Capítulo 3. Coge mi mano
COGE MI MANO
D avid estaba seguro de haber visto dos líneas de luces moviéndose a lo lejos, delgadas, paralelas... Y, de pronto, se habían esfumado.
Se preguntó qué clase de loco se atrevía a circular por esos caminos en una noche así. Había alerta naranja por temporal y se recomendaba no salir si no era imprescindible. Él no había tenido elección: una urgencia veterinaria no entiende de tormentas.
Tenía la certeza de que las luces habían desaparecido justo en la Curva del Susurro. Los chavales la llamaban así por la historia de una chica que, volviendo de las fiestas de un pueblo vecino, se había salido de la carretera una noche de lluvia. Nunca encontraron el cuerpo.
Desde entonces, el fantasma se aparecía en noches de niebla espesa, susurrando del peligro a los conductores. Pero, si preguntabas en el pueblo, nadie sabía decir quién había sido aquella muchacha ni cuándo ocurrió el accidente.
—Todos los pueblos tienen su propia historia de fantasmas y todas se parecen —reflexionó David.
Detuvo su camioneta junto al arcén, al borde del barranco. Al abrir la puerta, la lluvia le cayó encima como un jarro de agua fría.
Se acercó al borde y, al mirar hacia abajo, lo vio: un coche atrapado entre los árboles, ladeado, con una rueda aún girando, como si buscara apoyo.
Las luces de freno, de un rojo intenso, resultaban cegadoras en medio de la oscuridad, y el claxon rompía el silencio de la noche.
Un fuerte olor a gasolina lo alarmó aún más ante el riesgo de que el coche saliera ardiendo.
Por un instante, David se quedó inmóvil, con el corazón latiéndole a mil. Se llevó las manos a la cabeza y recorrió la carretera con la mirada, esperando que en cualquier momento asomara algún otro coche. Pero tras unos segundos supo que no vendría nadie.
Soltó un resoplido y con rapidez descendió por el terraplén.
El terreno resbaladizo le obligaba a apoyarse con las manos mientras avanzaba; los pies se le hundían en el barro y sintió un estremecimiento de frío al notar agua dentro de una de sus botas.
Resbaló al torcerse un tobillo y soltó varios improperios, odiaba trabajar bajo presión.
Fue bajando poco a poco hasta que logró llegar al coche.
En el asiento del conductor había una mujer. Le tomó el pulso con las manos temblorosas.
—¡Bien! —exclamó con alivio—. ¿Puedes oírme?
Como si hubiera escuchado su voz, la mujer parpadeó y entreabrió los ojos. David la oyó maldecir entre dientes.
—Aguanta, vamos a salir de aquí —dijo con voz firme—. ¿Cómo te llamas?
—Sara —susurró ella.
—Vale, Sara. Soy David. Venga, coge mi mano.
Ella intentó hacerlo, pero cayó sin fuerzas sobre el volante.
—Voy a sacarte.
Pero David no tenía idea de cómo. Dudó un instante. No sabía si podía moverla sin empeorar alguna lesión.
Se echó la mano al bolsillo del pantalón para sacar el móvil y entonces se dio cuenta de que lo había dejado en su camioneta. Corrió cuesta arriba, pisando la tierra embarrada que se hundía en sus botas y cuando, por fin, lo tuvo entre sus manos marcó el número de emergencias.
—Señor, la zona está incomunicada —le explicó la operadora con voz tensa—. El río se ha desbordado y las lluvias han provocado un desprendimiento sobre la carretera. Los equipos están colapsados.
—¡Pero hay una mujer atrapada! —gritó David.
—Mantenga la calma y póngala a salvo, pero no intente moverla si hay riesgo. Los servicios llegarán en cuanto se despeje la carretera.
David no daba crédito a lo que estaba oyendo.
—¡En qué maldita hora se puso de parto la vaca! —masculló.
Bajó de nuevo al coche. Buscó a ciegas el cierre del cinturón de seguridad y, al liberarlo, sostuvo el cuerpo de la mujer antes de que cayera. La sacó con cuidado, intentando no agravar sus heridas.
