucho.

Él siguió concentrado, con los labios apretados, como si no hubiera oído nada.

—Esto está perfecto —dijo mientras pegaba un apósito—. En unos días los puntos se caerán solos.

Sara insistió.

—No quiero que pienses que soy desagradecida, pero tengo que irme cuanto antes.

Con movimientos precisos y ordenados, David fue guardando el instrumental en su maletín, colocando cada pieza en su sitio habitual.

—Puedes irte cuando quieras —respondió sin mirarla—. No soy nadie para retenerte. Solo creo que deberías esperar a que se despejen las carreteras y recuperes tu coche.

Sara se quedó callada unos segundos.

—¡El coche!

Lo había olvidado por completo.

—Sí, ese que cuelga de la ladera.

—¿Has podido hablar con tu familia, tu novio?

—Llamé a mis padres —mintió—. No hay nadie más.

David, en su interior, no pudo evitar alegrarse de que no existiera otro .

—Me alegro —dijo—. Me alegro de que hayas llamado, no de que no tengas a nadie más.

Las palabras se le atragantaron al intentar salir del atolladero en el que se había metido. Ella lo miró divertida viendo cómo se enredaba solo.

—Lo que quiero decir es que no me alegro de que estés sola... —trató de explicarse, cada vez más torpe—. Uff, ¿por qué me meto yo solo en estos jardines?

Sara no pudo evitar reír.

—Déjalo. Te he entendido.

Siguió mirándole con esa media sonrisa que lo desarmaba y, para aliviar su incomodidad, cambió de tema.

—¿Y tú? Tu trabajo, tu pareja... No sé, ¿qué he trastocado en tu vida?

David se tomó un instante para responder. En su interior sabía que la llegada de Sara lo había sacudido por completo, pero solo dijo:

—No mucho. Yo tampoco tengo a nadie —repitió sonriendo al recordar su propia torpeza—. Trabajo en esta zona y soy el veterinario rural.

La conversación fue fluyendo de forma natural, con Sara escuchándole fascinada, mientras David le explicaba su trabajo y lo sacrificado que era, pero también le confesó que era su pasión.

—No podría hacer otra cosa.

—Y en tu tiempo libre eres rescatista —añadió Sara divertida.

—Lo de ayer fueron horas extras —rio David—. Me pillaste cuando regresaba del parto de una vaca.

—Menos mal. Tendré que darle las gracias a la vaca —bromeó ella.

Sara giró la cabeza hacia el televisor encendido, sin volumen. En la pantalla se veían imágenes de carreteras inundadas.

—¿Puedes subir el volumen?

—Claro —dijo David buscando el mando entre los cojines.

«Última hora sobre la DANA que azota la mitad norte de España. Sigue en directo todas las noticias» rezaba el titular, con letras en color rojo deslizándose por la pantalla.

La presentadora informaba con tono grave:

«Según informa la DGT, las trombas de agua han provocado el cierre de numerosas carreteras, y muchas vías secundarias de zonas montañosas se han visto afectadas por desprendimientos de tierra.

Aunque la situación comienza a estabilizarse, todavía se recomienda a la población que eviten salidas innecesarias. Se pide precaución».

Sara resopló.

—¡Madre mía! Con este tiempo espero que el coche aguante y no se precipite al fondo del terraplén.

—No te preocupes —la tranquilizó David—. Mañana a primera hora iremos y organizaremos todo para que lo remolquen.

Sara asintió. Necesitaba recuperar el coche a toda costa, sobre todo su bolso de mano.

El móvil de David no dejó de sonar esa tarde, pero nada urgente. De modo que pasaron el resto del día juntos, charlando como viejos amigos que tenían mucho que contarse. Hablaron de todo y de nada: de series interminables, de manías compartidas, chistes malos.

Cuando cayó la noche, David se desplomó en la cama sin dejar de pensar en lo bien que se sentía con ella. Sara lo descolocaba; podía hablarle de todo sin miedo, como si lo conociera de siempre.

Sumido en sus propios pensamientos, se fue adormeciendo. Entonces oyó algo.

Desde la habitación de al lado llegaban sollozos entrecortados, palabras incoherentes, una respiración agitada. Luego un grito ahogado:

—No, no ¡Déjame! ¡Apártate de mí!

David se incorporó de golpe. Se quedó quieto, dudando si debía despertarla. Decidió no hacerlo.

Cruzó el pasillo y se detuvo junto a la puerta entreabierta. Sara dormía, pero tenía los puños apretados contra el pecho y se revolvía como si estuviera reviviendo algo terrible.

Dio un paso adelante, indeciso.

—Sara... —susurró.

Ella murmuró algo que no logró entender, se giró hacia un lado y pareció calmarse.

