Huye Capítulo 4. No me jodas
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Capítulo 4. No me jodas

NO ME JODAS

N o sabía cuánto tiempo había pasado, pero apenas quedaba luz en la calle.

Jaime se llevó la mano a la sien y notó la sangre reseca de su cabeza. Miró aturdido a su alrededor: la cocina era un campo de batalla. Entonces lo recordó todo.

Estaba solo.

—La muy zorra se ha salido con la suya —murmuró entre dientes, frotándose la cabeza—. Me ha dejado tirado como una bolsa de basura.

Su viaje, el bolso con la ropa... No había sido un arrebato. Lo había planeado con detalle. Sara no era tonta.

Tambaleándose se puso en pie. En su cabeza se repetían las imágenes de la pelea, una y otra vez. Las palabras, los gritos, el golpe.

Pero una cosa tenía clara: iba a encontrarla. Costara lo que costase. La traería de vuelta. Y haría que entrara en razón.

Buscó su teléfono. Lo encontró sobre la encimera, justo donde lo había dejado antes de perder el control.

Activó la geolocalización que había instalado en el dispositivo de Sara. Recordó lo mal que se lo había tomado ella cuando le explicó que no era por desconfianza, era por precaución. Quería que estuviera protegida.

—Yo paso mucho tiempo fuera. ¿Y si te pasa algo, Dios no lo quiera, y no sé dónde estás? ¿Tengo que esperar a que me llame la policía?

Pero lo había hecho por amor, porque era la persona más importante de su vida.

El mapa se actualizó.

El punto seguía allí, en la casa.

—Hija de... —Se contuvo apretando los dientes.

Primer KO.

Fue directo al dormitorio y encendió el portátil.

—Seguro que ha comprado un billete —murmuró aporreando el teclado.

Revisó los movimientos bancarios: nada fuera de lo normal. Gasolina. Supermercado. Gasolina otra vez.

Después, el historial de navegación.

Nada. Vacío.

—Maldita sea —gruñó lanzando un puñetazo contra el ordenador.

Se levantó de golpe y tiró la silla al suelo.

—Te juro que voy a dar contigo —gritaba yendo de un lado a otro de la habitación, como un animal enjaulado.

Sus ojos se detuvieron en la cómoda de madera oscura junto a la cama.

Era de caoba, pesada, robusta y horrible.

No podía evitarlo, le parecía una reliquia pasada de moda que Sara se había empeñado en comprar en el Rastro.

Fue a abrir el primer cajón, pero estaba atascado.

Tiró de él con fuerza hasta que cedió de golpe, haciendo que todo se desparramara por el suelo.

Rebuscó en los otros cajones; no encontró nada.

Entró al vestidor. Pasó las manos por las perchas, revisando cada prenda, cada bolsillo, buscando cualquier rastro.

Abrió el cajón donde Sara guardaba su ropa interior y hundió las manos en esos tejidos delicados, que desprendían un suave perfume y le hacían sentir su presencia.

Cerró los ojos y sin pensarlo se llevó un puñado de prendas íntimas a la cara.

Apretó la ropa contra su piel e inspiró profundamente.

El olor le trajo una mezcla de recuerdos perturbadores, deseos y obsesiones, alimentadas por fuerzas más oscuras: el ansia incontrolable de tenerla, el miedo a ser reemplazado, un apego insano.

La necesitaba.

Recordó cómo la arrojaba sobre la cama, le arrancaba la ropa y se tendía sobre ella, con una urgencia desesperada por poseerla físicamente, rozando la brusquedad, y con cada embestida sentía que era su más preciada posesión, que era solo suya.

Su respiración se volvió entrecortada. No pudo evitar tener una erección.

El sonido del móvil, en algún lugar de la casa, detuvo sus pensamientos.

—¿Diga? —contestó con tono cortante.

Al otro lado se escucharon unas palabras.

—Claro. Cogeré el vuelo a primera hora. Seguimos con la agenda prevista.

Colgó.

La reunión en Ámsterdam. Maldito momento. Todos sus planes y proyectos estaban ahora en la cuerda floja. Tenía que ocuparse de otro asunto más importante.

Marcó otro número.

Esperó.

Cuando respondieron, su voz se volvió más serena, casi amable.

—Quiero denunciar el robo de mi coche —dijo—. Dígame cómo tengo que proceder.

Y sonrió.