—Ya está. Te tengo —susurró.
Sara reaccionaba con dificultad a las palabras de aquel chico. ¿Cómo le había dicho que se llamaba? David, recordó.
Cuando él la agarró para sujetarla, un reflejo de alarma la hizo apartar el hombro, temerosa de que aquel desconocido pudiera hacerle daño.
Debía de tener la edad de Jaime, pero era más atlético, con hombros anchos y manos fuertes, curtidas por el trabajo.
La barba de una semana asomaba por su rostro, marcándole la mandíbula con un aire descuidado, casi salvaje.
El cabello le hacía juego con ese aspecto despreocupado: no lo tenía ni corto ni demasiado largo y se le había mojado por la lluvia y el sudor.
—Tenemos que subir —dijo él—. Agárrate a mi cuello.
Ella obedeció, con la respiración acelerada. La levantó por la cintura y a rastras fueron ascendiendo. El terreno era empinado, resbaladizo y cada paso suponía un esfuerzo sobrenatural. Ya casi habían llegado.
—Vamos, solo quedan unos metros —jadeó David.
Un último tirón y por fin alcanzaron la camioneta.
David cerró los ojos un segundo, aliviado. Estaban a salvo.
Ayudó a Sara a recostarse en el asiento trasero. Ella soltó un quejido y se llevó la mano al costado.
Tenía la cara llena de barro y un hilo de sangre le cruzaba la frente. Aun así, le pareció una mujer hermosa, de esas que parecen inalcanzables.
Llevaba la ropa empapada por la lluvia, o eso le pareció a él, pero solo cuando se miró sus propias manos se dio cuenta de que estaban manchadas de rojo.
—¡Es sangre!
—No es nada —replicó ella, serena, como si lo supiera desde hacía rato.
David, asustado, pisó el acelerador directo al pueblo.
La pick up se detuvo al final de una calle estrecha llena de comercios que estaban cerrados. Aparcó frente a uno de ellos: era una clínica.
—¿Puedes caminar?
Sara intentó incorporase, pero un gemido de dolor la detuvo.
Él no esperó más y la cogió en brazos tensando todos sus músculos para buscar el equilibrio.
Ella le rodeó el cuello con timidez y a la vez con el cuerpo rígido, sin poder bajar la guardia.
Sintió cómo el ritmo de su respiración acelerada le rozaba sin querer la piel.
Al cruzar la puerta, una oleada de calor los recibió y el frío acumulado empezó a desaparecer.
Las luces se encendieron y pudo ver las paredes cubiertas con fotos de animales en poses divertidas.
Había también varios carteles informativos sobre la campaña de vacunación de perros y gatos y un tablero de corcho donde ofrecían todo tipo de servicios: desde cursos de adiestramiento hasta gente que se dedicaba a las reformas.
David la llevó hasta una consulta, donde una mesa de acero ocupaba gran parte del espacio, y la acostó con cuidado. Sara se estremeció al sentir el frío del metal traspasando su piel.
—Lo siento, sé que esto no tiene nada que ver con una camilla de hospital.
—Puedo soportarlo —susurró conteniendo la respiración para que el dolor no fuese tan fuerte.
Él revisó la herida con rapidez.
—Tienes un corte profundo en el costado, pero parece que no ha afectado a ningún órgano.
Sara recordó el filo del decantador abriéndole la carne. Probablemente el cinturón de seguridad había estado taponando la herida y, al haberlo soltado, la sangre había empezado a salir.
—¿Eres médico?
—No. Veterinario. Pero técnicamente... es parecido.
Sara lo miró con incredulidad.
—Dime que estás bromeando —dijo en un tono de voz mezcla entre asombro y enfado—. Por favor, llévame a un centro de salud.
—Imposible. El médico más cercano está a doce kilómetros de aquí y estamos aislados. Agradece que aún tengamos luz —respondió con firmeza.
Ella suspiró resignada. La herida le martilleaba con un dolor que no podía soportar.
David colocó una gasa para detener la hemorragia.
—Voy a tener que hacerte una costura —dijo intentando mantener la calma. Las manos le temblaron al preparar el material; nunca había suturado a una persona.