David permaneció allí un instante más, luego regresó a su habitación sin poder quitarse la imagen en toda la noche. No sabía qué demonios la atormentaba en sueños, pero algo le decía que no era una simple pesadilla.

Al día siguiente evitó mencionar lo ocurrido para que no se sintiera incómoda.

Desayunaron temprano; Sara solo pensaba en el coche. Quería ver cómo había quedado tras el accidente, de modo que no tardaron en ponerse en camino.

Al llegar al lugar, lo encontraron en el mismo sitio: con el morro apuntando hacia el barranco y la puerta del conductor abierta, tal como él la había dejado. Verlo le provocó pánico.

—¡Qué horror, David! ¡El coche está destrozado! —exclamó llevándose una mano a la cabeza.

David, sin decir palabra, observaba el Mercedes que aún se sujetaba entre la vegetación. Estaban los dos de pie, asomados al borde del barranco, con los ojos clavados en la silueta retorcida del vehículo varios metros más abajo.

—Podías haber muerto —susurró él, con un nudo en el estómago.

—No entiendo cómo pudiste sacarme de ahí.

Sara le apretó la mano en un acto reflejo, sin apartar la vista del precipicio. David sintió la suavidad de su piel y deseó que no la soltara.

—Yo tampoco —dijo en voz baja—. Tendrás que llamar a tu seguro.

—¿Mi seguro?

Sara cayó en la cuenta de que todo estaba a nombre de Jaime, de modo que no podía arriesgarse.

—No puedo hacerlo —dijo–. El coche es de mi padre y el seguro lo tiene a terceros. No quiero que se entere de que se lo he dejado hecho una pena. Prefiero evitarle un disgusto.

David la miró incrédulo, pero al verla tan angustiada decidió no presionarla.

—Quizá pueda hablar con Paco, el mecánico del pueblo. Aunque no sé si su grúa podrá subirlo. Además, este tipo de coches modernos son todo electrónica y puede que no tenga las herramientas necesarias.

—¿Harías eso por mí? —pidió Sara juntando las manos con gesto de súplica.

—Salgamos de dudas y vayamos a hablar con él —concluyó David al cabo de un rato de estar dándole vueltas en la cabeza.

—Antes necesito mi bolso. Lo dejé en el asiento del acompañante —dijo Sara.

Y, sin esperar respuesta, se inclinó hacia el barranco dispuesta a bajar.

—¡Te has vuelto loca! —exclamó David agarrándola del brazo—. ¿Quieres romperte la crisma?

Sara lo miró con ojos suplicantes, al borde de las lágrimas e intentó soltarse.

—Todo lo tengo ahí, David. Absolutamente todo.

—No puedo creerte, Sara. Nada es tan importante como tu propia vida.

—No hace falta que me creas —replicó apartándole el brazo, ya con un pie en el aire.

David la detuvo de nuevo y respiró hondo. De un vistazo comprobó el terreno, se veía peor que la noche anterior. El terraplén estaba cubierto de barro que cedía al mínimo roce, como una trampa, y las ramas rotas crujían al pisarlas. Un mal paso y acabaría rodando pendiente abajo.

—Iré yo.

—¡No, de ningún modo! —exclamó Sara.

Pero él negó con firmeza y comenzó a descender. El barro sonó con un chasquido blando cuando apoyó la mano en la pendiente; dio unos pasos más hacia abajo y un ligero desprendimiento de tierra pasó a su lado.

—Ten mucho cuidado —gritó ella desde arriba.

Él hizo un gesto para indicar que todo iba bien.

A cada minuto la culpa pesaba más sobre Sara. Si algo le pasaba, no podría perdonárselo. Pero necesitaba ese bolso. Era la llave de su libertad, el fruto de meses de planificación.

Cruzó los dedos para que todo saliese bien.

Oyó piedras rodando por la pendiente y el sonido metálico del coche al recibir los impactos. Por un momento, perdió de vista a David y bajó un poco más para ver si podía ver algo.

—¡David! —le llamó a voces—. ¡Daaavid!

Tardó unos instantes en oír la respuesta.

—¡Ya lo tengo! —se oyó desde abajo.

Sara suspiró aliviada.

—Vale, sube despacio y con cuidado.

Unos minutos después, David estaba arriba, con restos de hojas en la cabeza y con el pequeño bolso en la mano.

—Aquí lo tienes.

Sara lo abrazó y David sintió un hormigueo que le recorría el cuerpo.

—De verdad, no sabes el enorme favor que acabas de hacerme.

Él no respondió; se limitó a seguir disfrutando de esa sensación que le invadía.

Subieron a la camioneta. Sara apretaba el bolso contra su pecho, sin abrirlo.

Sabía que dentro estaba todo lo que necesitaba.