Ella no respondió, cerró los ojos y se llevó la mano a la frente.
David desinfectó la zona y tras aplicar anestesia fue cerrando la herida con precisión.
—Listo. Te ha quedado un bonito zurcido.
Sara se incorporó en la mesa para mirar de reojo la costura que, después de todo, no parecía tan grave, o eso quería creer, porque no podía seguir allí ni un minuto más.
—Tengo que irme —dijo.
David la observó sorprendido.
—Ni hablar. Estás débil, has perdido mucha sangre y las carreteras están cortadas. Aunque pudieras irte no te dejaría. Puedes sufrir un desmayo en cualquier momento. Puedes quedarte en mi casa esta noche.
—¿En tu casa?
Por un instante, se sintió atrapada: «¿Y si me retiene por la fuerza?, ¿qué hago?». No iba a poder soportar otra pelea.
—Sí. Y tranquila, no soy un pervertido —añadió con una sonrisa que suavizó la tensión.
Sara vaciló. No tenía opción: sin coche, sin dinero y con las vías de comunicación cortadas, no sabía adónde ir. Parte de ella quería confiar, pero otra seguía alerta, incapaz de olvidar el día que acababa de vivir.
Al bajarse de la mesa, sus piernas cedieron. David la agarró antes de caer.
—¿Ves? ¡Odio tener razón!
—Creo que disfrutas teniéndola —replicó ella con una débil sonrisa.
Sara se agarró a su brazo y notó que la piel alrededor de la herida se tensaba, provocando un ligero dolor.
—Vámonos ya, estamos calados y los dos necesitamos cambiarnos de ropa —dijo él.
David condujo la camioneta hacia la salida del pueblo. En un cruce, giró a la izquierda y se adentró en una zona donde ya solo se veían viviendas aisladas. En pocos minutos se detuvieron frente a la fachada de una casa de piedra con el tejado de pizarra.
Él se apresuró a abrir el coche y le tendió la mano para ayudarla a bajar.
—Estás muy pálida —dijo mientras abría la puerta—. ¿Tienes mareos, visión borrosa o náuseas?
—Solo cansancio.
—Normal, has perdido mucha sangre.
Dentro, el calor de la chimenea la envolvió. Aún tenía brasas que ardían bajo la ceniza, desprendiendo un resplandor cálido que iluminaba la estancia. Olía a madera quemada. El ambiente era agradable y acogedor, y sin pedir permiso se dejó caer en el sofá, exhausta.
David desapareció por un pasillo y regresó con ropa limpia.
—Toma, ponte esto. Me vas a decir que no te vale, pero lo siento, no tengo nada de mujer —rio y se encogió de hombros al mismo tiempo.
Ella aceptó la ropa con desconfianza.
—Gracias.
—De nada. El baño está al fondo, a la derecha. Ah, se me olvidaba —dijo dando media vuelta—: he dejado mi móvil ahí, por si quieres llamar a alguien.
Sara se cambió. Desde el baño, lo oyó moverse por la cocina y hablar de que iba a preparar algo caliente.
Cuando salió ya llevaba la ropa limpia y seca. Vio el sillón junto a la chimenea y se acurrucó esperando a que David regresara con algo de comida. Poco a poco, sintió que los párpados le pesaban hasta que ya no pudo sostenerlos por más tiempo.
La tormenta seguía fuera, sin control, pero por primera vez, bajo ese techo y con un desconocido, se sintió protegida y a salvo.
Cuando David entró de nuevo al salón, la encontró profundamente dormida. Se acercó despacio para no despertarla. No era buena idea dejarla allí toda la noche, de modo que la tomó en brazos con cuidado.
Ella apenas reaccionó. Se dejó caer sobre su pecho, rendida, mientras su aliento lento y tibio le rozaba el cuello. La llevó hacia la habitación, la dejó con delicadeza sobre la cama y la arropó con una manta. Se quedó un instante de pie en la puerta, en silencio, asegurándose de que descasaba.
—Hasta mañana, Sara.
Apagó la luz y salió de la habitación.